Llegó a Boca proveniente de Lanús casi en puntas de pie y a lo largo de una temporada se constituyó en un arquero con condiciones para aguantar empates y ganar partidos con atajadas fundamentales que lo erigieron en una figura determinante del equipo que conduce Gustavo Alfaro

Las estupendas apariciones de Esteban Andrada defendiendo el arco de Boca a los 28 años, demuestra con claridad meridiana que a los arqueros hay que esperarlos. La realidad es que Andrada no daba señales que iban en la dirección y el rumbo que hoy revela. Porque en la actualidad si no es el mejor arquero del fútbol argentino, pega en el palo. Solo Franco Armani puede discutirle ese lugar de privilegio. Y hasta ahí nomás.

¿Qué distingue a Andrada, más allá de los notables datos estadísticos que lo acompañan y que se efectivizan en los 1048 minutos en continuado sin que le conviertan un gol? Algo no muy frecuente ni extendido en ninguna geografía: simplifica lo complejo. Hace fácil lo difícil. Porque no es espectacular. No impresiona. No conmueve. Y no es material para la foto a doble página que en otras épocas podía salir en El Gráfico.

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Ese crack de todos los tiempos que fue Hugo Gatti solía decir con naturalidad y desparpajo: “Yo no me tiro por tirar para engrupir a los giles. No vuelo al pedo. Si veo que no llego de ninguna manera a una pelota, no hago el circo para la tribuna”.

¿Qué quería significar el Loco? Que privilegiaba el corte, el anticipo, la ubicación, la lectura de la jugada, la capacidad para interpretar que es lo que iba a hacer el jugador que pretendía convertirle un gol. Si advertía que volando impedía el gol (como lo hizo, por ejemplo en la final ante River por el Torneo Nacional de 1976, cuando le sacó un terrible bombazo desde afuera del área al Negro Juan José López sobre su palo izquierdo), volaba. Pero si veía que no tenía chances, su actitud sin estridencias físicas no denunciaba efectismo.

Apelamos a Gatti no porque Andrada sea una buena copia del Loco. O un heredero genuino. Pero le vemos un rasgo similar al que expresaba Gatti: cierto sentido del tiempo y el espacio para no tener la necesidad de que cada intervención adquiera características de altísimo impacto. Como si le bajara el precio a una pelota envenenada o a un remate que por su violencia y dirección preanunciara ser un golazo.

No agranda la atajada, Andrada. Al contrario: la achica. La reduce. La desvanece. No vende humo. La resignifica en una maniobra sencilla. Y esto lo convierte en un arquero muy valioso que, por otra parte, continúa evolucionando en un escenario y un contexto de exigencia extrema. Y por supuesto es singular su carrera ascendente.

Porque hasta su llegada a Boca en agosto de 2018 cuando su incorporación fue pedida por Guillermo y Gustavo Barros Schelotto que lo habían entrenado en Lanús, su figura completamente alejada de las luces erráticas y de los exhibicionismos que iluminan al fútbol, no parecía encarnar a un protagonista que iba a afirmarse como el arquero indiscutible del equipo xeneize.

Es más: no venía destacándose como un arquero con un perfil importante, por encima de convocatorias en selecciones nacionales juveniles y mayores, aunque su debut con Argentina recién se concretó el pasado 26 de marzo en el 1-0 a Marruecos. Incluso su arribo a Boca no provocó nada en particular. No existían grandes expectativas en el ambiente ni tampoco se esperaba una explosión en su rendimiento.

Pero ocurrió, a pesar que se encontró con lesiones que lo fueron postergando, como la fractura de su maxilar inferior sufrida el 19 de septiembre de 2018 cuando enfrentando al Cruzeiro por los cuartos de final de la Copa Libertadores, el brasileño Dedé fue a buscar de manera temeraria e imprudente un centro, lo embistió en el aire y lo quebró.

Jugó el partido decisivo de la Libertadores el 9 de diciembre ante River en Madrid, pero fue en 2019 cuando Andrada se terminó consolidando y produjo actuaciones formidables que él asumió con serenidad. Quizás la misma serenidad que transmite desde el arco. Porque en este punto también su aporte es influyente. Sabe manejar los tiempos para meter una pausa en un partido que Boca pretende congelar. No se apura si Boca no busca apurarse. Y no se duerme si Boca quiere acelerar. Parece una tontería. Pero no lo es. Expresa control y mirada futbolística.

Cuando tiene que salir a escena obligado por las circunstancias, actúa sin grandilocuencias. No agranda a los rivales. Es sobrio. Quirúrgico. Fino y veloz para cortar arriba y tapar abajo y después de conquistada la pelota habilitar bien con el pie. No impone una gran presencia física. Impone seguridad. Y falla muy poco.

La duda es si esta actualidad brillante, Andrada puede mantenerla en el tiempo. De ser así, podría confirmarse que el fútbol argentino encontró a un arquero que combina en forma virtuosa al atajador y al anticipador. Un arquero ecléctico en su formación. Que no atiende una sola faceta. Que integra las dos grandes líneas con espontaneidad y una gran eficacia.

La conclusión final va a estar atada a todos los partidos que vienen. A los partiditos. Y a los partidazos, como los que tiene por delante Boca frente a River por las semifinales de la Copa Libertadores el 1º y el 22 de octubre. Porque en los grandes desafíos, también se calibran las grandes respuestas. O las grandes claudicaciones.

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