A una fecha del final, el equipo de Miguel Angel Russo parece haber reducido esa notable distancia futbolística que lo separaba de su clásico rival, encontrando mejores recursos y respuestas, aunque Marcelo Gallardo y compañía reivindiquen su potencial en instancias decisivas.

Se acercó Boca a River. A una fecha del cierre de la vapuleada Superliga está a un punto del equipo que conduce Marcelo Gallardo. Esto por un lado. Y en el plano del juego, también se acercó. Lo que no significa que tenga las mismas posibilidades ni la misma chapa que River.

Porque River ya dio muchísimas muestras de su consistencia y su perdurabilidad en circunstancias favorables y adversas. Es la marca registrada de este River que resiste y se sobrepone a todas las situaciones complejas que se le van presentando. Así fue construyendo desde el arribo de Gallardo como entrenador en julio de 2014 el ciclo más virtuoso y ganador que recoja su historia.

Esto, precisamente, distingue a River. Es su potente respuesta colectiva para afrontar los partidos más chicos y los partidos más grandes. Lo viene padeciendo Boca desde hace poco más de un lustro en varias eliminaciones directas (cinco, para ser exactos) en que River lo sacó de circulación combinando juego más personalidad futbolística para imponerse en duelos a todo o nada. River en esos cruces decisivos se quedó con todo y Boca con nada, dando vuelta una historia y un relato épico que siempre enorgulleció al sentimiento xeneize.

Ahora el duelo, en cambio, es indirecto. Si empatan en puntos habrá un desempate. Muy difícil, no imposible. Solo se daría en el caso que Boca en la Bombonera igualará con Gimnasia (dirigido por Diego Maradona) y River perdiera de visitante frente a Atlético Tucumán.

¿En que se acercó Boca a River trascendiendo la tabla de posiciones? Lo que planteamos en el arranque: en el juego. En la dinámica del juego. No luce pleno River, como si lo acecharan algunos desajustes que se expresaron con claridad en el 1-1 ante Defensa y Justicia. Desajustes en su funcionamiento que con un gran empuje y entrega física logró disimular en el segundo tiempo.

Hablamos de empuje y no de capacidad resolutiva para encontrar los tiempos y los espacios y elaborar juego ofensivo frente a un rival aplicado y muy peligroso. La prueba de esa merma la reveló el multifacético Nacho Fernández. Flojito en relación al ritmo y la versatilidad y precisión para entrar y salir de las jugadas que se le reconoce. Es más: hasta pareció desgastado e impotente para encontrar alguna llave que le abriera las puertas del partido. O que le permitiera sumar desequilibrio.

Es cierto, River no es un equipazo. Pero a veces lo parece. No fue el caso con Defensa que en la primera etapa lo pasó por arriba. Ese River lo habrá preocupado a ese entrenador super exigente que es Gallardo. Preocupación por la actitud light y pasiva del equipo durante largos pasajes en que le terminaron haciendo precio.

Boca, por supuesto, tampoco es un equipazo. Y tampoco parece arribar a ese escenario. Pero viene creciendo. Y se está soltando, aunque en el primer tiempo frente a Colón la pasó mal y la sacó barata, hasta que Pol Fernández en el complemento clavó el primer gol y le dio curso a la goleada posterior que finalizó con un 4-0.

Lo que se advierte es que Boca tiene el gol fácil. No anuncia el gol. Lo hace directamente sin preámbulos. Esa simpleza para concretar le simplifica desarrollos parejos o incluso cuando es superado. Antes, con Gustavo Alfaro como técnico, el equipo sin ser defensivo, era demasiado precavido y cauteloso. Como si le faltara mayor determinación. Ahora es más agresivo y determinado. Y como señalamos antes: está más suelto de mitad de campo en adelante. Más suelto y más profundo a la hora de ir en búsqueda de los últimos metros.

Miguel Ángel Russo no produjo ninguna transformación milagrosa ni nada parecido. Pero le dio al equipo más libertades en ataque, sensible a las demandas que estaban latiendo en Boca. Libertades ordenadas y en general bien aprovechadas. Por eso a este Tevez crepuscular se lo ve mejor que el año pasado. Más acompañado. Y mejor acompañado. Con más jugadores cerca para apoyarse en el toque y la devolución. Y también con más respaldo y confianza, sabiendo que no es un número fijo para ir al banco de suplentes como lo era con Alfaro. Igual está claro que no estamos sosteniendo que este Tevez de 36 años es un fenómeno que se mimetizó con aquel que supo ser a los 25 años. Pero se adivina sin esfuerzo que su aporte es mucho más significativo e influyente que en la etapa anterior, cuando parecía obligado a romperla en 25 o 30 minutos de juego en su rol de suplente.

En definitiva, Boca respira un mejor aire en el 2020. Un aire más acorde a sus expectativas naturales de protagonizar, sin versos, los partidos. No es que ahora juega como los dioses. O que tiene una consistencia y un volumen colectivo formidable. Se trata de ver que está ofreciendo une mejor versión que en el 2019. Y se aprecian esas señales y esos mensajes de cierta evolución.

Por eso se acercó a River, más allá del punto de ventaja que le lleva River, obligado a ganar en Tucumán si se descuenta que Boca derrotará a Gimnasia. Esta distancia futbolística que en alguna medida se achicó es la gran esperanza que alimenta a Boca. Por lo menos por el momento.

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