Cristóbal Colón, aquel misterioso navegante que ostentó el título de Almirante de la Mar Océana, murió hace 504 años en la ciudad española de Valladolid, sin saber que había protagonizado un descubrimiento revolucionario... Había encontrado un Nuevo Mundo.
Genovés, veneciano, portugués, gallego, corso, catalán o mallorquín, los científicos siguen intentando en este Siglo XXI determinar con certeza el lugar de nacimiento de Cristóbal Colón.
Según la mayoría de los historiadores, Cristóbal Colón, uno de los cinco hijos de un matrimonio de tejedores, Doménico Colombo y Susana Fontanarrosa, nació en Génova en 1451. Desde su adolescencia abrazó la vocación de marinero, que a los 19 años recorría el mar Mediterráneo, Inglaterra y Portugal, cuando florecía el tráfico de esclavos.
Afirman que nunca escribió en italiano pero sí en castellano, lengua que también hablaba con lusitanismos y catalanismos. En su juventud aprendería un latín rudimentario, útil sin embargo para devorar libros y subrayar los párrafos que le interesaban, como los del matemático florentino Paolo dal Pozzo Toscanelli, de quien recogió datos que había transmitido Marco Polo sobre el Cipango (actual Japón) y las tierras del Gran Khan.
LA GRAN AVENTURA
Apasionado, contradictorio por su credulidad y racionalidad al mismo tiempo, medieval pero moderno, Cristóbal Colón fue un aventurero del mar, que, no obstante, supo armarse de paciencia y esperó más de 10 años hasta conseguir financiación y apoyo para llevar a cabo su proyecto.
Colón sostenía que podía alcanzarse el lejano Oriente (las Indias) viajando hacia el Oeste, y que era posible realizar el viaje por mar con posibilidades de éxito, pese a sus cálculos erróneos sobre las distancias.
Hay quienes sostienen también que Colón sabía más de lo que decía sobre la existencia de tierras al otro lado del océano. Antes de lanzarse a tamaña aventura mientras arreciaban piratas, corsarios y naufragios, Colón se estableció en la isla portuguesa de Madeira, en Porto Santo, donde se casó con Felipa Moniz de Perestrello, hija del primer gobernador local, con quien tuvo a su primogénito Diego.
Fallecida su esposa en 1485, Colón se trasladó cerca del Puerto de Palos, donde fue recibido por los franciscanos del convento de La Rábida y obtuvo el respaldo del ex confesor de la reina Isabel, fray Juan Pérez, figura clave en las negociaciones para convencer a la corona de su prometedor proyecto.
Mientras esperaba la decisión de los monarcas, reticentes porque al parecer la ambición de Colón era desmesurada, conoció a Beatriz Enríquez de Arana, una joven de origen humilde, con quien tuvo su segundo hijo, Hernando, nacido el 15 de agosto de 1488, hecho que lo llevó a pintar mapas y vender libros con estampas para ganarse la vida.
Tras sus infructuosos intentos ante la corona portuguesa e inglesa, fueron Fernando e Isabel la Católica, por entonces reyes de Castilla y Aragón, quienes respaldaron la aventura, pero sobre todo la joven soberana.
El 17 de abril de 1492 firmaron las llamadas Capitulaciones de Santa Fe, una especie de contrato que otorgaba a Colón el título de Almirante de la Mar Océana, pero que también alimenta el misterio sobre lo que Colón conocía o no acerca de las tierras que descubriría. De ahí que algunos investigadores se pregunten si hubo un “predescubrimiento”.
¿ESTABA PREDESTINADO?
Otros defienden la idea de que Colón se creía predestinado, heredero de algo trascendental y milagroso e instrumento de la providencia, que lo convirtió en protagonista de un descubrimiento revolucionario, del cual, sin embargo, nunca jamás se enteraría.
Después de navegar, poco más de dos meses, el 12 de octubre de 1492, a bordo de la nave Santa María y de las carabelas La Pinta y La Niña, Colón y sus tripulantes a punto de rebelarse una vez más porque nunca alcanzaban tierra firme, llegaban al archipiélago de las Bahamas.
Tres viajes más seguirían mientras se deterioraba la imagen de Cristóbal Colón ante la corona, acusado de abusos y de mala gestión. Dos años después del cuarto viaje, Colón moría casi en el olvido, el 20 de mayo de 1506, sin que pudiera deshacerse de la polémica, aún en el más allá.
Los científicos todavía intentan determinar si sus restos reposan en la catedral de la ciudad andaluza de Sevilla o en el Faro de Colón, en República Dominicana.