Bajo el imperio de circunstancias adversas, Argentina igual sacó a relucir frente a Uruguay una actitud y una presencia que le permitió rescatar un empate sobre el final, instalando que el equipo incorporó un perfil aguerrido que de ninguna manera puede subestimarse.

El resultado importa. Siempre importa. Y esto no significa dorarle la píldora a la fiebre del exitismo, que por supuesto se propaga por dentro y por afuera de las fronteras del fútbol como un rictus que también tiene contenido político.

Y como el resultado importa aunque sea en el marco de un partido amistoso celebrado en Tel Aviv, hay que decir que Argentina mereció algo más que Uruguay. Porque fue más que Uruguay. Porque siempre quiso más que Uruguay. Y porque dispuso de chances de gol que Uruguay casi nunca encontró. O nunca, más allá de la conquista de Edison Cavani después de una buena maniobra colectiva y de un formidable tiro libre ejecutado por ese gran artillero que es Luis Suárez, quien nunca de lado su target reconocido de simulador profesional que les vende buzones a los árbitros de turno.

Lo valioso es que esta Selección que conduce Lionel Scaloni desde la salida apresurada de Jorge Sampaoli luego de Rusia 2018, abraza una constante evolución. Se podrá comentar que no mostró grandes respuestas ante Uruguay. Que le faltó mayor presencia y peso en el área rival. Que le costó un enorme esfuerzo quebrar la resistencia adversaria. Pero incluso en la adversidad de verse en dos oportunidades en desventaja frente a un equipo que sabe muy bien defender los espacios, en ningún momento se dejó erosionar por la resignación o por la impotencia.

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Quizás pueda parecer un dato menor. De ninguna manera lo es. Argentina es hoy un equipo aguerrido. Ya lo manifestamos cuando derrotó 1-0 a Brasil el pasado jueves. Y lo volvió a revelar ante Uruguay, muy cómodo y satisfecho en su rol de especulador y contragolpeador que aprovecha hasta lo mínimo que se le presenta.

Fue siempre cuesta arriba el partido para Argentina. Y esta clase de partidos con estos desarrollos de alta complejidad, hay que tomarlos como pruebas que de cara al futuro inmediato (por ejemplo las Eliminatorias desde marzo del año próximo) se dibujan como testimonios que el cuerpo técnico debería interpretar con un criterio inteligente.

¿En qué sentido hablamos de criterio inteligente? De lo que está en condiciones de ofrecer la Selección en lo individual y en lo colectivo. Por citar un caso muy influyente: Messi. Este Messi siente a la Selección. No es que antes le resbalaba todo. Pero en esta Selección se lo ve más metido, más contenido, más comprometido, más dispuesto a no sufrir aquellos raptos de ausencia que lo hacían hasta desenchufarse de las necesidades estratégicas del equipo. Hoy, Messi está a pleno en la Selección.

Claro que esta plenitud anímica de Messi no puede relacionarse en forma directa con las genialidades futbolísticas que se le reclaman. Para ser lo más claro posible: Messi juega bien en la Selección. Pero no la rompe. No hace destrozos. No es el mejor de Argentina por afano, como cualquiera podría presumir. Y eso que se lo ve muy participativo con el equipo. Más que en cualquier otra ocasión en que vistió la camiseta nacional.

Esta comunión de Messi con la Selección de Scaloni no surgió porque un día se levantó de buen humor y se juramentó entregar todo. Obedece al microclima que se vive en el plantel. Eso le llegó a Messi. Es el microclima de un equipo que respira una evidente mentalidad ganadora. Y aunque parezca un lugar común referirse a mentalidades ganadoras, a veces los equipos van dejando por el camino esas semillas que después se pueden ir recogiendo.

Le adivinamos a esta Selección esa búsqueda y esa convicción. Jugando bien o jugando en un nivel discreto. Pero sin mezquindades. Sin tibiezas. Sin caídas de tensión insuperables que confirmarían claudicaciones. La verdad es que no las tiene la Selección. Y lo viene confirmando. Por eso recibe un golpe y va a buscar su revancha en el arco de enfrente. Le pasó ante Alemania en la primera quincena de octubre. Perdía 2-0 en el primer tiempo. Y se recuperó en el complemento igualando 2-2. Frente a Uruguay le ocurrió algo similar. Perdía 1-0 y luego perdía 2-1. Y no se achicó. Al contrario: se agrandó. Aun sin plasmar producciones estelares.

Y rescató un empate cuando todo pintaba para una derrota. No son casuales estas reacciones. Reflejan una rebeldía bien entendida. La que también transmite Messi en esta etapa. Y la que abarca al equipo. En cualquier análisis quedarse solo con el área técnica es una simplificación. Porque a veces, muchas veces no alcanza con la técnica. Y se demandan otros contenidos: temple, entrega, presencia, personalidad, temperamento, actitud. Y todo eso también alimenta y nutre a la Selección de Scaloni.

El formidable cabezazo goleador de Agüero y la caricia de Messi en el penal para clavar el 2-2 final, son anécdotas de una noche en la que Uruguay estuvo muy cerca, aunque Uruguay haya sido austero y conservador. El saldo del 2019 es muy positivo para la Selección. Lo dijo Scaloni hace unos días. Lo suscribimos. No fue magia. Y vale la pena reconocerlo.

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