En vísperas de un nuevo aniversario del combate en el Atlántico Sur, ex combatientes del distrito contaron diferentes vivencias. Historias de la defensa de Argentina en un capítulo difícil de cerrar.
El 2 de abril no es una fecha más en el calendario. Representa una página dolorosa de la historia argentina. Allí hay recuerdos, angustia, tristeza, orgullo, aunque seguramente habrá más sensaciones que escapan ahora. A 32 años del conflicto bélico en el Atlántico Sur, aquellos "chicos de la guerra" hoy son hombres que la siguen luchando, que derrochan solidaridad y que cuentan la experiencia a la que fueron empujados. Desde el Centro de Veteranos de Guerra de Las Malvinas de La Matanza, un puñado de hombres sigue atrincherado, pero en busca de vivir, de darle sentido a la existencia y de convertir aquellos días de fuego y terror en enseñanzas y en amor por los demás.

La Matanza tiene 711 veteranos, 34 fallecieron. Todos están allí de una manera u otra, en la calle Yrigoyen, de San Justo. Las historias de aquella época asoman diáfanas pese al paso del tiempo. Carlos Dante Farina (vicepresidente del centro matancero) es técnico aeronáutico, egresado del Colegio Jorge Newbery, de Luzuriaga. Por eso fue destinado al Portaviones 25 de Mayo. "Fue siempre en el mar. Era como una carrera de Fórmula 1. Cada vez que llegaba un avión o un helicóptero hacíamos lo mismo que hacen los equipos de F-1 cuando ingresan a boxes a cambiar cubiertas. Dos nos encargábamos de la recarga de combustible y corríamos 50 metros con unas enormes mangueras. Así en el día pasaban algo así como 60 aviones, entre los Super etendard y A4Q, y helicópteros", cuenta Farina.

Y recuerda: "Sentíamos miedo y estábamos todo el tiempo esperando un ataque inglés. Sentí mucha angustia por dos razones: una por Daniel Enrique Miguel, teniente de corbeta, que chocó con su avión de la Armada, un Aesmacci contra una montaña. Como asistente de aviones, siempre esperabas que tu piloto volviera. Cada vez que salían nos daba un abrazo a todos porque no sabía si volvía".

Antonio Mancuso Tradenta también tenía su vivencia para rememorar. Vecino del barrio San Nicolás, San Justo, perteneció al Grupo de artillería Aerotransportado 4 de Córdoba. "El 23 de abril llegamos a Malvinas y nos apostamos en Saperhill, detrás del aeropuerto", expone y afirma: "Enfrente había un campo minado y nosotros mirábamos con las baterías al revés. Es que inteligencia creía que los ingleses no iban a entrar por el estrecho de San Carlos, entonces hicieron apuntar hacia el otro lado, y encima hicieron minar los campos, pero no había planos. Sólo porque Dios es grande no volamos en pedazos".

Para Antonio, el final de la guerra llegó de una manera insospechada. "El 16 de mayo la varicela me sacó de Malvinas. Era un grano con cuerpo", revela. Pero la historia de Mancuso Tradenta nace en la previa. "El 24 de marzo de 1982 sabía que iba a la guerra, ya que se filtró una información. Ahí me di cuenta que estaba en mi ADN ir a la guerra. Cuando le dije a mi padre que iba a la guerra, me decía que me dejara de joder, que era imposible que este país entrara en un conflicto, porque nada ni nadie estaba preparado. Es que mi viejo sabía mucho de esto, porque él, que nació en Sicilia, estuvo en la segunda guerra mundial y fue enviado en las tropas que Mussolini envió a España para defender a Franco en la guerra civil", destaca.