Desde su puesta en marcha pasaron más de un millón de personas por la terminal que ofrece unos veinte vuelos por día a distintos puntos del país. Coordinación entre áreas, trabajo incesante y aviones

Los números del Aeropuerto Internacional de El Palomar muestran un aumento sostenido en menos de dos años de funcionamiento. Desde febrero de 2018 a la fecha la cantidad de pasajeros fue in crescendo hasta superar el millón. Sólo en el primer cuatrimestre de este año alcanzó el pico de los 486.712 boletos vendidos hasta erigirse como el quinto del país.

Ubicada a unos 26 kilómetros del Obelisco, la terminal se define como cuatro veces más grande que el Aeroparque metropolitano. En ese espacio en el que confluyen miles de personas diariamente con valijas hacia destinos como Asunción, Santiago de Chile, San Carlos de Bariloche, Córdoba, entre otros tantos puntos, trabajan más de ochoscientos operarios en dos aerolíneas: Flybondi y Jetsmart.

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Es jueves. No es fin de semana ni tampoco feriado. El hall central luce repleto. Mientras algunos finalizan un viaje, hay otros que hacen el check-in y esperan subir al avión. Sin embargo, Camila Bruzzi, de 22 años y agente de tráfico de Flybondi, asegura que no hay tanta gente, sino que "a las seis de la mañana hay mucha más". "Hay días que tenemos cuatro partidas a las seis, seis y diez, seis y cuarto de la mañana. Así que ahora hay poca", precisa.

Las aeronaves -Boeing en Flybondi; Airbus en Jetsmart- tienen un promedio de capacidad de 180 personas. Con lo cual, cada aterrizaje y partida requiere de un trabajo de coordinación entre las distintas áreas que puede comenzar con el check-in y finalizar en el despegue, o cuando el pasajero desciende y sale del aeropuerto.

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En todo caso, el operativo no se suspende. El trabajo continúa de noche con operarios divididos por turnos y francos rotativos. Un avión en su arribo requiere mantenimiento antes de volver a partir y continuar el ciclo. Un movimiento rutinario. "El aeropuerto tiene que trabajar siempre, las 24 horas, porque si un aeropuerto se estanca, pierde. Y un avión en tierra también es pérdida", define Martín Perizzolo, operador de rampa de Jetsmart.

Es por tal motivo que al mismo tiempo que uno enciende los motores para su partida, paralelamente se observa dentro de otro los empleados de la aerolínea más los de Intercargo con tareas que incluyen la limpieza interna, la carga de agua potable y combustible, posibles cambios de cubiertas y distribución del equipaje.

Todo ese trabajo se realiza con ayuda de un grupo electrógeno que alimenta al aparato y ayuda a reducir costos y evitar sonidos.

Al terminar esta etapa, y con conocimiento del destino de la aeronave, el tractor de empuje -o remolque push-back- la traslada a la posición. Ahí, otro grupo llenará las bodegas con las valijas de los pasajeros y colocará la escalera. "Constantemente estamos en comunicación con el comandante. Para eso usamos el bastón de señal. La única vez que se desconecta es cuando da el okey de saludo, se pone en marcha y se va", detalla Perizzolo.

En El Palomar un 20% de los pasajeros volaron por primera vez. El número crecerá a fin de año. Ese porcentaje más la cantidad de rutas y boletos vendidos -y los que se prevén vender- llevó al Ministerio de Transporte a ampliar a 2600 m2 la capacidad del edificio principal. La terminal crece progresivamente y no para, al igual que las tareas de los operarios ante cada avión que arriba y parte.

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