Al drama sanitario y las dificultades económicas se añaden complicaciones en el Planalto, donde Jair Bolsonaro se encuentra con escaso poder por su pretensión de minimizar  la relevancia del Coronavirus

La pandemia de Coronavirus generó una crisis sanitaria casi sin precedentes en todo el mundo, algo que evidencia, como corolario, un drama económico que golpea a la mayoría de los países de una forma contundente. Pero a Brasil hay que añadirle un ítem, porque a esa dificultad mayúscula en el plano financiero y productivo, derivada de la emergencia por la enfermedad, se le agrega la hecatombe política, con un presidente que pierde fuerzas cada día y que podría dar un paso al costado a partir de su distancia con el resto del arco gubernamental.

Jair Bolsonaro, en contraposición a gran parte de los mandatarios de todo el globo, optó por ir por otro carril argumental una vez que se instaló el Covid-19 en su nación. Es que la premisa que tomó forma, una vez que fue efectiva en China, se replicó en Europa y luego en América Latina: el distanciamiento social como mecanismo para evitar los contagios masivos. Sin embargo, desde Brasilia fue otro el mensaje que se dispuso, y radicaba en anular cualquier chance de cuarentena, pues esa lógica iba en contra de la economía, que iba a sufrir un parate de envergadura. Y así es como se diferencia, en distintas medidas, de sus vecinos.

Y los números son elocuentes, pues Brasil es el país del continente con mayor cantidad de casos -a excepción de Estados Unidos- y uno de los que más víctimas tuvo en los primeros días de propagación, con una expectativa en alza para las próximas semanas.

Esa situación dramática, con más de 1300 muertos y casi 25 mil infectados puso en alerta a toda la estructura política del país, que observaba cómo su líder no sólo no tomaba cartas en el asunto sino que, para colmo, le restaba importancia, tildándola de simple resfriado. En ese sentido, gran parte de los gobernadores desestimaron su lugar en la cadena de mando y aplicaron el criterio del aislamiento social, por su cuenta, para cada estado, algo que puso en jaque al propio Ejecutivo.

A ese plantón, que golpeó fuerte a Bolsonaro, se le agregaron otros bloques, con mucha fortaleza: el Congreso y la cúpula militar; aquel a viva voz y esta otra, puertas adentro. Y ambos, en un puñado de horas, de la mano de una figura que tomó relevancia gracias a su divergencia notable con el presidente. ¿Quién? Luiz Henrique Mandetta, el ministro de Salud, que desde el principio pregono la necesidad de la cuarentena, pero que siempre se topó con la negativa de su jefe, hasta que ya no hubo forma de disimular el choque de intereses y se insinuó su salida, una decisión que luego tuvo que modificar el mandatario.

Hace semanas, cuando la pandemia ya era un hecho y en Brasil se percibía un desborde del sistema sanitario -con epicentro en San Pablo, el polo industrial del país- el funcionario estipuló el requerimiento de herramientas drásticas para frenar la ola de contagios. Pero eso se cruzaba con la economía, algo que Bolsonaro no pretendía ubicar en un segundo plano. Entonces, las charlas tenían la siguiente secuencia: el ministro daba el visto positivo con la palabra, por un lado, al Planalto, pero viraba en los hechos y le brindaba un guiño a los gobernadores, que eran quienes seguían sus directivas sobre la cuarentena. Eso enfureció al presidente y tensó la cuerda a tal punto que se evidenciaba el cambio de piezas en la cartera.

¿Por qué no ocurrió, al menos de momento? El juego del Parlamento y la queja del esquema castrense. En relación a aquel, fueron vitales tanto el presidente de la cámara de Diputados, Rodrigo Maia, como el de Senadores, David Alcolumbre, elementos que fueron trascendentales para que Bolsonaro llegara al poder hace poco más de un año, mediante la coalición de gobierno, pero que ahora ponen a la salud en el centro de la escena, dejando entrever que, si no se siguen los lineamientos sanitarios estipulados por la Organización Mundial de la Salud, el presidente podría ser enjuiciado por "crímenes contra la salud pública".

En paralelo, los militares también intervinieron, pero lejos de la especulación de un golpe de estado, como se rumoreó. Con el general Walter Braga Neto en la jefatura de gabinete, dispuesto por el propio Bolsonaro, se estableció un canal de diálogo para evitar una mayor disgregación, que podría derivar en una crisis política aún más profunda.

Esos dos pilares anularon la iniciativa del presidente de echar a Mandetta, un personaje que, para colmo, en medio de la discordia, ganó un caudal político sin precedentes, con una imagen positiva en la población cercana al 80 por ciento, a distancia del apenas superior al 30 por ciento que ostenta el mandatario, un número que está en picada.

Pero Bolsonaro, si bien frenó su embate, calmando las aguas, no retrocede en su lógica de considerar al Coronavirus como algo menor. Y está convencido que no hay que parar al país, pauta que aprovecha a explayar en cada oportunidad que se le presenta, como por ejemplo la movilización, ya repetida, que sus seguidores hacen hacia diferentes instituciones, como el Palacio de Buriti, en la capital, para remarcar la necesidad de evitar el aislamiento y promover la apertura de la economía.

Y a ellos azuza junto a otro bloque aliado, el sector religioso, con los evangélicos a la cabeza, pues, por caso, previo al domingo de Pascua, y mediante videoconferencia con una serie de líderes de distintas iglesias, resaltó que el Coronavirus "ya se está yendo", en contraposición a lo que sugiere el ministro de Salud, que aclara que el pico de contagios se dará en mayo, en sintonía con los especialistas en la materia en Latinoamérica.

Ese núcleo duro es el que nutre al presidente, que a su vez retroalimenta con todas las negativas que recibe, siempre para fortalecerse. Es que, esa idea que ahora remarca, tras el mazazo del Congreso y los militares, había germinado poco antes ya con el gesto contrario de los gobernadores, quienes, a su vez, fueron respaldados por la Justicia, ya que un gran caudal de jueces federales fueron poniéndole obstáculos al Ejecutivo, con medidas cautelares, para que se cerrara el círculo y se consolidara la cuarentena por sobre la apertura indiscriminada.

¿Hay chances de salida de Bolsonaro? En principio, no, pero su figura está siendo mancillada de forma permanente y no son pocos los que prefieren que dé un paso al costado y sea Hamilton Mourao, el vicepresidente, el que tome las riendas. Pero hay un factor clave que trastoca esa opción: la Constitución nacional de Brasil. El actual Ejecutivo no alcanzó aún los dos años en el Planalto, y si acaso hay renuncia, la variante de su segundo se torna imposible legalmente, ya que se deberá llamar a unas nuevas elecciones, con todo lo que eso implica, dada la convulsión de la última votación, en medio de las idas y vueltas sobre la figura de Lula Da Silva. Esa incertidumbre añade fuego a una ya de por sí caldera en Brasil, donde la pandemia genera uno de los caos más grandes del mundo.

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