Los episodios sospechadísimos que se manifestaron en Uruguay-Perú y Argentina-Brasil, cuando el VAR intervino o miró para otro lado en jugadas decisivas, ponen en foco que esta ayuda arbitral en realidad es un cambalache subordinado a la manipulación más vergonzosa

El 5 de noviembre de 2018 escribimos en POPULAR un texto que tenía este título: "La ruleta esquizofrénica del VAR". La crítica a su implementación estaba enfocada en cómo era manipulado desde una sala de videos con pretensiones sofisticadas y sospechosas que lo alejaban por completo de la naturaleza y la honestidad intelectual que debería solventar al fútbol.

A ocho meses de esa interpretación, el fracaso estruendoso del VAR en el desarrollo de la manchada Copa América que se está jugando en Brasil, le agrega nafta al fuego. Porque la suma de errores muy influyentes van en aumento. Los goles mal anulados se amontonan. Los penales no sancionados (como por ejemplo los dos que le negaron a Argentina en el cruce frente a Brasil) parecen formar parte de un show en el que nadie se hace responsable de nada.

Si Uruguay ante Perú fue saqueado por las intervenciones determinantes del VAR que dependía de Patricio Loustau, Argentina contra Brasil fue estafado por un VAR que prefirió en instancias inapelables (como los penalazos omitidos) mirar el cielo estrellado de Belo Horizonte, en sintonía directa con el árbitro ecuatoriano Roddy Zambrano.

Aquel que desde una lectura muy lineal y básica pensaba que la irrupción del VAR iba a devolverle al fútbol la transparencia y la justicia deportiva que le estaba faltando, en realidad había construido un análisis muy precario y muy naif. Si el fútbol se encontraba seriamente vulnerado por las pésimas actuaciones del mundo arbitral que siempre se empeña en repetir justificaciones, excusas, defensas corporativas y frases de ocasión que se pulverizan en el aire, la llegada fulminante del VAR le incorporó una dosis muchísimo mayor de contaminación.

Lo que padeció la Selección nacional ante Brasil con un árbitro que desde el mismo inicio del partido fue sensible y muy obediente con el quíntuple campeón del mundo, encontró el complemento ruinoso del VAR (en este caso a cargo del uruguayo Leodán González) que acabó con desintegrar cualquier sutileza reglamentaria.

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Esa comunión (árbitro más VAR) fue lapidaria para Argentina y para el fútbol. Si el VAR continúa desarrollándose en su propia involución y descomposición estratégica como lo viene denunciando hasta ahora, el futuro inmediato del fútbol será capturado por la dictadura de la tecnocracia. En definitiva, es peor el remedio que la enfermedad.

Porque no llegó el VAR para resolver algo en especial. Llegó para arruinar al fútbol en nombre de perfecciones que no existen. Lxs que reivindican su utilización a pesar del colapso, plantean que tiene que ajustarse, revisarse, enriquecerse. Pero el VAR es lo que se ve. Y no otra cosa. Un auténtico bochorno experimental que juega a la prueba y el error con un nivel de confusión y manipulación intolerable.

El fútbol no puede ser una probeta. O un tubo de ensayo. O un territorio para que los tecnócratas de turno que suelen estar en todas partes (en la política, en el arte, en la comunicación, en la economía y en la vida cotidiana) sigan vendiendo ficciones que se pinchan como globos.

Los técnicos y jugadores que defienden el VAR van a ser victimizados por el VAR. Como en muchísimas ocasiones los árbitros han victimizado a un equipo. No garantiza nada. No ofrece ninguna seguridad ni certeza. Es un nuevo instrumento o una herramienta de la distracción contemporánea a la que caen rendidos los consumidores de entretenimientos.

Sería bueno que el ambiente del fútbol argentino (en especial sus protagonistas) tome conciencia de este cambalache y rechace en privado y sobre todo en público la ruleta esquizofrénica del VAR, como la definimos en los primeros días de noviembre de 2018.

La Selección pagó en Brasil al contado rabioso. Se veía venir. Y se vino. El promocionado adelanto tecnológico no es otra cosa que la puesta en marcha de un atraso conceptual descomunal, disfrazado de progreso. Y maquillado por las mentiras dominantes.

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