El divorcio de Tom Cruise y Katie Holmes amenaza con convertirse en un desastre publicitario que revive la polémica a ese hermético culto, ávido de estrellas. Duras críticas de una ex directora
Aunque la Cienciología -iglesia de la que Tom Cruise es uno de sus miembros más preciados- guarda silencio tras su sorpresivo divorcio de Katie Holmes, el escándalo la enfrenta a un desastre publicitario que revive cuestionamientos sobre este culto hermético y ávido de estrellas.
“Es una situación de relaciones públicas terrible para la iglesia”, dijo a la AFP Karen Pressley, ex directora del Centro de Reclutamiento de Celebridades en Hollywood.
La organización, explicó la mujer -que vive en Atlanta (Georgia) desde que “escapó” en 1997 tras 16 años dentro dentro de Cienciologíatiene una agresiva política de reclutamiento internacional de estrellas para promover su imagen.
Otras celebridades que recorren el Puente a la Iluminación para liberar a su alma extraterrestre -dogma de esta iglesia- son John Travolta, el músico Beck y las actrices Juliette Lewis y Mimi Rogers, primera esposa de Cruise y autora de su reclutamiento.
“Cruise les dice a los medios que los cienciólogos son los únicos que pueden ayudar a la gente en sus problemas, que tienen respuestas para todo”, agregó Pressley, quien también reveló que ella misma vio “muchas violaciones a los derechos humanos dentro de la iglesia y no quería ser sometida a ellos. Vi cómo el personal, particularmente los niños criados dentro de la Cienciología, eran tratados en condiciones deficientes”.
“Usaban la manipulación psicológica y a veces la violencia física contra el personal”, dijo la publicista. La Cienciología ha estado en los titulares en las últimas dos semanas desde que Holmes presentó una demanda de divorcio contra Tom Cruise, para proteger de este culto a su hija. El objetivo de la Cienciología es “la iluminación espiritual y la libertad para todos”.
Este estado de libertad e iluminación se alcanza a través de “auditorías” -muchas de las cuales se realizan conectando al interrogado a un “E-meter”, un aparato similar a un detector de mentiras- por las que los cienciólogos deben pagar altísimas y en ocasiones millonarias cifras.
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