En el día que cumpliría 51 años, analizamos la vigencia del mediático en el imaginario popular. ¿Por qué ahora lo vemos con otros ojos?

No es casualidad que se le siga rindiendo culto en Internet. Como ningún otro famoso, Ricardo Fort hizo de la virtualidad su estilo vida. Nació en cuna de oro, y siempre vio el mundo como un millonario. Todo era accesible para él, y no solo las cosas materiales. Estaba rodeado de los amigos del campeón, alejado de cualquier problema terrenal. Al menos, así se presentó ante nuestros ojos: preocupado por encontrar un modelo de jean –y llevarse mil iguales-, alterado por no tener suficientes botellas en su mesa, y agotado de los berrinches que emitían esos súbditos a los que paseaba por Miami.

Esa ostentación dividió a la audiencia cuando se popularizó a través de su reality show. Algunos lo entendieron como un mediático pintoresco, y otros como la resaca de las vulgaridades menemistas. Pero esa grieta ya no existe, Fort es uno de esos personajes que trasciende ideologías y una suerte de dios pagano en las redes sociales. Lo entendimos con el tiempo, lo humanizamos y lo enaltecimos.

¿Cómo se convirtió en un ícono popular definitivo? En gran parte por las excentricidades descriptas, pero también por la tragedia. Su muerte hizo sentir que la angustia existencial no excedía a su burbuja. Era mucho más “almodovariano” de lo que imaginábamos. No solo su apariencia era recargada, también el drama que lo perseguía -algo que explica su falta de sentido del humor-.

Aún dentro de su Rolls-Royce, sus acompañantes eran sus pesares familiares -esa sensación de ser la “oveja negra”-, sus frustraciones profesionales, y las obsesiones con su cuerpo. Al final, su columna –remachada con decenas de tornillos- no aguantó y tampoco su espíritu.

Era un tipo que sufría, y quería ser querido por las masas. Añoraba ese reconocimiento y gastó parte de sus US$ 200 millones en conseguirlo. Y no se puede negar que lo logró. Post mortem, su figura sigue siendo reivindicada. En ese mundo inmaterial en el que la mayoría estamos inmiscuidos, hoy miles de personas recordaron sus momentos célebres por el día de su cumpleaños.

Y el mito no para. Incluso una generación que no lo vio en la pantalla chica se ha apropiado de su legado. Se refleja no solo en Twitter o Facebook, también en comunidades como taringa o reddit donde se repiten hasta el cansancio algunas de sus frases como “Maiameee”, “basta chicos”, “mamaaa”, y “la loooz”.

Es un hecho: el “Comandante” se volvió un emblema, un símbolo de las aspiraciones más extremas de una parte de la sociedad. Una suerte de compendio de lo artificial, lo superfluo. Y sobre todo, tras su partida, la mayoría aprendimos que se trataba de un personaje “rico” en otro sentido. Casi literario... Ricky era mucho más complejo (y fascinante) que ese plástico desalmado que él mismo nos vendió.

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