Mientras los hechos van revelando algunas confirmaciones, se aproxima la hora de definiciones sobre el equipo que acompañará a un Alberto Fernández que insiste en mostrarse próximo a su compañera de fórmula en el plano internacional. Los cabos sueltos incluyen los bloques en el Congreso

No insistieron con el emblemático "vamos a volver", entonado desde tiempos en que sonaba hipotético hasta para quienes lo cantaban. Ahora no hace falta, pues ya es una realidad. Pero no podía faltar la Marcha Peronista, cuando en la Asamblea Legislativa celebrada el miércoles pasado se consagró el triunfo de la fórmula de los Fernández. En un tono festivo previsible y justificado, las bancadas que ahora juntas conforman el Frente de Todos vociferaron con fuerza las estrofas que ya no se escuchaban en ese ámbito en el que en pocas semanas volverán a colmarse los palcos con militantes, costumbre erradicada en tiempos de Cambiemos.

Y cada vez que los diputados peronistas parecían terminar de cantar la Marchita, la reanudaban, ante la mirada sonriente y resignada de sus pares oficialistas, y los intentos condescendientes de la vicepresidente Gabriela Michetti, que hasta divertida intentaba retomar la asamblea. La Marcha siguió, con el agregado al final de un párrafo nuevo: "Resistimos en los 90 / volvimos en 2003 / junto a Néstor y Cristina, la gloriosa JP".

A la derecha de Michetti contemplaba la escena Emilio Monzó, que con una imperceptible sonrisa tal vez haya recordado en ese momento cuando en junio pasado sorprendió a los invitados al almuerzo con el que el ala peronista del PRO dio la bienvenida al oficialismo a Miguel Pichetto, poniendo sobre la mesa un parlante portátil desde el cual se escuchó la Marchita entonada por Hugo del Carril. Pareció una apertura tardía de Cambiemos a la propuesta del jefe de la Cámara de Diputados de ampliar el espacio, que al final quedó a medias. El propio Monzó acusó el impacto final días después al quedar su gente fuera de las listas bonaerenses.

Entre los más efusivos durante los festejos en esa Asamblea Legislativa se lo vio a Agustín Rossi, jefe del bloque FpV-PJ, cuyo nombre apareció esa misma noche como posible futuro ministro de Defensa. Toda una sorpresa, pues se daba por sentado que el santafesino encabezaría el interbloque oficialista del Frente de Todos, y a partir de ese trascendido se dispararon múltiples especulaciones sobre el eventual jefe del interbloque si "el Chivo" se va. Tampoco sorprendería mucho su salida, habida cuenta de su "no relación" con Sergio Massa, futuro sucesor de Monzó al frente de la Cámara.

No hay números puestos para reemplazarlo si se va; suena un nombre que ya fue meneado incluso para la presidencia de la Cámara: el de Máximo Kirchner. ¿Será sino Cristina Alvarez Rodríguez? ¿O tal vez José Luis Gioja, mencionado por otros para ocupar la presidencia de la Cámara? Lo cierto es que lo de Rossi parecería ir en serio, y de ser real sería la excepción al precepto de Alberto Fernández de no repetir en los ministerios nombres que ya estuvieron.

Como sea, habrá interbloque en la Cámara baja, presidido por Agustín Rossi o quien lo suceda; pero en el Senado no hay acuerdo. Afloraron viejas cuentas con Cristina Kirchner, que justamente va a presidir el cuerpo, y el bloque que responde a los gobernadores no quiere ser conducido por alguien designado por la exmandataria. La elegida sería Anabel Fernández Sagasti, de La Cámpora y fallida candidata a gobernadora de Mendoza; una senadora muy capaz y de las dirigentes mejor ponderadas por CFK. Ya había sonado la mendocina como presidenta provisional del Senado, pero su jefa la quiere en otro rol: conduciendo el bloque FpV (16 senadores) y el interbloque Frente de Todos (39). Aspiraba a hacerlo el sucesor de Miguel Pichetto al frente del bloque Justicialista (12 senadores), el cordobés Carlos Caserio. Le habrían ofrecido la presidencia provisional, pero prefiere seguir donde están y su sector se negaría a formar parte del interbloque si es presidido por alguien digitado por Cristina. Así podría darse el caso de que tanto en Diputados, como en el Senado, el Frente de Todos no vaya a ser siquiera primera minoría. No es grave para el futuro oficialismo, que contará igual con los votos de todos y le alcanzará para el quórum y las leyes.

Si bien van filtrándose nombres supuestos para el futuro gobierno, se estima que la lista definitiva se conocerá a más tardar el 26 de noviembre. Lo que no han trascendido son las medidas concretas que vayan a tomarse en materia económica, el problema más serio que deberá encarar el nuevo gobierno inmediatamente después de asumido. El presidente electo matiza el tiempo de espera hasta su asunción con señales destinadas fundamentalmente a su masa crítica. En materia internacional, en un momento de convulsión generalizada en la región, Alberto Fernández ha adoptado conductas que contentan a un sector importante de sus votantes, sobre todo al kirchnerismo duro, pero que distan de la imagen moderada que se intentó mostrar durante una buena parte de la campaña.

El intento de rearmar un eje de centroizquierda en la región se da de bruces con una realidad en la que ahora solo están México, que tiene una relación intensa y pragmática con Estados Unidos; Uruguay, donde el Frente Amplio podría perder el balotaje el domingo que viene, y adonde el presidente electo fue en un viaje relámpago a apoyar al candidato oficialista; y Venezuela, que tantas contradicciones genera en el próximo oficialismo.

A propósito de la inusual injerencia del futuro presidente argentino en el vecino Uruguay, puede que esa costumbre la tome de su admirado Néstor Kirchner, que en 1988, cuando era apenas intendente de Río Gallegos, fletó micros a Santiago para que cientos de chilenos residentes en Argentina pudieran votar masivamente en el plebiscito convocado por Augusto Pinochet para intentar perpetuarse en el poder.

El perfil diferenciado respecto de la gestión actual en materia internacional por parte de Alberto Fernández tuvo puntos extremos los últimos días, al escalar el distanciamiento con Jair Bolsonaro por su postura tan remarcada ante la liberación de Lula, por un lado, y con la fuerte declaración dirigida a Donald Trump. Luego de que Washington celebrara la renuncia de Evo Morales a través de un comunicado, el presidente electo jugó fuerte al declarar que "Estados Unidos volvió a las peores épocas de los años 70, avalando intervenciones militares contra gobiernos populares elegidos democráticamente".

Le convendría moderar sus reacciones: Trump es un hombre con el que indefectiblemente el gobierno argentino debe llevarse bien, pues su palabra es clave en el Fondo Monetario. Con posibilidades ciertas de ser reelecto el año que viene, Fernández deberá convivir con Trump probablemente todo su primer mandato y aun parte de un segundo. Con sus reacciones, pareciera privilegiar Alberto Fernández la relación con su compañera de fórmula, y en ese marco parece sobreactuar las posturas.

Es algo que le viene resultando inconveniente desde que en plena campaña aseguró que "Cristina y yo somos lo mismo". No son pocos los que le atribuyen a esa frase parte del repunte de Mauricio Macri en octubre, cuando recortó a la mitad la diferencia de agosto.

El presidente electo ha dado otras señales, como cuando el jueves apareció en la presentación de un libro sobre el aborto, en un acto celebrado en uno de los salones de la Facultad de Derecho de la UBA. Recién llegado de Uruguay, Alberto Fernández ratificó su postura favorable al aborto legal, lo que anticipa que el tema volverá a ser debatido el año que viene en el Congreso. También le sirve para sus votantes… aunque no le asiste al tema ninguna posibilidad de aprobación: según un estudio hecho por el sitio especializado parlamentario.com, un proyecto en ese sentido cosecharía en el Senado el mismo rechazo que en 2018.

Al día siguiente Alberto Fernández encabezó la primera reunión de trabajo del Consejo Federal Argentino contra el Hambre. La ocasión le sirvió para reunir a figuras tan disímiles como Marcelo Tinelli, Estela de Carlotto, Narda Lepes y Roberto Baradel. El Consejo es tan diverso como el Frente de Todos, y su objetivo demasiado ambicioso -que le pregunten sino a Macri-. Pero le sirve al futuro presidente para generar un compromiso masivo de todos los sectores para un fin tan preciado. Más allá de los resultados, no le pasará a Fernández como a su antecesor, que pidió ser evaluado al final de su mandato por la manera como pudo reducir el hambre. El en cambio involucra en un tema tan complicado a un conglomerado de actores sociales que mezcla a la CGT y la CTA con empresarios y movimientos sociales.

Esos eventos sirven también para matizar la espera para conocer finalmente cuál será el futuro plan económico. Algo de lo que por cierto careció la actual administración.

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