A los 35 años, su presente alejado por completo de los brillos y los golazos que supo convertir aquí, en Brasil y en Europa, se revela desde hace un par de temporadas más vinculado a la patria mediática y a ser una especie de operador político de los oficialismos

¿Carlos Tevez, sí? ¿Carlos Tevez, no? El ambiente del fútbol argentino se hace preguntas para encontrar una respuesta sobre el futuro inmediato de ese estupendo jugador que fue Tevez. Y planteamos que fue un estupendo jugador porque ya no lo es. Dejó de serlo hace por lo menos tres temporadas largas. En esta etapa la dirigencia de Boca pretendió iluminarlo en función de los oportunismos políticos, considerando la adhesión explícita de Tevez a Daniel Angelici y en otra escala superior a Mauricio Macri.

Tevez representó en el último tramo de su carrera, el rol del jugador que simbolizaba un clima de época, sensible a los oficialismos y muy crítico con la oposición. Claro que además tenía que jugar al fútbol. Y allí, en ese territorio, sus aportes comenzaron a claudicar. Porque ya no era el de antes. Ya no podía imponer ese torbellino ofensivo desequilibrante que lo caracterizó. Y su declinación fue irreversible, más allá de la protección periodística que disfrutó, incluso en los episodios en que fracturó al volante de Argentinos Juniors, Ezequiel Ham y al arquero de Newell’s, Ezequiel Unsaín.

Por eso que ahora se ponga en un plano relevante la posibilidad de que Tevez siga o se despida de Boca y del fútbol, en virtud de que su contrato finaliza el 31 de diciembre, parece y es una gran desproporción mediática. Aquel delantero que viene experimentando un ocaso imposible de ignorar, es hoy una versión muy reducida de lo que supo ser. Lo mantuvieron en pie el peso de sus antecedentes. Pero no su juego. Ni tampoco su influencia, sobredimensionada por los medios.

Cuando Gustavo Alfaro arribó a Boca en el arranque de enero de 2019 y afirmó que Tevez era “la bandera y el emblema del club” y le sumó una serie de lugares comunes que iban a contramano de la actualidad del ídolo devaluado del pueblo xeneize, quedó bien en claro que esas palabras cargadas de demagogia no tendrían ninguna proyección. Y no la tuvo.

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No podía Tevez sostener en la cancha lo que hablaba frente a la prensa. A pesar de la indulgencia organizada de esa misma prensa que quería ubicarlo como un gran protagonista, la realidad de todos los días indicaba lo contrario. El gran protagonismo se enfocaba en el área mediática, como si fuera la estrella de Boca. Una estrella que se apagaba.

Claro que la estrategia no alcanzó para tapar lo sustancial. Tevez ya se había resignificado en la bandera política de Boca. En un intérprete de intereses extrafutbolísticos. Y en un comunicador sui generis de esos intereses que con tono naif deslizaba ante las audiencias.

Así fue extendiendo su travesía por Boca. Viajando a China para ponerse la camiseta del Shanghai Shenhua (jugó sólo 16 partidos sobre 30 posibles, anotando 4 goles) y regresando de China, apelando a lo que suelen apelar los futbolistas cuando intentan conmover a los hinchas con palabras edulcoradas y sensibleras que no conmueven a nadie. Salvo a los ilusos de tiempo completo.

Ya estaba de vuelta Tevez. De vuelta como jugador. Lo sabían todos. Desde los Barros Schelotto, hasta los compañeros, pasando por el presidente Angelici y abarcando a una prensa adicta demasiado complaciente y cortesana. Pero seguía siendo útil a la hora de bajar cierta línea o de operar en alguna dirección predeterminada que trascendía las virtudes o errores del equipo.

Nunca fue un canto a la inocencia, Tevez. Nunca fue un actor secundario en Boca. Nunca desconoció que era una especie de escudo protector de Angelici y compañía. Tuvieron que pactar los Barros Schelotto con el presidente para darle una plaza en el equipo, aunque su presencia no les generaba ninguna simpatía. Tuvo que pactar el vapuleado Alfaro cuando llegó a Boca para dorarle la píldora a Tevez dibujándolo a la altura de un fenómeno que iba a ganar los partidos decisivos, como por otra parte sí lo hizo Juan Román Riquelme conquistando la Copa Libertadores en el 2007 a favor de unos rendimientos extraordinarios.

Es cierto, no está de más afirmar que Tevez fue un crack. Pero su presente se inscribe en la nostalgia. En los recuerdos. En las felices postales del pasado. Si sigue ligado a Boca o si se va a otro destino, ya no genera ningún estruendo. Su figura como jugador de fútbol languidece desde hace mucho tiempo. Esta evidencia es lógica pura. Ahora si el próximo entrenador se banca (o no) a un Tevez testimonial en el vestuario, como ocurrió con Alfaro, será una cuestión a develar.

En este caso, cualquier anticipo corre el riesgo de pulverizarse en el aire. La faceta multitarget de Tevez no puede subestimarse. Aunque el clima de época se haya modificado.

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