Enfocado por el ambiente como un personaje del fútbol, propio de la Argentina sumergida, el jugador de Racing que está a préstamo en Vélez, suele encontrarse con descalificaciones que no son otra cosa que un segregacionismo cultural muy presente en algunos sectores de la sociedad

El media punta que por ahora está en Vélez (pero cuyo pase es de Racing), Ricardo Centurión, no siempre es una víctima de la discriminación inocultable que existe en la Argentina. No en pocas ocasiones, Centurión se ha expuesto a situaciones conflictivas adentro y afuera de la cancha que lo dejaron mal parado frente a las miradas de la sociedad que consume fútbol o que incluso está alejada del fenómeno del fútbol.

Las permanentes idas y vueltas de Centurión durante su carrera, planteando que se siente bien jugando con la camiseta que viste y al instante plantear que le gustaría encontrar otro destino profesional, como por ejemplo Boca, vienen revelando una de sus facetas desafortunadas y vulnerables. Es no poder hallar un espacio y un lugar para desarrollar, sin problemas insuperables, su vocación de jugador de fútbol. Ese vacío existencial que parece experimentar lo acerca a cometer errores estratégicos muy difíciles de bloquear.

Por otro lado, es innegable que Centurión (como tantas otras personas con orígenes parecidos pero integradas al universo del anonimato) suele ser estigmatizado como un personaje al que es mejor perderlo que encontrarlo.

Algo de todo esto dijo Centurión en una reciente entrevista que concedió en un canal deportivo: “A veces no tenían cosas para vender y yo vendía un poquito mucho. Caía una cagada mía y se armaban un programa entero y eso se consumía, total yo era el malo de la película. Muchos se la agarraron conmigo”.

Y explicó que en una oportunidad (hace referencia directa a Alejandro Fantino), tras un confuso episodio en un boliche en el 2017 que precipìtó su salida de Boca, “me mató, me tiró al piso y me cagó a patadas entre ocho y me dijo negro cabeza de tacho, me dijo de todo. Yo después leí la nota y me puse a llorar en mi casa. Yo tenía que haber ido y agarrarlo a trompadas”.

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El presidente de San Martín de Tucumán, al banquillo

Más allá de los nombres propios que Centurión en tono de confesión dolorosa pueda identificar, lo que queda por encima de la circunstancias es el clima reaccionario y violento que trasciende con holgura al jugador de Vélez. Centurión tiene micrófonos y cámaras que reproducen su imagen y su palabra. Y es muy probable que exprese lo que otros no están en condiciones de expresar.

El fútbol, como “el gran alcahuete de la aldea global”, como señalaba ese extraordinario jugador y gran tipo que fue Roberto Perfumo, replica testimonios y conductas ya incorporadas por los sectores intoxicados de la sociedad. Centurión, naturalmente, no las descubrió ahora. Estuvieron siempre caminando al lado de cada uno de nosotros. El las pone en foco. Las da a conocer de primera mano. Las padeció antes. Las padece ahora. Sus errores, que los cometió, forman parte de otros eslabones. Y de responsabilidades propias que son intransferibles.

Los perfiles sociales de Centurión provocan en variadas audiencias este tipo de manifestaciones siempre despreciables. Se lo culpa de lo que hizo mal, pero sumándole además descalificaciones y vulgaridades que van mucho más allá del error cometido.

Este segregacionismo cultural que Frei Betto (fraile brasileño, intérprete muy influyente de la Teología de la liberación), concibe que “impregna el instinto” ya que “la reacción ante lo distinto es impulsiva e irracional”, ubica a Centurión en el rol de una víctima perfecta.

Lo que diga o haga será analizado por el ambiente desde un juicio de valor capturado por la discriminación. Por lo tanto, sin ningún relieve intelectual valioso. En definitiva, palabras y opiniones contaminadas que definen al que las pronuncia.

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