Silvana Corso, directora de una escuela media de Villa Real, y seleccionada para un premio internacional, cree que la inclusión de los más desprotegidos es una prioridad en el ámbito de la educación pública

A fines del año pasado, Silvana Corso (46) fue seleccionada junto a otros 50 docentes de 37 países, entre más de 20 mil postulantes, por la Fundación Varkey, una organización sin fines de lucro creada por Sunny Varkey, un multimillonario nacido en la India, para el premio Global Teacher Prize, y con el objetivo de incentivar la docencia de excelencia y dirigida en especial a chicos vulnerables.

Silvana siente que más allá de las nominaciones, que la gratifican, su mayor satisfacción es haber podido realizar una tarea fundamental para la integración de “sus” chicos a través de su incansable labor como directora de la Escuela Media Nº 2 Rumania, del barrio de Villa Real.

Bajo la premisa de que “la escuela inclusiva se construye todos los días, cada día es un desafío lograr que los chicos aprendan y promocionen”, Silvana es directora de la escuela Rumania desde 2011, pero en realidad su relación con este colegio comenzó en 1993, haciendo suplencias como profesora de Historia, y tras varios años de sumar puntaje y concursar llegó a la vicedirección en 2007.

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El Rumania es un establecimiento relativamente nuevo, nacido en 1990, que al igual que otras ocho escuelas porteñas, tiene como impronta la inclusión social, objetivo que se propuso su fundador, Alberto Lamotta. Allí cursan 530 chicos de hogares muy humildes, varios provenientes de barrios como Fuerte Apache y muchos de ellos padeciendo distintas problemáticas de discapacidad, física o mental.

Pero todo tiene un motivo, y el de Silvana, por interesarse y dedicarse a esta tarea de inclusión, se relaciona con su infancia y con una marca muy fuerte en su vida, como fue ser madre de Catalina, una hermosa nena con una discapacidad de nacimiento, pero que en solo nueve años de vida que tuvo, le enseñó a ella y a su esposo, Agustín, una mejor forma de comunicación con quien no tiene la posibilidad de expresarse en el lenguaje convencional.

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Silvana, madre de Tomás, que ya tiene 13 años, relata que su llegada a la dirección de una escuela no fue algo que hubiera pensado lograr cuando era chica, y vivía en Villa Devoto, - “en la zona más humilde” aclara- y cuenta que “tuve una infancia muy pobre, mi mamá venía de Jujuy, con mis dos hermanitos (tuve otros dos que fallecieron prematuramente), y mi papá repartía hielo y luego consiguió trabajo en una fábrica metalúrgica”.

Señala que “en 1974 él era delegado gremial, eran tiempos complicados, por lo que nos volvimos a Jujuy y años después, a la vuelta, pudo trabajar como pintor” pero remarca que “la pobreza nos atravesó, a veces calentábamos ladrillos para darnos calor”.

Silvana comenta que “si bien fui al jardín a los 4 años, ya en la primaria tuve una etapa muy traumática, ya que no asimilaba ningún conocimiento, tenía mucho miedo a todo, y las maestras decían que no me daba la cabeza, tanto que no me hacían repetir porque según ellas no tenía sentido”.

Explica que “tenía dificultades con la lectura, no sabía estudiar "Tenía dificultades con la lectura, no sabía estudiar", cuenta ” y detalla que “por entonces iba al colegio Padre Agustín Nores, de Devoto, y mi mamá me anotó en corte y confección”.

Pero algo ocurrió al llegar la secundaria, y Silvana ingresó al San Pedro. “Todo pareció cambiar de a poco, quizás estuve mejor orientada, y logré mayor confianza. Tanto que antes de terminar, me anoté en el profesorado de Historia en el San Agustín”.

Gracias a esto, a Silvana le propusieron hacer suplencias en ese colegio, y poco después ingresó a la escuela Rumania, para iniciar un largo idilio que se entiende hasta hoy.

Las enseñanzas que le dejó Catalina

En 2012, Silvana y su esposo Agustín decidieron editar un libro llamado “Catalina. La que tiene fuerza”, para transmitir a los demás su propia experiencia, luego de haber aprendido mucho en su vida diaria con su hijita Catalina, que murió a los 9 años, por gripe A.

Explica que “en 2000 tuvimos a Cata, que nació con parálisis cerebral severa al asfixiarse con el cordón. A partir de ahí, y mientras seguía con mi actividad docente, me interesé por descubrir cómo aprende una persona con esos límites y cómo lo comunica, y ella pese a su sordoceguera y su cuadriplejia, aprendía cosas como expresar su estado de ánimo o sus sensaciones”.

“Por eso- destaca- la llevé al jardín y esto le devolvió su condición de persona, y me demostró “lo que puede una escuela” y remarca que “nosotros pudimos saber qué le pasaba, aunque no nos hablara”.

Esta dura experiencia fue un incentivo para implementar cosas nuevas en la escuela, porque “sabía que todos pueden comunicarse más allá de sus limitaciones, e incluso que entre ellos pueden ayudarse y complementarse”.

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