This is the end (Este es el fin), reza la majestuosa canción de The Doors grabada en 1966, a la que ese monstruo sagrado del rock que fue Jim Morrison le puso su voz y su registro desgarrado de angustia existencial. This is the end, parecía sonar en las colinas del campamento argentino después del 1-1 ante Islandia y sobre todo luego de la caída fulminante por 3-0 frente a Croacia.
Eso se veía. El final. La despedida del Mundial. La silueta inconfundible del ocaso. Se veía tanto ese flash no deseado que recién a los 41 minutos del segundo tiempo contra Nigeria la imagen del desconsuelo gigante se hizo pedazos con el derechazo goleador de Marcos Rojo para darle la victoria a la Selección por 2-1, conquistar la clasificación a octavos y enfrentar el sábado a Francia.
Le costó una verdadera enormidad a la Selección llegar a donde llegó. Porque no tuvo juego. No tuvo armonía colectiva para elaborar. Y no tuvo además la indispensable tranquilidad para ir pensando los partidos. Los pensó poco. Y los interpretó sin la cuota de inteligencia imprescindible para elevarse sobre sus propias limitaciones, que casi lo terminan ahogando.
“Tenemos que jugar este partido con el corazón”, había declarado Jorge Sampaoli en la conferencia de prensa anterior al cruce con Nigeria. Quizás leyó el entrenador que el equipo no estaba para brindar otro tipo de respuestas más conceptuales y plenas. Apeló Sampaoli, en definitiva, a las reservas anímicas. O a cierta épica para salir de una situación de gran emergencia y de altísima complejidad.
Y así ganó Argentina. Con el corazón. Con las contadísimas chirolas que le quedaban en los bolsillos. Con lo que tenía mano, aunque ya parecía que no tenía más nada. Con eso que no aparentaba ser suficiente, se abrazó a un triunfo tan valioso que seguramente no podrá medirse desde otro escenario que no sea el territorio de la emotividad.
Porque en ese territorio se desarrolló el encuentro. Desde el arranque hasta el cierre, espiando lo que pasaba entre Croacia e Islandia. Lo fundamental es que tenía que ganar Argentina. Y se le hizo demasiado cuesta arriba, a pesar del golazo que clavó Messi a los 14 minutos del primer tiempo después de una pelota profunda y precisa de Banega.
La sensación que prevaleció es que nunca estuvo nada bajo control. Un detalle podía derrumbar todo. Y el detalle fue el penal de la igualdad en el amanecer del complemento. Se desvanecía Argentina. Messi no era el de la primera parte. No era tan influyente. A Higuaín le rebotaba todo lo que le tiraran. Di María se equivocaba muchísimo más de lo que acertaba. Enzo Pérez no tenía aire para el ida y vuelta. Mascherano trasladaba pero no encontraba ningún espacio.
Era el paisaje que había naturalizado la Selección durante el Mundial. Un equipo previsible. Sin ingenio. Sin imaginación. Sin vuelo ofensivo para desequilibrar a rivales que lo esperaron en los últimos 35 metros de la cancha, aguardando la posibilidad de victimizarlo de contraataque. Casi se queda Nigeria con el paquete completo en un par de llegadas que preanunciaban el desenlace. Y se aferró al empate para jugar los octavos.
No le alcanzó a Nigeria. Y no le alcanzaba tampoco a Argentina. Que iba casi sin recursos. Casi sin chances concretas, más allá del zurdazo muy fulero de Higuaín que le pegó mal y la mandó a Siberia. ¿Qué quedaba? La quiniela futbolística. Algún rebote. Algún error adversario. Algunos fantasmas que entren a la cancha para darle a la Selección el gol que reclamaba con angustia y desesperación.
Y el gol llegó con un protagonista inesperado. Con Rojo capitalizando un centro estupendo de Mercado para entrarle con la cara interna del pie derecho y colocarla al palo izquierdo. Faltaban 4 minutos y otros 4 de descuento. Pero el partido había terminado. La Selección ganó algo más que una clasificación a octavos. Siguió con vida cuando ya la habían esquilmado. Cuando ya estaba escrito su epitafio. Cuando no parecía existir otro horizonte que no fuera el regreso. Y el escarnio público.
This is the end (Este es el final), reza aquella canción de The Doors que inmortalizó Jim Morrison. Pero aquel final tuvo en Rusia otro final. El corazón de la Selección continúa latiendo. Y esta realidad, más allá de todas las circunstancias, siempre permite construir alguna pequeña ilusión.