El chiste irónico es mundialmente conocido: los peronistas festejan el Día de la Lealtad, porque viven traicionando los restantes 364 días del año. A la hora de la realpolitik eso es relativo: traiciona al que le conviene y puede, no el que quiere (como si fuese una práctica deportiva). En todo caso la historia universal está repleta de casos de traición en función de la búsqueda de mayor poder y consolidación de liderazgos indiscutibles. Por eso también hay muchos amateurs en la política que sacan los cálculos equivocados: no traicionan por astutos, sino por torpes.

La Argentina está pasando por un momento político tan particular que hará que el acto central del 17 de octubre sea virtual, y no para reafirmar la lealtad con su líder indiscutido, sino para sostener a un presidente discutido. Discutido por su manejo político y los resultados económicos y sanitarios, no por su legitimidad. La líder indiscutida no necesita actos de lealtad, ni de reafirmación. Para ella cada segundo es un 17 de octubre: mide a su tropa de manera permanente. Como si cada cuadro político estuviese conectado a una app de medición de lealtad que le transmite información a la jefa. Nada se le escapa.

Ella tampoco necesita un 17 de octubre, porque nunca creyó mucho en la liturgia peronista. Sintoniza con otros códigos, más del siglo XXI. Pero además, tampoco nunca le gustaron los actores políticos del día de la lealtad: el sindicalismo peronista más ortodoxo. En alguna oportunidad se refirió a “los muchachos” –terminología de Juan Domingo Perón- como “la columna vertebral de no sé qué cosa”. Por eso nunca se prestó para asados con los muchachos, ni con los barones territoriales. Ella cree que hay otra realidad social, más heterogénea, y que hay los tradicionalistas se tienen que bancar a cuanto colectivo social que reclama derechos ande dando vuelta.

Por eso ella no necesita ni quiere un 17 de octubre: porque las coordenadas socioculturales se están corriendo a una gran velocidad hacia otra parte. En la política contemporánea no se sacan conclusiones sobre las relacione de poder por la capacidad de movilización estructurada, a la que siempre estuvo acostumbrado el peronismo del siglo XX. Al modificarse el modelo top – down en todos los ámbitos de la vida, toda corporación fue perdiendo su capacidad de veto. Por todos esos factores CFK sigue siendo lo que es.

Eso trae a colación una cuestión muy meneada en estas últimas semanas: “si ella manda, él ¿por qué no se rebela? Al final, en el peronismo siempre manda uno, y el que llega a la presidencia se deshace de su progenitor”. Ahí es donde empiezan las fallas lógicas. Veamos por qué eso no sucedió (y es muy poco probable que suceda):

  • Él fue llamado por su rol de denominador común, no para ser el accionista mayoritario de la sociedad. Ergo, tendría que tener mucha vocación y poder para cambiar ese rol.
  • Él no tiene vocación de líder, sino de administrador del conflicto. La diferencia es enorme porque requiere otras habilidades.
  • El poder mayoritario es de Cristina y él hizo un acuerdo con ella sabiendo de qué se trataba lo que se venía.
  • El contexto nacional e internacional no da para una ruptura política que traería consecuencias mayúsculas de todo tipo. El país está en el medio de una negociación clave con el FMI y es una paciente en terapia intensiva, tanto desde lo económico, como desde lo sanitario.
  • Cristina no puede gobernar sin Alberto, pero Alberto no puede gobernar sin Cristina. Es una característica que está en la matriz del Frente de Todos.

Este Día de la Lealtad, será el de unos sectores a un referente para que no flaquee frente a quién tiene el poder mayor. Raro para el peronismo. Raro para la Argentina.

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