El reparto de dinero que promueve la liga profesional perfila a Boca y River como al Real y Barcelona en España: preocupación en los clubes chicos, referentes provinciales e indiferencia del Rojo, Racing y el Ciclón.

La mesa está casi servida. La Superliga tiene previsto su debut para el 20 de agosto -amenazas de huelga del gremio de futbolistas aparte-, pero hay un problema con el menú. Los 28 comensales se sientan con cuchillo, tenedor, cuchara para entrada, plato principal y postre, pero la idea es que no todos coman lo mismo. Es más, algunos temen no necesitar los utensilios.

La analogía de la mesa y los menús disponibles, grafica de manera rigurosa el escenario actual que postergó la decisión del reparto del dinero a octubre: el torneo comenzará con las escalas actuales, que tienen a Boca y River al tope de la pirámide; a Independiente, San Lorenzo, Racing y Vélez en un escalafón intermedio; y al resto en la base.

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La idea de la Superliga es modificar las escalas y el temor generalizado es que los dos más grandes concentren tanto, que el resto se iguale por la desventaja económica.

El CEO de la nueva Primera, Mariano Elizondo, asegura que no existirán defasajes entre Boca y River y el resto, porque con el dinero que manejan hoy nadie podría ganar más de 2,2 millones que otro. Ese esquema prevé que el 50 por ciento de los ingresos se reparta en partes iguales -unos cuatro millones de pesos- pero que la otra mitad tenga variaciones según mérito deportivo (ubicación en tabla) y medición de audiencia (el dato exacto de los codificadores), pero no hay consenso. Excepto los grandes, porque el resto cree que de ese modo únicamente se beneficiarían ellos.

La discusión, entonces, pasa por la segunda mitad a repartir. Los clubes como Central o Newell’s promueven que la masa societaria tenga incidencia, del mismo modo que las entradas vendidas. “Desafío a los cinco grandes y solamente uno me gana con la cantidad de socios. Además, como locales tenemos más gente en la cancha que cualquiera”, asegura un dirigente de uno de los dos rosarinos.

El problema radica en una cuestión meramente administrativa: toda la discusión que se da fuera del ámbito de la mesa directiva, no es vinculante. Las decisiones pasan por el CEO y los clubes que son miembros, es decir los cinco grandes, Defensa y Justicia, Atlético Tucumán y las suplencias de Newell’s y Tigre. Es decir, un cuarto de los clubes que conforman la liga, son los que toman las decisiones y eso tiene otra consecuencia: las instituciones aún no hicieron el traspaso burocrático a la nueva liga y algunos amenazan con boicotearla.

Los chicos intentan sumarse a la sublevación para evitar algo peor que estar de uno u otro lado de la grieta: caerse dentro. “Esta no va a ser la Superliga de los grandes con 23 clubes invitados. Y lo digo por Boca. Tienen que entender que nosotros, por ejemplo Banfield, le peleamos hasta último momento el campeonato y queremos que siga siendo así. Eso es bueno para el fútbol argentino. No queremos que se agigante la brecha de los grandes y chicos”, advirtió el presidente de Banfield, Eduardo Spinosa.

Y con un pensamiento entre conspirativo y sensato, un directivo que lleva 25 años representando a su club en Viamonte 1366 arenga a la rebelión. “Lo que no se dan cuenta Independiente, Racing y San Lorenzo es que vamos derecho rumbo al modelo de España y ellos tres tendrán que pelear por ser el Atlético Madrid”, pronosticó

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