En 1904 con sólo 24 años, fue elegido diputado por la Circunscripción de la Boca

“Los verdaderamente dignos aceptan ceder, pero jamás cederse”.

Me ocuparé hoy de una figura definidamente política, pero en el que su conducta intachable, lo convirtió en una de las personalidades más reconocidas y respetadas de la Argentina durante el siglo XX: el Dr. Alfredo L. Palacios, cuya pertenencia política fue el socialismo, pero la verdadera esencia de sus prédicas, fue el humanismo.

Decía de él acertadamente la talentosa escritora María Seoane, que fue el último romántico de la política argentina.

Era muy característico. Cabello lacio, largo, peinado con raya al costado y con una pose personal que las fotografías reiteraban. La barbilla levantada, quizás, en señal de desafío.

Como si dijera sin decirlo: “Soy modesto frente a la grandeza, pero arrogante frente a la bajeza”.

Todos sabemos que la dignidad tiene un precio. Pero Palacios fue uno de esos hombres dispuestos a pagarlo.

Por eso, era considerado con justicia, un referente moral ineludible para la política argentina del siglo anterior.

Había nacido en 1880. Y en 1904 con sólo 24 años, fue elegido diputado por la Circunscripción de la Boca.

¡Fue el primer diputado socialista de América!

Y también, un luchador incansable por los derechos de los trabajadores. Peleó contra toda injusticia social.

Durante varios períodos fue diputado y senador. En esa labor creó las leyes laborales más avanzadas en su tiempo en el mundo occidental. Protegió también con esas normas a las mujeres y a los niños. A las mujeres por ejemplo, les estableció el descanso obligatorio antes y después del parto.

Hizo crear por ley, numerosas casas-cuna, donde las madres obreras dejaban a sus niños para poder amamantarlos.

Peleó por la jornada de 8 horas con derecho al descanso y a la comida en la mitad de la jornada. Logró establecer el domingo como día de descanso obligatorio.

Fue abogado y luego profesor de la Facultad de Derecho, en la que creó la Cátedra de Legislación del Trabajo. También fue, Decano de la misma.

Como orador era tan brillante como fogoso. Pero jamás llegó al insulto ni a la calumnia. Fue un verdadero caballero.

También fue Embajador en el Uruguay. Era además, un eximio bailarín de Tango.

Joven, de buena presencia y soltero... ¡Qué podría agregar!.

En la Facultad de Derecho de La Plata, donde cursé toda mi carrera, él había sido, años antes, un Profesor muy respetado, del que se contaban muchas anécdotas.

Recuerdo una, especialmente. Palacios, estaba con otros dos profesores tomando examen cuando uno de estos le hizo a un alumno una pregunta que este respondió erróneamente, a criterio de ese profesor, que le indicó al alumno que se sentara, lo que implicaba que estaba aplazado.

Al oído, el Dr. Palacios le explicó a su colega –que era ministro en ese momento- que la respuesta del alumno había sido correcta.

El Profesor le dijo: –Lo lamento Dr. Palacios, pero ya le puse la nota reprobándolo. Rectificarme ahora, sería una humillación para mí.

El Dr. Palacios, indignado, le respondió: -el error fue suyo Dr..- y agregó “Entre su supuesta humillación y la injusticia que cometería al aplazarlo, es preferible que reconozca su error”.

-“¡De ninguna manera lo reconoceré! y menos aún ante todos los alumnos”.

-“Entonces Dr. yo lo haré público. Y comenzaré volviendo a interrogar al alumno, pidiéndole disculpas por la circunstancia de que fue víctima. Así lo hizo y el alumno aprobó finalmente”. El Dr. Palacios se había ganado un enemigo, pero había salvado su dignidad. Esa dignidad que lo obligó, siendo un hombre piadoso, a protagonizar muchas rebeldías.

Él no ignoraba que esa nobleza de principios le dificultaba el camino. Pero no podía transitar otro.

Cuando un 20 de abril de 1965, a los 84 años moría el Dr. Alfredo L. Palacios, nuestro país perdía a un gran estadista y a un noble ser humano.

Y un aforismo final para este preclaro ciudadano.

“Muchas actitudes valientes se toman por dignidad, no por valentía”.

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