Cuando las circunstancias parecían indicar que iba a cerrar su brillante carrera en el exterior, el ex jugador del Barça y la Selección decidió regresar al fútbol argentino para actuar en Estudiantes, seducido por la presencias de Gabriel Milito y de Juan Sebastián Verón

Volvió Javier Mascherano al fútbol argentino. Volvió después de 15 años actuando en el exterior, luego de varias escalas en Brasil, Inglaterra, España y últimamente en China. Volvió para jugar en Estudiantes. En este Estudiantes que conduce Gabriel Milito y preside Juan Sebastián Verón, ex compañeros de la Selección nacional.

¿Qué tiene para ofrecer Mascherano a sus 35 años? Desde los lugares comunes siempre tan visitados, podría ponerse de relieve su gran experiencia en el primer nivel internacional jugando durante ocho temporada en el Barcelona, sazonado con una participación muy activa en cuatro mundiales (2006 en Alemania, 2010 en Sudáfrica, 2014 en Brasil y 2018 en Rusia) y con 147 partidos disputados con la camiseta de la Selección, superando las 143 presencias de Javier Zanetti y las 138 de Lionel Messi.

Pero esta especie de recordatorio muy breve y parcial de la estupenda carrera que protagonizó desde que arrancó en River, sería apenas un relato inconcluso que se focaliza en los números y datos estadísticos que lo terminaron acompañando.

Los números favorables y las consagraciones, así como los números negativos y las decepciones, de ninguna manera alcanzan para aproximarse a la dimensión de ningún jugador. Siempre son insuficientes.

Mascherano nunca fue ningún fenómeno del fútbol. Aunque en el Mundial de Brasil su influencia y su perfil de jugador aguerrido, templado y dispuesto a dejar la piel en la cancha, fue una postal imborrable que trascendió el horizonte de la virtudes técnicas, tácticas y estratégicas.

Estaba Messi en aquella Selección. Pero Mascherano se elevó a la cumbre de los grandes reconocimientos. ¿Por qué? Porque fue una individualidad determinante en el funcionamiento del equipo por ascendencia y por personalidad. Y porque generó un viaje de ida y vuelta con los hinchas que lo eligieron como una figura atrapada por la épica. Y la épica crea adhesiones indestructibles.

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Es cierto, los episodios que se expresaron en aquel 2014 en Brasil, fueron una circunstancia muy especial. Mascherano no pudo reeditar esa película virtuosa en Rusia 2018. Y hasta fue señalado como unos de los corresponsables de un desenlace no deseado por parte de la patria mediática en su búsqueda frenética y desesperada de chivos expiatorios.

El crepúsculo inevitable de Mascherano se fue perfilando cuando en enero de 2018 dejó el Barça y partió para jugar en el Hebei Fortune de China. Las especulaciones infaltables y su cadena de rumores enlazados a su regreso a River, siempre existieron. Pero no se alinearon los planetas. Los tiempos y las necesidades de River no coincidieron con los tiempos y las necesidades de Mascherano. Y no hubo conexión posible a pesar de los flashes del pasado. Tampoco hubo desencuentros ni heridas rotundas que lo hayan distanciado de Marcelo Gallardo. Y si las hubo, no se revelaron.

No parecía probable que Mascherano cerrara su etapa como jugador en la Argentina. Pero comenzaron a surgir contactos con Milito, se extendieron esos contactos con Verón y apareció el escenario del regreso.

Decir que esa bandera de la Selección que fue Mascherano durante una década y media está entero y en plenitud, forma parte de la negación del tiempo transcurrido. Como escribió un notable poeta y cantor brasileño (Cazuza, fallecido el 7 de julio de 1990, a los 32 años, victimizado por el HIV), el tiempo no para. De esta realidad irrefutable no se salva nadie.

No está entero ni en plenitud, Mascherano. No podría estarlo por una simple cuestión biológica. Está a la altura de un jugador de 35 años avalado por una conducta y disciplina profesional que siempre lo distinguió. Igual no le será sencillo readaptarse al fútbol argentino. A un fútbol de gran contacto físico que demanda mucha entrega y manejo de los tiempos para resolver en espacios muy reducidos.

Plantear que para él será un auténtico desafío encarar esta última etapa de su carrera en la Argentina también corre el serio riesgo de ser interpretado como una frase hecha. Y es una frase hecha. Pero atada a una realidad imposible de disimular. Si Mascherano volvió a los 35 es para intentar ser el jugador que supo instalarse en la memoria colectiva del ambiente del fútbol.

Ese jugador que denunció, sobre todo en el Barcelona y en la Selección tener algo que muy pocos tienen: verdadera jerarquía internacional.

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