Esa percepción, muchas veces alejada de la realidad económica de quienes cobran jubilaciones mínimas o ingresos ajustados, alimenta buena parte de estos delitos. Los investigadores señalan que numerosos asaltantes irrumpen convencidos de que encontrarán dólares, dinero guardado o joyas, aun cuando las víctimas insisten en que no poseen bienes de valor.
Las pesquisas realizadas en distintos expedientes también muestran que muchos de estos robos son precedidos por tareas de observación. Los delincuentes estudian movimientos, horarios y características de las viviendas antes de actuar. En algunos casos siguen a las víctimas después de una visita al banco; en otros identifican domicilios ocupados por personas mayores y aprovechan momentos de baja circulación en la zona.
Las modalidades utilizadas para concretar los ataques son variadas. A las tradicionales entraderas se suman engaños telefónicos conocidos como "cuento del tío", falsos operarios de empresas de servicios, supuestos empleados bancarios y personas que se presentan como policías para lograr acceso a las viviendas. Aunque los mecanismos cambian, el objetivo suele ser el mismo: apropiarse de dinero, dólares, joyas o documentación.
Los adultos mayores son una de las principales víctimas de los delincuentes.
Fuentes judiciales consultadas por Popular advirtieron además sobre una importante subdenuncia. Muchas víctimas no realizan presentaciones formales por miedo, vergüenza o desconfianza respecto de los resultados de la investigación. Esa situación dificulta establecer estadísticas completas y conocer con precisión la verdadera dimensión del problema.
Más allá de las pérdidas económicas, especialistas destacan que las consecuencias suelen extenderse mucho tiempo después del robo. El temor a permanecer solos, las alteraciones del sueño, la sensación de inseguridad permanente y la pérdida de autonomía aparecen con frecuencia entre los adultos mayores que atravesaron este tipo de experiencias violentas. Mientras avanza la investigación por el asalto ocurrido en Villa Luzuriaga, el caso vuelve a mostrar una realidad que se repite en distintos puntos del AMBA: jubilados que se transforman en víctimas de delincuentes que buscan aprovechar su vulnerabilidad para ingresar a sus hogares y apoderarse de sus pertenencias.