La búsqueda de la cura para el Coronavirus aceleró sus tiempos y un puñado de proyectos están cerca de conseguir el objetivo. Pero en el medio se evidencian los intereses económicos, que hacen su juego para saber qué potencia sacará ventaja rumbo al mundo post pandemia

En medio de los rumores que nutren las estelares "fake news" y las certezas científicas que a veces pasan desapercibidas, se construyen relatos. Así es como, por ejemplo, continúa en boga la idea de que el Coronavirus surgió en una laboratorio de Wuhan, la ciudad donde comenzó la pandemia, con la premisa de brindarle a China la oportunidad de erigirse como principal potencia mundial, en detrimento de Occidente, especialmente Estados Unidos, donde hoy está el epicentro de los contagios. Y, en contraposición, se evidencia la narración que ubica a espías norteamericanos implantando la enfermedad en el país asiático para minar los cimientos de un rival que estaba próximo a superarlo en el tablero internacional. Por lo pronto, más allá de las historias, la lucha geopolítica existe, y hoy se instala en algo elemental: la búsqueda de la vacuna, que le brindará al descubridor un plafón único de cara al futuro incierto que le depara al planeta.

Desde que científicos chinos decodificador el genoma del virus el 11 de enero pasado, poco más de un mes del inicio de la propagación, y cuando todavía el drama sanitario era especialmente asiático, hubo una comunión notable entre los especialistas de todas partes del globo. Se trató, desde el principio, de una ayuda vital para tratar de desentrañar una incógnita que aún desvela en cada rincón. Y así es como se abrió una carrera que, si bien tiene la unificación de criterios en el plano médico, en pos de obtener la cura, certifica detrás una disputa política, a sabiendas de lo trascendental de ese descubrimiento, aún en ciernes.

¿Qué significa poder obtener las credenciales por tal invención? Desde los laureles científicos específicos hasta un potencial económico de envergadura, a partir del rol clave en la industria farmacéutica, una de las de mayor impacto desde que la salud pública es un tema que está en la agenda más importante de todas las naciones.

En ese sentido, se juegan las fichas a la expectativa de hallar lo más rápido posible la vacuna, más allá del equilibrio que realiza, por caso, la Organización Mundial de la Salud, con mayor apertura en los últimos años desde el arribo como director general del etíope Tedros Adhanom.

Es que la financiación de la estructura tiene muchas aristas, pero hay actores que cuentan con un peso mayúsculo, y hacen torcer la balanza. Por eso se sintió profundo el golpe cuando Donald Trump indicó que iba a quitar el aporte de EEUU a la entidad, aduciendo que no se le daba a su país la notoriedad que tenía, en un claro mensaje de crítica a la OMS, insinuando que había cubierto a China como precursor de la pandemia. Y todo se tornó más oscuro cuando surgió el ida y vuelta de la institución con Taiwán, pues este territorio, en conflicto de décadas con Pekín por cuestiones de autonomía, y aliado a Washington, reclamó que avisó con tiempo de la enfermedad y no hubo respuestas concretas del organismo para frenar el drama de forma temprana.

Todas esas discusiones en la primera plana se alimentan de la mano de los avances médicos. Y allí es donde ingresa a órbita el despliegue del presupuesto científico y tecnológico, pues son pocos los países que cuentan con una estructura tal para encontrar la vacuna, más allá de los vínculos internacionales y la solidaridad en plenitud, en medio de la pandemia.

Ya son casi un centenar los proyectos que iniciaron su recorrido con la intención de alcanzar la meta. Y de todos ellos, apenas un puñado superó con éxito los primeros pasos de un exigente camino.

Quien va a la delantera es el Instituto Biotecnológico de Beijing, en asociación con la empresa CanSino Biologics. Es que ya está en la segunda fase del derrotero, aplicando su posible vacuna en un grupo de grandes dimensiones en Wuhan, donde empezó la hecatombe.

Un poco más atrás hay, en momento de investigación clínica, dos opciones estadounidenses. Son las variantes del Instituto Nacional para las Alergias y las Enfermedades Infecciosas, en sintonía con la empresa biotecnológica Moderna; y la farmacéutica Inovio. Allí está estipulada la esperanza de Trump, que, en medio de su campaña electoral en pos de mantenerse en la Casa Blanca por cuatro años más, resaltó que es factible que esté lista la cura para fin de año, poco después de las elecciones de noviembre. El neoyorquino sabe que los números no son favorables en el plano económico, cimentado todo en la crisis que provocó la emergencia sanitaria. Entonces, necesita un repunte rápido, y una vacuna en el corto plazo es una inyección anímica vital.

Es que el tablero internacional tiene su relevancia, pero puertas adentro hay que saber manejar los hilos, para evitar inconvenientes que desestabilicen el andamiaje del sistema puertas afuera.

Esa lógica se aplicó en su momento, por ejemplo, con Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel. En febrero, el Instituto de Investigación de Galilea señaló que estaban avanzados los análisis exploratorios para llegar a destino con un medicamento vía oral. Se dieron esos vítores cuando se atravesaban problemas serios en el seno del poder político en ese país, desgastado el mandatario tras un largo proceso. Por eso, esa opción, sumándose a la carrera mundial contra la enfermedad, daba un saldo positivo.

¿Y Europa? Recién empiezan a bajar los casos tras un invierno crudo. La cantidad de muertes hicieron padecer al Viejo Continente, especialmente a Italia y España, y en menor medida, aunque en alza, a Gran Bretaña. Justamente de ese territorio surgió la variante que ganó adeptos en todo el globo. Es la propuesta de la Universidad de Oxford, donde un grupo de científicos dice que tiene en vista a la vacuna para desarrollar en septiembre. Sin embargo, recién se superó con éxito la fase de pruebas con animales, y ahora empezó el ciclo en humanos, así que los resultados preliminares recién estarán a fin del próximo mes. Por lo pronto, como ya estaban trabajando con otros Coronavirus previo al actual desastre, ganaron tiempo en la carrera.

En paralelo está la opción de Alemania, el motor de la economía en esa zona, fundamentado en su crecimiento tecnológico de la mano de la industria farmacéutica. Y a la cabeza en esta ocasión está el laboratorio BioNTech, pero todavía hay varios pasos por realizar.

El prestigio del país teutón en el tema evidenció una controversia en las últimas semanas, cuando se dio a conocer que había rumores sobre la pretensión de Trump de conseguir la cura exclusivamente para EEUU, intentando comprar a la empresa CureVac, que estaba en proceso para conseguir el objetivo.

Esos movimientos corroboran que, más allá del hito científico, detrás hay un panorama político y económico que mueve sus piezas y busca sacar rédito. Y si bien hay una comunión en el círculo médico, los gobiernos hacen su parte, entendiendo que el poder no es lo mismo para todos los países.

Esa lógica quedará rubricada cuando esté lista la vacuna. ¿Por qué? En plena emergencia, se aceleran los procedimientos, y es factible que la solución esté antes de tiempo, pero para su producción se necesita financiamiento, algo que pocas naciones pueden conseguir de forma masiva. Esa ventaja es la que tendrán aquellas potencias que marcarán el camino post pandemia.

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