Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico rominaatencio@gmail.com. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.
Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico rominaatencio@gmail.com. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.
¿Alguna vez te preguntaste cuáles son tus dones? O ¿alguna vez te preguntaste cómo ser mejor, o como atraer abundancia?
Hay una historia en la Biblia que, cada vez que la leo, me hace pensar que quizás muchas veces estamos esperando que la abundancia llegue a nuestra vida cuando, en realidad, lo primero que necesitamos hacer es descubrir dónde podemos recibirla. Está en el segundo libro de Reyes. Es la historia de una mujer viuda que se encuentra en una situación desesperante. Tiene deudas que no puede pagar y el acreedor está a punto de llevarse a sus hijos como esclavos. No tiene dinero, no tiene recursos visibles, no parece tener demasiadas alter-nativas. Entonces busca al profeta Eliseo, quien le hace una pregunta que, a primera vista, parece casi absurda: “¿Qué tienes en tu casa?”
La mujer podría haber respondido: “Nada”. Porque eso es lo que muchas veces respondemos cuando estamos atravesando una crisis. Miramos todo lo que nos falta. El dinero que no tenemos. Las oportunidades que no aparecen. El trabajo que perdimos. El tiempo que sentimos que se nos escapa. La energía que ya no encontramos. Las puertas que parecen cerradas. Pero ella responde algo diferente: “Tu sierva no tiene ninguna cosa en casa, sino una vasija de aceite”.
Una sola vasija con poco de aceite de oliva. Eso es todo lo que tiene. Y, sin embargo, eso es suficiente para comenzar.
Eliseo le dice que vaya y pida prestadas vasijas vacías a sus vecinos. Muchas. Todas las que pueda conseguir. Después debe entrar en su casa, cerrar la puerta y comenzar a verter el aceite en ellas. La mujer obedece. Ahí es justo cuando ocurre el milagro: mientras hubiera vasijas disponibles, el aceite seguía fluyendo. Cuando ya no quedaron más vasijas, el aceite se detuvo. Sólo se llenaron las vasijas que había.
Esta historia puede leerse como un relato sobre la provisión, la fe y la confianza. Pero también puede hablarnos de algo muy profundo: la abundancia necesita un lugar donde manifestarse. Y justamente, esos recipientes son nuestros dones.
Tal vez el aceite represente la vida, la inspiración, la energía, la creatividad, el amor, las oportunidades o esa fuerza interior que toda-vía no sabemos cómo nombrar. Y las vasijas, nuestros dones: esas capacidades y talentos que llevamos dentro y que pueden convertirse en una forma concreta de servir, crear, acompañar o transformar el mundo.
A veces creemos que no tenemos nada porque estamos mirando nuestra vida desde la carencia. Pero todos tenemos una vasija. Quizás tenemos varias. Lo que ocurre es que no sabemos reconocerlas, no las usamos o no les estamos dando un espacio para llenarse.
Un don no siempre es algo espectacular. No necesariamente es cantar, pintar, liderar una empresa o hablar frente a miles de personas. A veces un don es escuchar con verdadera presencia. Hacer preguntas que ayudan a otros a verse con más claridad. Encontrar belleza en lo cotidiano. Organizar lo que parece caótico. Cuidar. Enseñar. Crear cal-ma. Resolver problemas. Contar historias. Percibir lo que otros no ven. Sostener con-versaciones difíciles. Dar ánimo. Conectar personas. Empezar de nuevo.
Muchas veces confundimos los dones con aquello que hacemos bien sin esfuerzo. Pero también pueden ser esas actividades que nos despiertan, que nos devuelven energía, que nos hacen perder la noción del tiempo o que nos conectan con una versión más auténtica de nosotros mismos.
Por eso, quizás la pregunta no sea solamente: “¿Qué me falta?”
Quizás también necesitamos preguntarnos:
A veces nuestros dones están escondidos detrás de nuestras heridas. La persona que tuvo que aprender a escuchar porque nadie la escuchaba puede haber desarrollado una sensibilidad extraordinaria. Quien atravesó momentos de soledad puede saber acompañar de una manera que otros no conocen. Quien tuvo que empezar de cero puede tener una capacidad enorme para abrir caminos. Quien vivió el caos puede haber aprendido a crear orden.
No se trata de romantizar el dolor ni de pensar que todo sufrimiento ocurre para enseñarnos algo. Pero sí podemos preguntarnos qué recursos nacieron en nosotros a pesar de lo vivido. Qué capacidades desarrollamos. Qué sabiduría adquirimos. Qué podemos ofrecer ahora desde ese lugar.
En la historia, Eliseo no le entrega a la mujer algo completamente ajeno. No le dice: “Voy a darte una vasija”. Le pregunta qué tiene. El milagro comienza con algo que ya estaba en su casa, aunque ella quizás no lo consideraba suficiente.
Eso también puede ocurrir con nuestros dones. Tal vez no necesitamos convertirnos en otra persona. Tal vez necesitamos prestar atención a lo que ya está presente en nosotros y dejar de minimizarlo.
El problema es que muchas veces tenemos una sola vasija disponible: una única manera de vernos, una única identidad, un único rol. Nos definimos por nuestro trabajo, por nuestra edad, por nuestra historia, por lo que otros esperan de nosotros. Y cuando esa parte de la vida cambia, sentimos que nos quedamos sin nada. Pero somos más amplios que una sola función.
Podemos tener una vasija para la creatividad, otra para la escucha, otra para el liderazgo, otra para el cuidado, otra para la palabra, otra para la intuición, otra para el aprendizaje, otra para la capacidad de conectar. Algunas están llenas. Otras están vacías. Algunas nunca fueron usadas porque alguien nos convenció de que no eran importantes.
Romina Atencio
La invitación es a reunirlas. A pedir prestadas nuevas vasijas, como en la historia. Es decir, a abrirnos a experiencias, conversaciones, aprendizajes y vínculos que nos permitan descubrir capacidades que todavía no conocemos. A probar algo nuevo. A salir de la definición limitada que tenemos de nosotros mismos. A permitir que otras personas nos devuelvan una imagen más completa de quienes somos.
Y después, como la mujer, cerrar la puerta. No para aislarnos, sino para escucharnos sin tanto ruido externo. Porque hay respuestas que no aparecen cuando estamos corriendo. Hay dones que no se revelan en medio de la exigencia permanente. Hay intuiciones que necesitan silencio. Hay propósitos que no llegan como una frase perfecta, sino como una sensación persistente, una inquietud, una alegría o una pregunta que vuelve una y otra vez.
Quizás el propósito de vida no sea una misión grandiosa que debemos descubrir de una vez y para siempre. Quizás sea la dirección que aparece cuando empezamos a poner nuestros dones al servicio de algo que nos importa. El propósito puede estar en la intersección entre lo que sabemos hacer, lo que nos con-mueve y lo que el mundo necesita de nosotros. Por eso, en lugar de preguntarnos únicamente qué queremos obtener de la vida, podríamos preguntarnos:
A veces esperamos que aparezca el milagro para recién entonces animarnos a actuar. Pero en esta historia sucede al revés: la mujer reúne las vasijas antes de ver cómo se llenan. Primero hace espacio. Primero confía en que aquello que tiene puede ser suficiente para comenzar.
Y quizás ahí esté una de las claves del propósito: no esperar a sentirnos completamente preparados, seguros o extraordinarios. Empezar con la vasija que tenemos. Con el don que reconocemos. Con la sensibilidad que ya existe. Con esa capacidad que durante tanto tiempo consideramos pequeña.
Porque los milagros no siempre llegan como algo externo que transforma nuestra vida de repente. A veces aparecen cuando nos detenemos, miramos hacia adentro y descubrimos que aquello que estábamos buscando ya estaba en casa.
Sólo necesitaba ser reconocido. Sólo necesitaba un espacio. Sólo necesitaba que nos animáramos a llenar una vasija más.