Experiencias más allá de la muerte se entremezclan con espeluznantes figuras espectrales en algunas casas de salud de Buenos Aires.

Es plena madrugada. En la Unidad Coronaria del Hospital Británico, una enfermera agacha la cabeza y focaliza su mirada en el piso para transitar los aproximadamente quince metros que separan su desk de la habitación en la debe revisar los parámetros de un paciente delicado.

Toma esa previsión para no sobresaltarse por los movimientos de los cortinados de las habitaciones como si alguien que fehacientemente no está, girara cubierto de tela sobre los amplios ventanales de los cuartos.

Lejos de allí, en la Terapia Intensiva del Hospital Rivadavia, una presencia invisible acelera las pulsaciones de otra auxiliar de enfermería que asiste a los médicos en su lucha para rescatar de la muerte a un herido en un accidente de tránsito de la extrema condición en la que se encuentra por las terribles heridas padecidas.

Y en paralelo, en un geriátrico del barrio de Caballito, a pocas cuadras del monumento al Cid Campeador, el enfermero que hace la guardia de la noche escucha a una anciana a la que sus fuerzas la están abandonando, hablar con lucidez en un diálogo unilateral con su madre fallecida en la soledad de su habitación convertida en silente escenario de los que serán sus últimos minutos en esta vida.

Los tres casos son reales y no son los únicos. Un estudio realizado por dos profesionales que ahondaron en este tipo de hechos tan impresionantes como increíbles, revela que al menos el 30 por ciento de los enfermeros de un hospital del sur de la Provincia de Buenos Aires, donde llevaron a cabo una exhaustiva investigación, ha experimentado una situación anómala.

El doctor en Psicología Alejandro Parra y la enfermera hospitalaria Paola Giménez Amarilla, bucearon en una realidad que es moneda corriente en los centros de salud, y le dieron impulso a un relevamiento que lleva por título “Relación entre estrés laboral, alucinación y experiencias anómalas entre profesionales de enfermería”.

El fundamento de la investigación surge de las experiencias suscitadas en hospitales, sanatorios y geriátricos en los que más de un enfermero ha sido testigo privilegiado de alguna de estas anomalías o tiene referencias concretas de las vivencias de otros compañeros de trabajo que asistieron a eventos sorprendentes mientras un paciente se debatía entre la vida y la muerte.

La casuística que enriquece el informe de Parra y Giménez Amarilla determina situaciones tales como apariciones, coincidencias significativas, la visión de campos de energía o luces que salen de los pacientes, comportamiento errático y alocado del instrumental médico, y la intuición precisa de la dolencia que afecta al enfermo o del momento exacto en que un paciente fallecerá, constituyen algunas de las misteriosas manifestaciones que tiene por testigos directos a los enfermeros.

La última hora mata

Pero hay más. Entre la sucesión de fenómenos sobre los que los investigadores avanzaron para establecer vinculaciones entre las anomalías registradas, las posibles alucinaciones y el agotamiento laboral, existen los casos de los relojes de las salas o de los enfermeros que se paralizan a la hora exacta en que muere el paciente al que están tratando.

La nómina de hechos de difícil explicación racional incluye la de los objetos ubicados al lado o delante del enfermo que se debate por su vida y de repente, como impulsados por una fuerza invisible, se caen o hasta incluso se mueven de las mesas o carros de emergencia instalados en los shock rooms, salas de terapia intensiva o habitaciones en los que un paciente entra en estado crítico.

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Otro testimonio habitual de los enfermeros es el que hace mención a los “diálogos” por demás vívidos de pacientes en virtual agonía que entablan con un pariente que obviamente no está, circunstancia que en algunos casos coincidieron con una leve mejoría del enfermo previo a su deceso.

Sin embargo, estos hechos extraordinarios no necesariamente derivan en la muerte. Enfermeras aseguran haber visto la recuperación formidable de un paciente frente a una intervención religiosa o ante la estimulante visita de un familiar querido.

Para la investigación, que contó con el apoyo de la Fundación Bial, de Portugal, y se desarrolló entre diciembre de 2014 y marzo de 20 15 en un hospital bonaerense, por lo que el resultado no es representativo del ámbito hospitalario argentino, Parra y Giménez Amarilla pusieron en práctica la denominada Encuesta de Experiencias Anómalas, consistente en 13 items.

De ese modo obtuvieron los testimonios que les permitieron comparar los datos y arribar a la conclusión que en ese centro asistencial, el 30 por ciento de los enfermeros al menos había vivenciado alguna experiencia de este tipo y que los aportantes de esa información no indicaban “propensión a alucinar”.

También surgió como conclusión del trabajo que puede ser consultado en www.alipsi.com.ar, que los testigos de estas situaciones cuentan con “capacidad para las experiencias perceptuales” y a los cuales “cierto nivel de estrés podría modular” la ocurrencia de tales vivencias.

La mano que mece la cuna

Los autores de la investigación aportan manifestaciones contundentes del personal de enfermería encuestado. Estos fenómenos también suelen tener como fuente privilegiada a los pacientes internados que asisten como espectadores a las diversas anomalías que ocurren en algunos casos a metros suyo.

Uno de los casos es el de una enfermera que hizo referencia a “una mujer de blanco” que más de una vez apareció parada al costado de la cuna de un paciente neonatológico descompensado”. Este hecho que se asocia con otra vivencia por demás singular: “De repente se abrían todas las canillas o se prendían y apagaban las luces de los monitores, como si nos avisaran que un paciente se iba a descompensar”.

La misma enfermera, cuya identidad al igual que la de todos los enfermeros aquí referenciados fue mantenida en reserva, apuntó que “otras veces tuvimos la sensación que algo o alguien estaba presente. Era algo frío que nos recorría el cuerpo” dijo, para cerrar con concepto revelador: “No hay que tener miedo frente a estas situaciones. Hay un más allá o vida después de la muerte”.

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En la misma línea inscribe el aporte de una compañera de tareas de la anterior que aseveró haber sido “testigo de eventos que escapan a mi comprensión como, por ejemplo, oir ruidos extraños, voces, llantos y quejidos provenientes de la nada”.

Parra, referente del Instituto de Psicología Paranormal, y Giménez Amarilla, también licenciada en Psicología, consignan en el estudio un aporte de investigador A .E. Imhof, quien aseveró para una publicación de la Universidad de Yale, Estados Unidos, que "la muerte no se enseña como materia médica y el buen morir no es parte de la currícula médica. Hay una urgente necesidad de enseñar el proceso de la muerte que es ignorado por médicos y enfermeros”.

En lo que respecta a las frecuencias de esas anomalías, entendidas como experiencias infrecuentes que se convierten en una “desviación” de las explicaciones usualmente aceptadas por la realidad frente a un hecho, el estudio arrojó como resultado que con un 30 por ciento la sensación de una presencia invisible es lo que más perciben los enfermeros.

La siguen las experiencias cercanas a la muerte (19%), impensada recuperación del paciente ante la intervención religiosa (18%), ruidos llantos, quejidos y diálogos (17%), intuir el mal que afecta al paciente (13%), funcionamiento anómalo de los equipos (6%), y visión de campos de energía (4%).

Los alcances de la investigación sobre las anomalías aquí apuntadas puede cobrar mayor dimensión si se extiende la base de datos de referencia que permitan medir mejor el fenómeno. Mientras tanto, enfermeros como la de la Unidad Coronaria del Británico, la auxiliar de enfermería del hospital Rivadavia y el “nochero” del geriátrico de Caballito seguirán cumpliendo con la responsabilidad que les asigna su profesión conscientes que detrás de la muerte que enfrentan día a día, sin duda hay algo más.

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