Presentada por la locutora del acto como "presidenta de la Nación", Cristina Fernández baja línea cada vez más claramente, sin dejar espacio para dudas.

Un número encendió las luces de alarma: 12.936. Fueron los casos de Covid-19 difundidos el viernes pasado, y el fuerte contraste respecto de los días anteriores -veníamos promediando unos 7.000 casos diarios, a veces menos- llevó a muchos a preguntarse si la tan temida segunda ola ya está aquí.

Fuentes de Salud consultadas relativizaron luego que la magnitud de esa cifra debiera generar semejantes temores. Un detalle alcanza para poner las cosas en su justo lugar: el viernes hubo el doble de testeos que el día anterior. Y en rigor de verdad, la proporción de casos fue inferior al jueves. Conclusión: la segunda ola llegará, pero aún no.

Hasta podría llegar a inferirse que la elevada cifra difundida haya buscado dar un golpe de efecto para mellar el exceso de confianza que representa el peligro más concreto para un rebrote. Como sea, también deja expuesta una realidad que es la de que el nivel de testeos dejó mucho que desear a lo largo de toda la pandemia. Así como hoy el número de vacunas es muy exiguo, siempre sucedió lo mismo con la cantidad de testeos. Y además, siempre fue muy irregular el número de muestras tomadas, de modo tal de dificultar las previsiones.

Los especialistas son bien concretos al señalar cómo debería seguir la película: vacunar y testear son las acciones en las que no se debe ceder. Y en las dos, la mora oficial es notoria.

Altas fuentes consultadas por este medio advirtieron que la segunda ola será una realidad. La viven incluso nuestros vecinos trasandinos, cuyo plan de vacunación está muchísimo más desarrollado que el nuestro, y así y todo tienen un fuerte rebrote. La argumentación oficial allí es que solo tienen que hacer "un esfuerzo más" y que a fines de abril la situación estará definitivamente controlada. Por eso es que se habla en Chile de cerrar todo dos semanas.

"Acá será peor que el año pasado", graficó la fuente consultada, sin clarificar su grado de certeza. Alertó sobre la llegada del invierno, lamentó que el clima veraniego no se hubiera extendido un poco más, pero aclaró que a pesar de los malos presagios no hay ninguna posibilidad de volver a la fase 1.

"Ese tren ya pasó", dijo con una mezcla de tranquilidad y resignación. Porque si bien la certeza de no volver a una cuarentena estricta brinda un justificado sosiego en materia económica, es verdad que el ASPO XL generó un hartazgo capaz de no poder volver a aplicarlo así las circunstancias lo ameriten. El ejemplo justo es Formosa, una sociedad dócil que estalló por el abuso de medidas extremas. "No hay peor orden que la que no se cumple", es una regla que debe tener en cuenta sobre todo un gobierno cuya autoridad real viene siendo puesta en tela de juicio.

Quien más hace en ese sentido es la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, que a mitad de semana dio un discurso público que excedió el motivo de la convocatoria, que era la conmemoración del 24 de marzo. Como de costumbre, el mensaje de la expresidenta generó tanta expectativa como análisis.

Más allá de las consabidas críticas a Mauricio Macri, el dato saliente fue el mensaje al Fondo Monetario Internacional en plena negociación con ese organismo. Justo cuando el ministro de Economía se encontraba en Washington, realizando negociaciones directas con ese organismo, CFK le advirtió que la Argentina no tiene plata para pagar la deuda, y aunque aclaró que eso no quería decir que no vayamos a pagar, reclamó una baja de tasas y extensos plazos para pagar. La respuesta (negativa) la dio el propio FMI al día siguiente a través de un comunicado.

La vicepresidenta no hizo más que ratificar su postura contraria a alcanzar un acuerdo con el Fondo antes de las elecciones. Contrariamente a los deseos de su compañero de fórmula y lo que Martín Guzmán se había propuesto, Cristina Kirchner quiere llegar a las elecciones sin el lastre de un acuerdo que implique ajuste. Ya se sabe que el plan más concreto del gobierno nacional es "ganar las elecciones". Es la obsesión de la presidenta del Senado, que debe tener bien presente que desde que llegó a la presidencia en 2007, perdió todas las elecciones intermedias.

Mientras Cristina le hablaba al Fondo Monetario, el presidente lo hacía por videoconferencia con David Malpass, el titular del Banco Mundial, prometiéndole que nuestro país va a "honrar sus deudas". Ex subsecretario de Asuntos Internacionales del Tesoro de Estados Unidos en tiempos de Trump, cuando esa administración hizo su aporte para que el FMI le otorgara al gobierno de Macri el fuerte préstamo que ahora está en discusión, el norteamericano reclamó al gobierno reducir los subsidios "regresivos" a la energía. Recordemos que el de las tarifas es otro de los temas en los que la vicepresidenta ha sido clara: no deben aumentar dos dígitos.

Cristina Fernández habló de todo en su discurso en Las Flores, menos del presidente, al que ni nombró. Y de yapa, la comidilla del día la dio la locutora oficial que cerró el acto saludando a la "señora presidenta de la Nación". Curioso blooper, sobre todo teniendo en cuenta que los locutores suelen tener todo escrito previamente de modo tal de no cometer errores.

Más allá de los preconceptos oficiales respecto del Fondo Monetario, el organismo confirmó esta semana una buena noticia para la Argentina: le otorgará a nuestro país 4.354 millones de dólares en concepto de Derechos Especiales de Giro. Es una parte de los 650 mil millones de dólares que el FMI distribuirá entre los países miembros para enfrentar en mejores condiciones los efectos de la pandemia e impulsar la recuperación tras semejante flagelo.

Ese dinero representará un alivio para las arcas argentinas, pues permitirá robustecer las reservas y afrontar en mejores condiciones los vencimientos de la deuda para este año. Tal vez alcance, especulan los economistas, para pagar vencimientos y poder dilatar así el acuerdo hasta pasados los comicios. El plan A, podría decirse.

Luego de una semana en la que la política judicial pareció "cristinizarse", al designar Alberto Fernández a un nombre del gusto de su vice, pareció ser el turno de la política exterior. El 24 de marzo el gobierno argentino anunció la decisión de retirarse del Grupo de Lima, medida con la que siempre se especuló y recién ahora se concretó, en discordancia con la dureza de ese organismo respecto de Venezuela. Un verdadero guiño del gobierno argentino hacia la administración de Nicolás Maduro.

Dos días después el gobierno de Alberto Fernández pareció remedar al de su vice durante el prolongado diferendo con Uruguay por las pasteras, cuando confrontó directamente con el presidente Luis Lacalle Pou. Inesperadamente, lo que debió haber sido una celebración de los presidentes de los países que conforman el Mercosur, al cumplirse 30 años de su creación, tuvo un pico de tensión que dejó al organismo regional en terapia intensiva.

Fue al advertir el presidente argentino que "si nos hemos convertido en una carga, lo lamento. La verdad que no queríamos ser una carga para nadie; una carga es algo que hace que a uno lo tiren de un barco y lo más fácil es bajarse del barco si es que esa carga pesa mucho. No queremos ser lastre de nadie; si somos un lastre, que tomen otro barco, pero lastre no somos de nadie".

Ya el encuentro venía mal barajado a partir de que en su condición de presidente pro témpore Alberto Fernández transformó en virtual la reunión de presidentes que originalmente iba a ser presencial. Ya el brasileño Jair Bolsonaro había confirmado su asistencia al que sería el primer encuentro con su par argentino -es una situación del todo inédita que los presidentes de ambos países no se hayan visto cara a cara en tanto tiempo-; tal vez eso haya sido lo que inclinó a Fernández a retrotraer las condiciones de la cumbre.

El presidente uruguayo lo reprochó también durante su intervención, al señalar que no es lo mismo mirarse a los ojos que hablar a través de una pantalla. Habló de las limitaciones que exponen las reuniones virtuales, inclinándose por volver a las reuniones formales.

Por la tarde, en un encuentro organizado en la Cámara de Diputados para celebrar los 30 años del Mercosur, que no tuvo la tensión de la reunión de la mañana, el ex canciller Jorge Faurie -uno de los expositores- coincidió con esa visión, al sugerir que se requiere "más negociación y más diálogo". Y que el mismo no puede seguir siendo virtual. Una condición que a muchos parece haber enamorado, como en su momento pareció suceder con la cuarentena.

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