Tiene ganas, se le nota. El optimismo está a su lado, es una de sus armas. Quedarse quieto no es parte de su religión. Se entusiasma en la charla y con el idioma gestual intenta que su interlocutor entienda la pasión que siente por trabajar al lado de sus hermanos, de sus vecinos, de sus amigos. No reniega de sus raíces y no se avergüenza de ser villero. 'No me toca la discriminación, porque hay valores y soy villero. Me crié entre tiros, barro, peligros, lluvia, es que el villero tiene una autodefensa particular, especial. Y sigo viviendo en el barrio, sigo siendo Juan de Villa Palito', afirma Juan (42 años), con una dignidad que se le escapa por los poros. 'Palito era mi mundo, el cine era ver una pelea callejera e ir a la cancha representaba ver los campeonatos del barrio. Era una vida de ilusión. Desde chico me levantaba temprano, porque salía con mi madre, que laburaba en limpieza de casas. Tenía cinco años y a las cinco de la mañana me levantaba para ir al jardín de infantes en capital. Tomábamos el 97 en el barrio', asegura sin dolor.