El nuevo regreso de Carlos Tevez a Boca, después de su pésima experiencia en China durante 2017, da pie para elaborar una lectura que trasciende sus circunstancias. Los jugadores como emergentes de las conductas y valores que reivindica la sociedad. La búsqueda desesperada de la "salvación" individual remite a la posibilidad de protegerse de cualquier diluvio. La necesidad autoimpuesta de correr detrás de los estímulos.

El ambiente celebra alborozado el nuevo regreso de Carlos Tevez a Boca. Lo celebra como si Tevez (cumplirá 34 años el próximo 5 de febrero) fuera un auténtico monstruo del fútbol. Y no lo es. No lo fue nunca, más allá de sus muy buenas cualidades en el rol de delantero muy influyente en la estructura de cualquier equipo, salvo en el Shanghai Shenhua de China donde su aporte fue inexistente: jugó 16 partidos durante un año, convirtió 4 goles, no tuvo ningún peso significativo en el equipo y las críticas que recibió fueron demoledoras.

Quizás las idas y vueltas simbólicas y reales de Tevez sirvan o alcancen para ver lo que denuncia el fútbol argentino como un apéndice mismo de la sociedad contemporánea. Los jugadores son emergentes de los valores y disvalores que expresa esta sociedad. De sus fortalezas y de sus miserias. Como lo somos todos en distintos niveles y en distintas dimensiones.

Tevez, como el pibe Ezequiel Barco, desesperado por abandonar Independiente y partir al Atlanta United de Estados Unidos o como Julio Buffarini, quien antes de pasar al San Pablo poco menos que había juramentado en público no jugar en la Argentina en otro club que no sea el Ciclón para vincularse en las últimas semanas a Boca, son pequeñísimas muestras de la confusión intelectual y las mentiras siempre reivindicadas y falseadas por los espacios de poder.

Habría que ratificar que los jugadores no responden a parámetros éticos y morales ajenos a los parámetros que cultiva la sociedad. Son los mismos, con algunos leves matices propios de la actividad. Repiten los jugadores desde hace décadas que quieren “salvarse” económicamente para salvar a sus familias, que en general son de origen humilde.

El término “salvarse” remite de manera inexorable a la posibilidad de sobrevivir a la catástrofe de antes, de ahora o de mañana. De estar a salvo. De protegerse del diluvio. Por eso apenas surge una oferta del exterior (casi no importa el destino), todos están dispuestos a salir corriendo para las salas de embarque de Ezeiza con muy pocas preguntas en el equipaje. Las únicas preguntas viajan en una dirección inequívoca: ¿cuánto hay?

Y se van. O vuelven. Y se van otra vez. Y regresan si afuera encuentran frustraciones, como le ocurrió a Tevez. No están en ningún lado, en definitiva. Son pasajeros en tránsito. Como tantos y tantos otros más cercanos o más lejanos. Esa búsqueda incesante para hallar en un rincón del mundo un lugar de bienestar que asegure el futuro de los hijos, nietos y bisnietos es también la búsqueda existencial y desgarradora del hombre moderno.

Es querer "salvarse" para pertenecer al selecto club de los elegidos. Y también al club de los desclasados.

Los jugadores terminan haciendo lo que millones de personas no pueden hacer, aunque sueñan hacerlo. Y se identifican con Tevez, Barco, Buffarini, Alario y una lista interminable de futbolistas que van y vienen acariciando grandes ideales y grandes decepciones. Es el sueño inconquistable para generaciones y generaciones.

El ambiente anuncia con luces de neón que Tevez volvió a Boca diez puntos. O algo parecido. Y que Barco se va para romperla en Estados Unidos y después pegar el salto a un grande de Europa.

Lo que quizás no se dice es que a un veterano de casi 34 años y a un pibe de 18 los une la misma necesidad física y emotiva de caminar juntos hacia cualquier lado. Hoy aquí, mañana allá, pasado no se sabe.

Esa necesidad y esa pulsión sin freno de correr detrás de los estímulos igual revela un rumbo. Un rumbo totalmente incierto. El fútbol argentino lo expresa. Como expresa otros tonos, otras lecturas. Y otras proyecciones que trascienden al fútbol. Tevez es un caso testigo. No es el único.

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