Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico [email protected]. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.

Podemos amar profundamente a alguien y, aun así, no comprender lo que siente. Porque la empatía no siempre está disponible, y aprender a reconocerlo también es una forma de comprendernos. Como todos los domingos quiero traerte una reflexión profunda. Me encanta creer que después de leer estas notas, te tomás un minuto para reflexionar sobre cómo afecta o cómo impacta esto en tu vida cotidiana. Sentite libre de mandarme un correo, o un mensaje de WhatsApp, compartiendo tu pensar y sus sentimientos acerca de lo que lees. Hoy quiero hablarte de un tema muy sensible en estos días. Quiero hablarte de la empatía, pero de la empatía real.

Solemos asociar el amor con la empatía. Creemos que si alguien nos ama, necesariamente debería comprender lo que sentimos, ponerse en nuestro lugar y reconocer nuestro dolor. Sin embargo, aunque el amor y la empatía están profundamente relacionados, no son lo mismo. Y quizás entender esta diferencia nos ayude a vivir nuestros vínculos con menos expectativas, menos juicios y mucha más conciencia. Porque hay una realidad que pocas veces contemplamos: la empatía no siempre está disponible. Ni siquiera en las personas que más nos aman.

Inmediatamente pensamos: “¿Cómo puede no entenderme?”, “Si me quisiera, se pondría en mi lugar”, “¿Cómo no puede darse cuenta de lo que me está pasando?”

Y quizás tengamos razón en sentirnos dolidos. Pero hay algo que pocas veces nos preguntamos: ¿qué está pasando con esa otra persona? ¿Tiene espacio emocional para escucharme? ¿Está atravesando alguna situación que limita su disponibilidad? ¿Está tan ocupada intentando resolver su propia realidad que no logra registrar la mía?

Esto no significa justificar cualquier comportamiento, sino comprender que nuestra capacidad de empatizar también está atravesada por nuestras circunstancias.

No es una característica inmutable

Durante mucho tiempo hemos pensado la empatía como una cualidad que se tiene o no se tiene. Como si existieran personas empáticas y personas carentes de empatía. Pero la realidad humana es bastante más compleja.

La empatía es la capacidad de reconocer, comprender y conectar con las emociones y experiencias de otras personas. Sin embargo, su expresión puede variar según nuestro estado emocional, nuestro nivel de agotamiento, nuestras experiencias y las circunstancias que estamos atravesando.

Una persona puede ser sumamente comprensiva y tener enormes dificultades para ponerse en el lugar de alguien cuando atraviesa una crisis personal. Pensemos en alguien que acaba de perder su trabajo, que tiene problemas económicos o que está atravesando un duelo. Quizás, en otro momento, habría escuchado con atención el problema de un amigo, pero ahora está tan concentrado en gestionar su propia realidad que no consigue conectar con la preocupación ajena.

"La empatía no debería convertirse en una obligación unilateral, sino en una disposición recíproca", escribe la autora.

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También sucede con las emociones. Cuando estamos dominados por el enojo, el miedo, los celos o el resentimiento, nuestra percepción puede volverse más limitada. Nos concentramos tanto en lo que sentimos que dejamos de registrar lo que está sintiendo el otro.

Las emociones intensas pueden modificar nuestra atención, nuestra interpretación de las situaciones y nuestra capacidad de considerar otras perspectivas. En otras palabras, cuando nuestro mundo emocional ocupa todo el espacio, puede quedarnos muy poco lugar para mirar el mundo de alguien más. Y esto puede suceder, incluso, cuando amamos profundamente a esa persona.

Amar no es necesariamente empatizar

Esta es, quizás, una de las ideas más difíciles de aceptar en nuestros vínculos. Podemos amar a alguien y no comprender su sufrimiento. Podemos querer lo mejor para una persona y no tener las herramientas emocionales para acompañarla. Podemos tener buenas intenciones y, aun así, decir algo que lastime.

Una madre puede amar mucho a su hijo y no comprender sus dificultades emocionales. Una pareja puede amarse y no conseguir comprender las necesidades del otro. Dos amigos pueden quererse mucho y, sin embargo, atravesar un momento en el que sus realidades sean tan diferentes que les cueste conectar.

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Incluso, nuestras propias experiencias pueden modificar nuestra capacidad de empatizar. Quien atravesó un duelo puede desarrollar una sensibilidad especial hacia el dolor de quien está perdiendo a alguien. Quien vivió una enfermedad puede comprender mejor los miedos de un paciente. Quien sufrió una situación de exclusión puede volverse más sensible frente a las injusticias.

Pero tampoco es automático. Haber sufrido no nos convierte necesariamente en personas más empáticas. A veces, el dolor nos vuelve más comprensivos y otras veces nos encierra en nuestra propia experiencia. Porque no todos procesamos las circunstancias de la misma manera.

¿Qué hacemos cuando no encontramos empatía en el otro?

Comprender que la empatía puede fluctuar no significa que debamos aceptar cualquier trato ni renunciar a nuestras necesidades emocionales. Cuando alguien no logra comprendernos, podemos sentir frustración, tristeza y soledad. Es natural querer ser vistos, escuchados y reconocidos. Pero quizás el primer paso sea dejar de interpretar automáticamente la falta de empatía como una falta de amor.

A veces, el otro no puede comprendernos porque está atravesado por su propia historia. Otras veces, porque tiene dificultades para reconocer las emociones ajenas. Y también puede suceder que, simplemente, no tenga interés en hacerlo. Son situaciones diferentes y necesitamos aprender a distinguirlas.

Podemos intentar conversar, explicar lo que necesitamos y expresar cómo nos afecta esa falta de comprensión. Pero también tenemos que reconocer cuándo estamos esperando de alguien algo que, por diferentes motivos, no puede o no quiere ofrecernos.

Comprender al otro no significa resignarnos a no ser comprendidos. Podemos ser compasivos y, a la vez, establecer límites. Podemos reconocer las dificultades ajenas sin dejar de cuidar nuestro propio mundo emocional. No todas las personas tienen la misma disponibilidad afectiva, y no todas pueden acompañarnos de la manera que esperamos.

¿Reclamar empatía también puede ser una falta de empatía?

Esta es una de las preguntas que más me interesa plantear. Solemos hablar de la falta de empatía del otro, pero pocas veces revisamos desde dónde estamos reclamando comprensión. ¿Es posible exigirle a alguien que se ponga en nuestro lugar sin intentar ponernos nosotros en el suyo? Sí, es posible.

A veces estamos tan concentrados en nuestra necesidad de ser comprendidos que olvidamos que la otra persona también tiene emociones, circunstancias, límites y necesidades. Queremos que nos escuche, pero no escuchamos. Queremos que comprenda nuestro enojo, pero no intentamos comprender el suyo. Pedimos paciencia, pero no la tenemos. Reclamamos sensibilidad, pero respondemos desde el reproche o la descalificación.

Y entonces entramos en una contradicción: reclamamos una capacidad que nosotros mismos no estamos poniendo en práctica. Sin embargo, hay algo importante que no debemos confundir: pedir empatía no es, por sí mismo, una falta de empatía. Expresar una necesidad emocional, pedir que nos escuchen o manifestar que algo nos lastimó es completamente legítimo. La diferencia está en cómo lo hacemos.

Podemos pedir comprensión y, al mismo tiempo, reconocer que quizás el otro no está en condiciones de ofrecérnosla en ese momento. Podemos expresar nuestro dolor sin invalidar el dolor ajeno. Podemos pedir que nos es-cuchen sin exigir que alguien sienta exacta-mente lo mismo que nosotros. La empatía no debería convertirse en una obligación unilateral, sino en una disposición recíproca.

Romina Atencio

La empatía es el puente al mundo del otro

Hay algo fundamental para mejorar nuestros vínculos: comprender que nuestra manera de sentir sentir no es la única posible. Muchas veces juzgamos las reacciones de los demás desde nuestra propia experiencia. Pensamos que, si nosotros estuviéramos en esa situación, actuaríamos de otra manera. Que nosotros sí escucharíamos, sí acompañaríamos, sí comprenderíamos. Pero no somos el otro. No tenemos su historia, sus heridas, sus miedos ni sus recursos emocionales. Tampoco conocemos necesariamente todo lo que está atravesando. Quizás, si viviéramos exactamente sus circunstancias, nuestra respuesta sería muy diferente de la que imaginamos.

La empatía es justamente eso: un puente que nos permite acercarnos a un mundo que no es el nuestro. No significa abandonar nuestra propia orilla, renunciar a nuestras necesidades o justificar comportamientos que nos lastiman. Significa reconocer que existen otras realidades, otras historias y otras maneras de sentir.

Quizás necesitamos dejar de pensar la empatía solamente como una virtud que debemos exigirles a los demás y empezar a considerarla también como una práctica cotidiana.

Antes de juzgar una reacción, podemos preguntarnos qué estará atravesando esa persona. Antes de reclamar comprensión, pode-mos intentar escuchar. Y cuando seamos noso-tros quienes estemos desbordados, también podemos reconocerlo: “Hoy no estoy pudiendo escucharte como quisiera. Necesito un momento para ordenar lo que me pasa”. Eso también es empatía: reconocer nuestros propios límites para no lastimar a los demás desde ellos.

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Porque no siempre vamos a estar emocionalmente disponibles. No siempre vamos a comprender. No siempre tendremos la respuesta adecuada. Somos humanos, y nuestras emociones y circunstancias nos atraviesan mucho más de lo que imaginamos. Quizás la verdadera madurez emocional no consista en ser siempre empáticos, sino en reconocer cuándo dejamos de serlo, hacernos responsables de nuestras respuestas y recuperar la disposición para comprender al otro.

Porque amar no siempre significa comprender. Pero amar también puede ser aprender a intentarlo.

Y quizás la pregunta que deberíamos hacernos con más frecuencia no sea solamente “¿Por qué el otro no puede ponerse en mi lugar?”, sino también: “¿Estoy haciendo yo el es-fuerzo de ponerme en el suyo?” Al final, todos queremos ser comprendidos. Todos necesita-mos sentirnos vistos, escuchados y reconocidos. Pero si esperamos vivir en un mundo más empático, quizás tengamos que empezar por recordar que nuestra historia no es la única que merece comprensión.

Y que, a veces, el mayor acto de empatía consiste en hacerle un pequeño espacio a la realidad de alguien más, incluso cuando estamos demasiado ocupados viviendo la nuestra.

Con amor: Romi

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