El diseño y la implementación de las políticas deben estar orientadas también por un conocimiento que comprenda cómo las personas piensan, se comportan y actúan en la realidad

Traigamos a cuenta una situación que puede suceder en algún despacho de gobierno: el decisor político reúne a sus asesores para plantear la implementación de una política pública específica como, por ejemplo, el aumento de una tasa para la realización de una obra de infraestructura o una campaña de alimentación saludable.

Esta decisión estará marcada por el impacto (bueno, malo, nulo o alto) que tenga en la sociedad. Es por eso que, además de las capacidades técnicas y las intuiciones de las áreas de gobierno pertinentes, el diseño y la implementación de las políticas deben estar orientadas también por un conocimiento que comprenda cómo las personas piensan, se comportan y actúan en la realidad.

Las ciencias del comportamiento proponen los conceptos de “empujoncitos” (nudges) y de “arquitectura de alternativas” (choice architecture) para promover decisiones que favorecen cierto tipo de conductas. Estos “empujoncitos” consisten en pequeños trucos que ayudan a nuestro cerebro a tomar mejores decisiones. Se trata de microintervenciones en el diseño y la implementación de las políticas públicas que consideran cómo actúan las personas.

Por ejemplo, el modo en que están dispuestos los alimentos en las góndolas de un supermercado o en el mostrador de un bar puede hacer que elijamos opciones más saludables por encontrarlas de modo más accesibles; el tamaño de los envases de alimentos puede influir en que comamos mayor o menor cantidad, independientemente del hambre que tengamos; el modo en que está diseñado un formulario influye en que lo completemos en forma adecuada. Actúan como un GPS, que nos orienta en el camino, pero no nos obliga a tomarlo.

Es fundamental conocer el contexto en el que viven las personas a la hora de pensar políticas. Aquello que pudo haber funcionado en un tiempo y lugar, puede no ser efectivo en otros. Por eso, las políticas no deben pensarse para un ideal de población o según cómo se considera que se debiera actuar, sino que deben ser diseñadas para las personas reales, en sus contextos particulares. Se debe prestar especial atención al entorno sociocultural antes de imitar o escalar intervenciones, por muy eficaces que hayan resultado en otros lugares. Para ello, el monitoreo y la evaluación de las políticas es esencial y retroalimenta, a su vez, el trabajo de los científicos.

Las neurociencias y las ciencias del comportamiento pueden ayudar a diseñar mejores políticas públicas y, en particular, políticas sociales. Se trata de sumar evidencia científica a ese proceso que sucede cotidianamente entre quienes deben tomar decisiones de impacto sobre la sociedad. Para que al fin de cuentas la política pueda ser, más y mejor, el arte de lo posible.

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