Cuando todo parecía indicar que estaban dadas las condiciones y alineados los planetas para pegar un gran salto de calidad luego de la conquista ante el Flamengo en 2017, una suma de errores futbolísticos e institucionales vinculados a la conducción, terminaron por jaquear una oportunidad histórica que fue desaprovechada

Aquel miércoles 13 de diciembre de 2017, Independiente se consagraba en el Maracaná campeón de la Copa Sudamericana. Y daba toda la sensación que ese plantel que dirigía Ariel Holan y conducía en el plano institucional Hugo Moyano secundado por su hijo Pablo, había comenzado a dar un paso fundamental para afirmarse como un club consagrado a reivindicar sus mejores momentos.

A casi dos años de aquellos días, la realidad ofrece un perfil muy lejano a esa presunción. Hoy, Independiente está en caída libre. Con todo a favor, después de muchos años de decadencias indiscutibles que se patentaron con el descenso a mediados de 2013, no supo y no pudo aprovechar las circunstancias favorables que tenía por delante.

Y poco a poco se fue entregando a una dinámica de errores permanentes. En fútbol, hizo todo lo contrario a lo que, por ejemplo, está haciendo River. En lugar de mantener lo que tenía y fortalecerse a partir de esa valiosa conquista en Brasil, empezó a confundirse. Con Holan trepado a su ego indisimulable, arrojando por la borda lo que había construido. Y con la dirigencia, denunciando en continuado sus escasísimos conocimientos en el área del fútbol.

Esa etapa que concluyó con la vuelta olímpica en el Maracaná nunca más se reeditó. La oportunidad perdida de reinstalar a Independiente en una zona de confort en el plano nacional e internacional, se estrelló en la misma medida en que se sucedieron horrores a la hora de incorporar y transferir jugadores y de darle poderes totales al entrenador Holan, como si su figura se mimetizara con la de Pep Guardiola. O con la del Pato Pastoriza en sus largos períodos de gloria.

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Este nivel de absoluto desconcierto político se fue extendiendo como una auténtica mancha venenosa. Y se aisló Independiente. Se aisló intentando protegerse de las críticas que expresaron sus malas decisiones. Un equipo que estaba acompañado por una atmósfera ganadora se fue transformando en un equipo acompañado por una atmósfera perdedora.

Holan, sin dudas, fue un apéndice importante de esa caída, encontrando y promoviendo conflictos donde no parecía que existían. No bancó al plantel que había salido campeón frente al Flamengo. Por el contrario: alentó despedidas. Incluso la del preparador físico Alejandro Kohan, luego de muchos años de convivencia profesional.

El deterioro se hizo evidente. La dirigencia repetía consignas y no lo advertía. Y el equipo, sin pausas, se desintegró. Quizás la partida del goleador Emmanuel Gigliotti en los últimos días de diciembre de 2018, empujado por los fantasmas y las inseguridades crónicas que venían visitando a Holan, simbolizó la magnitud de la desorientación que se había impuesto en Independiente.

Una desorientación que abarcó todas las esferas. Con libros de pases plagados de miradas y lecturas mediocres. Alcanza con describir lo que fue el último, con las incorporaciones por 15 millones de dólares por Alexander Barboza, Sebastián Palacios, Cristian Chávez, Andrés Roa y Lucas Romero. Al que habría que sumarle el pase a principios de año de Cecilio Domínguez en 6 millones y medio de dólares. Los resultados futbolísticos, en este punto, fueron paupérrimos.

El reemplazante de Holan, Sebastián Beccacece, no fue otra cosa que el continuador del desamparo futbolístico. Porque esa imagen fallida muestra Independiente. La de un equipo desamparado. La de un equipo vacío. Que se debate en la soledad. Que no tiene respaldos. Que no encuentra apoyos reales en la dirigencia, más allá de las obligaciones económicas que por supuesto tienen que cumplir.

Y se nota. Se nota demasiado esa insolvencia que se constituyó mientras pasaban los meses. Y mientras se equivocaban los caminos y se destruía el plantel sin que nadie detuviera la hemorragia. Las consecuencias son las que Independiente está pagando en la actualidad. Las que lo delatan como un equipo sin rumbo. También victimizado por arbitrajes que lo vienen castigando duro y parejo con una perseverancia notable.

Entre otras cosas, es el precio de la soledad. De la no presencia en AFA. A casi dos años de aquella consagración en Rio de Janeiro, nada quedó. Una suma de impericias y mala praxis que se manifestaron adentro y afuera de la cancha, pintaron el paisaje de lo que pudo haber sido y no fue. Y a esta altura, todos los arrepentimientos son tardíos.

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