Hoy, quizás más que nunca, parece desprenderse de la actualidad que la vitalidad creativa del Barcelona entró en zona de enorme complejidad, revelando nostalgias de aquel equipo extraordinario que supo ser

Leo Messi sigue siendo Leo Messi. En cambio el Barcelona ya no es el Barcelona que supimos conocer. Messi, aunque haya cumplido 33 años el pasado 24 de junio, mantiene su magia. El Barça, no.

Los contrastes son inapelables. Se dejan ver. Y por supuesto se ven. Por un lado el jugador y por otro lado el equipo que dirige Quique Setién, quien en su etapa de futbolista fue conducido por el Flaco Menotti en el Atlético de Madrid en 1987.

Como en muy pocas ocasiones se percibe la incomodidad y el fastidio inocultable de Messi jugando para el Barcelona. Como si no lograra encontrar lo que casi siempre encontró en el club catalán: el funcionamiento, la idea, el respeto inalterable por la elaboración, el concepto y la convicción colectiva para poner en marcha la dinámica del equipo.

Este Messi se asemeja al Messi que durante varias etapas en la Selección parecía no sentirse correspondido. Y quizás se frustraba. O manifestaba con claridad su impotencia. La realidad es que el Barça hoy no está a su altura.

Juega mal el equipo. O lo que es peor: no sabe a qué quiere jugar. Y entonces se pierde en la cancha. Porque antes ya había perdido la línea y el orden. Su línea. Su estilo. Sus formas. Su inconfundible ADN futbolístico. Y se deja llevar por el rigor destructivo de la confusión. Cuando prevalece la confusión, cada uno quiere salvarse solo, casi como un mecanismo de autodefensa.

Messi quiere salvar a todos. Pero no puede. Porque nadie podría. La gran fortaleza del Barcelona fue la aplicación muy virtuosa de una idea. Messi enriqueció como nadie esa idea que el holandés Johan Cruyff, primero como jugador y después como entrenador, instaló en la aldea blaugrana.

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Esa idea, Pep Guardiolala mantuvo sin ninguna filtración durante los cuatro años (2008-2012) en que ejerció como entrenador del equipo. A propósito de la salida de Guardiola en junio de 2012 y de la llegada de Gerardo Martino como entrenador a mediados de 2013, por aquellos días Menotti nos comentó algo que recordamos: “Martino tendrá que volver a refrescar y alimentar todos los conceptos, porque si se aflojan algunas exigencias vitales para el funcionamiento del equipo, los jugadores disminuyen los rendimientos. Esto es así. Por eso Guardiola los tenía cagando a pedos”.

Y agregó Menotti, completando un análisis que anticipaba dificultades: “Es que para mantener ese ritmo de presión bien arriba y movilidad permanente para tocar y descargar hasta encontrar los espacios, si no los tenía cagando, no lo mantenían. Guardiola supo conservar esas búsquedas con un nivel de juego extraordinario. Y con una convicción terrible. Incluso para sacar al jugador que no juega bien. El que no juega bien, sale. Sea Iniesta, Messi, Xavi o Neymar. Esa también es la conducta que mantuvo tan vivo al equipo”.

Esa conducta y esa convicción muy afirmada para dotar al equipo de una agresividad insoportable para cualquier adversario, no pudo promoverla ningún otro entrenador, más allá de los éxitos que hayan cosechado.

El dubitativo Quique Setién menos aún. El Barcelona que conduce podrá tener buenas intenciones, pero se desvanece en un voluntarismo despojado de argumentos valiosos. Juega como un equipo vulgar y ordinario, que tiene la gran fortuna de contar con Messi. Y con Messi puede crecer en desequilibrio ofensivo, aunque igual no le alcanza.

Lo notable es que a ocho años de la partida de Guardiola que pretendía respirar otros aires y encontrar otras celebraciones, el Barça lo sigue extrañando. Es una nostalgia irremediable. La padece horrores el equipo y en términos individuales, también la padece Messi, quien ahora está envuelto por los infaltables rumores de una probable salida cuando finalice su contrato en junio del año que viene.

En definitiva, los fantasmas de Guardiola están más vivos que nunca. Messi, en público, no lo nombra, pero lo debe tener muy presente.

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