El reconocido escritor argentino charló mano a mano con POPULAR acerca de su más reciente libro, "Últimos Poemas en Prozac". La entrevista completa, en esta nota

Cabeza rapada -por obra de la naturaleza-, algunos anillos que decoran ambas manos, lentes ahumados y el habla parsimoniosa de un sabio que contempla su alrededor en silencio. Quien soporta esta descripción es el poeta, narrador y ensayista Fabián Casas. “No me interesa ninguna técnica literaria que no te sirva para vivir. Si no te sirve para eso, para qué la querés”, explica el autor del reciente Últimos Poemas en Prozac (Emecé, 2019). El escritor nacido en Boedo (1965), después de nueve años de ausencia en la poesía, regresó al género con un libro que agrupa más de sesenta poemas que intentan trazar el derrotero del fin de su matrimonio. Este material escrito en prosa, con textos más cortos y otros más largos, que se puede leer en clave de novela, concentra varios cross a la mandíbula. Uno de ellos se llama “Tomando el té antes de la hora inglesa”:

El matrimonio que se puede constatar

no es el matrimonio.

El amor que se puede nombrar

no es el amor.

El dolor que no se puede transitar

¡es el dolor!

Casas, además de ser escritor, estudió filosofía, trabajó como limpiavidrios de negocios, practicó karate, fue periodista, es hincha sanguíneo de San Lorenzo y, entre otros, es amigo de Viggo Mortensen. En la actualidad hace radio junto a Andrés Duca en el programa “Radio Duca Jazz”, que va los martes de 22 a 00 por Radio Cultura. En su ADN se reconoce la liturgia del rock como primer estadio formativo –sus primeros discos fueron “Abbey Road” de Los Beatles y “Joe’s Garage” de Frank Zappa– y todo tipo de consumos que combinan la cultura más aristocrática con la popular. De hecho, su forma de trabajar se trata de eso: combinar lo solemne y lo popular sin que quede rastro alguno de fronteras delimitantes. “En mi casa no existió la cultura alta y baja. Mi papá era representante de Alberto Olmedo y tenía todo eso de la cultura popular. También vivió con Leonardo Favio cuando volvió de Mendoza. Y si bien es un artista popular, también tiene algo de sofisticado. Ese tipo de cruzas fue natural para mí”, cuenta.

-En muchos pasajes de tu obra resuena el rock. ¿Forma parte de algún tipo de disparador a la hora ponerte a escribir?

El rock tuvo un lugar muy importante en mi vida. En la época de la dictadura fue central para mí. Fue un canal de expresión, de encontrar cosas diferentes. Podía escuchar canciones en inglés, a Spinetta, a García. Y más para atrás, fui a hacer como una especie de arqueología del rock: Manal, Almendra… Si bien fue una parte de mi identidad el rocanrol, cuando me pongo a escribir no lo pienso. Supongo que debe estar ahí metido a la hora de pensar las cosas. Debe ser algo medio inconsciente.

-Dentro de tus influencias, con Frank Zappa parecés tener algo especial.

Frank Zappa fue central. Me gusta mucho su música y me gusta en términos filosóficos. Todo su laburo de tomar la distorsión y devolverla multiplicada. Zappa es un gran cruzador de influencias. Tengo libros sobre él. Lo he estudiado. En el secundario traducía sus canciones. Me influencia la forma de explorar del tipo. De cruzar la baja y la alta cultura.

-Otro tema muy recurrente es tus textos es la filosofía. ¿Qué encontrás en ese universo?

Para mí es para vivir. La filosofía es preguntarte todo el tiempo para qué estás acá. Cómo vas a organizar tu vida. Cuáles van a ser los patrones éticos con los que te vas a mover. Si creés o no creés que Jesús resucitó. Si creés que sos un ser arrojado a la existencia. Decidís cómo te vas a comportar con tus seres queridos o contemporáneos. Decidís cómo vas a tratar a los animales. Es una ética. Pensás cuál es tu lugar en el mundo. Cuál es la mejor forma de usar tu libertad, si pensás que la tenés. O si está todo prefijado. Todo eso surge de la filosofía.

-¿Tu escritura vive en estado de pregunta?

La literatura que me gusta a mí es la que te permite que vos pongas tu experiencia como lector. No sé si me sale, pero es hacia donde voy. Si yo te respondo todo, como hace la publicidad que te dice qué tenés que sentir y pensar, no queda nada. Me parece que si te ponés en estado de incertidumbre dejás que el lector ponga su experiencia.

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-La incertidumbre no parece cotizar alto. Además de veterano del pánico, sos un veterano de la incertidumbre. Ni redes sociales tenés.

Me parece que en la vida tenés que tener una gran capacidad de frustración, porque cuanto más la tengas menos frustrado te vas a sentir. Por eso me interesa esa gente que cultiva una vida privada y no tiene deseo de trascendencia social. Disfrutan de estar con sus amigos, cocinando, hacen el trabajo que sea. Encuentran ritos para vivir de forma más interesante. No están poniendo la vida en el fantasma del otro. Se sienten personas importantes en el mejor sentido. No les interesa ser famosos o tener que estar en las redes. Esa gente sostiene al mundo. Son secretos y van sosteniendo los ritos para que no se desquicie la situación. Imaginate todos los tuiteros que son casi todos haters u odiadores. O gente que cree que todo lo que hace tiene que ser publicado. Es un infierno esa vida.

-¿Cómo te llevás con el mundo de la literatura? Me refiero a las ferias, lecturas, premios, vanidades y dioses digitales.

No hago muchas cosas en relación a la literatura. A veces me quieren dar premios, que dicen que te dan prestigio, pero si no me pagan no me interesa. A mis hijos no les doy de comer prestigio. Puedo parecer un mercenario, pero el tema de los premios me es insignificante si no me dan plata. Salvo que sean premios donde estás involucrado emotivamente. O te da un premio alguien que vos admirás mucho. O te llaman las Abuelas de Plaza de Mayo, como me pasó, para ser jurado de un concurso. Ahí sí. Porque esas personas son como Mandela: son extraordinarias. Ahora, todo lo que es el circuito de la vanidad mucho no me interesa.

El libro de la separación

-¿Se podría decir que en tu último libro exorcizás la angustia de la separación?

En parte sí. El libro trató de convertir el dolor en aventura. Me empecé a sentir mejor cuando escribí los poemas. Tomaba el prozac, que es una medicación para quitarte la desesperación. Tenés tristeza pero no tenés desesperación y podes hacer de todo. Pude pensar mejor. Me emancipé como papá. Tengo una relación muy buena con mis hijos. Me reubiqué en mi vida sin mi familia.

-¿Y el proceso de escritura cómo fue?

Fueron tres días en los que escribí como veintisiete maquetas de poemas. Yo ya no escribía más poesía, pero salió. Al tiempo me empecé a preguntar qué había ahí. Me puse a trabajar y tracé el derrotero de la separación. Los laburé mucho tiempo hasta que se fueron engarzando. Cambié muchas cosas. Antes se iba a llamar “El gimnasio de la impermanencia”, y después lo modifiqué a medida que fui avanzando.

-La palabra impermanente parece ser el leitmotiv de este libro. ¿Luchás contra eso?

Lo que te das cuenta cuando te pasan situaciones de desgracia es que todo es impermanente. Pensás que estás con una pareja y de golpe se acabó. Tus hijos se vuelven grandes y de golpe no te quieren ver más. Tu papá se muere, las amistades mutan. Todo impermanente. Y si no tenés una aceptación de eso la vas a pasar muy mal. De eso se trata el gimnasio de la impermanencia. Tenés que entrenar ese músculo, hacer abdominales para soportarlo.

-Una cosa que se destaca en ese entrenamiento contra la impermanencia son los ansiolíticos.

Los ansiolíticos, por lo general, tienen mala fama. Mejor no tener que tomarlos. Pero muchas veces tomar ansiolíticos, tranquilizantes o antidepresivos te ayudan a soportar la vida y a prepararte para poder trabajar ese músculo de la impermanencia y poder emanciparte de ellos.

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