En la gala del Balón de Oro, el mejor jugador del mundo hizo alusión al día en el que colgará los botines. La buena noticia es que tenemos magia para rato. A diferencia de otros genios, él sabe cómo adaptar su juego al paso del tiempo

No hay señales de un declive. A sus 32 años, Lionel Messi se mantiene intacto. El genio aprendió a regular sus esfuerzos para no lesionarse y conserva sus ambiciones en todas las competiciones. Pero aunque ha sabido disimular el paso del tiempo, él sabe que su retiro ya no se vislumbra en un futuro tan lejano.

Este lunes, cuando subió a recibir su sexto Balón de Oro, la Pulga dijo una frase que no tardó en convertirse en la noticia central de varios portales deportivos. “Se va acercando mi retirada, pero aún quedan años para disfrutar”, aseguró. Tras esa afirmación, la pregunta fue inmediata: ¿cuántos más podremos contemplar a esta leyenda sobre el césped?

Hubo grandes futbolistas que extendieron su carrera hasta límites impensados. Entre esos jugadores se destacan Romario, Roberto Carlos, Robert Pirés, René Higuita y Teddy Sheringham, quienes colgaron los botines a los 42 años. Pero el nombre de Lionel Messi, solo se puede comparar con aquellos que conforman el olimpo del fútbol.

Después de una etapa tormentosa, Diego Maradona se despidió de las canchas a los 37 años. A esa misma edad, Johan Cruyff puso fin a su carrera mientras que Pelé, a solo 22 días de sumarse al “club de los 37”, dejó atrás el profesionalismo con la camiseta del Cosmos de Nueva York.

El único astro que pasó esa barrera fue Alfredo Di Stéfano, quien tras una década exitosa en el Real Madrid, y dos copas mundiales con la selección española, se despidió, a los 39 años, en el R.C.D. Español.

Pero hay una diferencia fundamental entre Leo y los genios mencionados: ellos no se mostraron tan plenos después de los 30. Desde que debutó ante el R.C.D. Español, el 16 de octubre de 2004, el rosarino se ha sostenido en lo más alto de la elite mundial.

Cada año, rompe un nuevo récord; cada fin de semana, destapa una nueva virtud. Al fin de cuentas, cada partido demuestra que es el “jugador definitivo”. “Ha conseguido dominar el juego, para el resto de futbolistas el juego les domina. Él le ha dado la vuelta. Decide qué hacer y cuándo. Por eso creo que no volveremos a ver a un jugador así. Nunca le vi obsesionado. Le sale natural”, definió su amigo Mascherano.

Si se repasa el último lustro, se pueden observar algunas cuestiones que delatan su ingenio para continuar brillando. En las últimas temporadas ha perfeccionado su pegada en los tiros libres, se ha retrasado en el campo para generar juego, ya no se expone a patadas lejos del arco rival, y ahora elige cuando explotar sus sprints. Corre menos, pero rinde lo mismo (o más).

Llegará el momento en el que no alcance con esa inventiva para ser el número uno. Su gran desafío será entender que puede competir sin estar en las tapas de todos los diarios, y comprender que es imposible perpetuarse en su trono. Al parecer, lo ha asumido antes que sus millones de admiradores. Pero en un tiempito tocará afrontarlo.

Como ningún otro, ya ha demostrado que se adapta a los cambios en su cuerpo y en su entorno. Si convive con las limitaciones que se irán pronunciando en su físico, como viene haciendo, y se desacostumbrarse a la gloria permanente, no caben dudas que podremos seguir disfrutando su magia durante muchísimos años más. Aunque sea en dosis menores.

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