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Historias de vida
16 | 10 | 2016
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Para Mario Lozano, cortar el pelo es todo un arte

Pablo Quirós
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Por Pablo Quirós


Desde su local a dos cuadras del Congreso, Mario Lozano intenta ofrecerle a sus clientes no sólo un buen corte de pelo sino también hacerles pasar un buen momento, entre buena música y un marco donde el arte es una forma de comunicarse.

Para Mario Lozano, cortar el pelo es todo un arte
Foto:

Hay profesiones que se transmiten entre generaciones, como si la herencia genética también incluyera el desarrollo y el deseo por mantener una actividad que vimos en nuestros padres y nos marcó desde chicos. Esta historia es la que podría definir la huella que definió don Ernesto Lozano, y que siguió su hijo Mario que, al igual que su hermano, continuaron con la saga familiar, aunque con una impronta distintiva, en la cual el arte y la música tienen mucho que ver.

"Toda la vida tiene música hoy", es el título de una canción de Luis Alberto Spinetta de los años '70. Y Mario, que siempre se sintió atraído por la obra de este artista fundamental de nuestro rock, siguió ese postulado como esencial en cada aspecto de su actividad como especialista "en corte de pelo", más allá de la sofisticación en el cuidado estético.

Pero la original historia de Mario se inicia allá por fines de los años '50 en San Juan: "vengo de tradición de peluqueros, mi padre, Ernesto lo era, pero casualmente también le gustaba cantar tangos y boleros. Como premio a un festival que ganó, en 1958 vino a Buenos Aires para cantar música española en radio El Mundo, y de paso, a probar suerte en su profesión, pese a que allá le iba muy bien".

El pequeño Mario recuerda cómo su padre se ubicó en un local de avenida de Mayo, y "nos trajo a todos, incluida mi mamá, que era modista. Poco tiempo después, por 1967, a mi viejo le fue mejor con el corte de pelo que con el canto, y se estableció en un local llamado La Taba, donde atendía en un segundo piso por escalera, y le iba muy bien. Era un español con mucho humor, un Olmedo más inocente, y muy humilde, que atendía tanto a inmigrantes como a figuras como alguno de los Cinco Latinos, o actores como Jorge Salcedo o Raúl Rossi y hasta a Facundo Cabral cuando era "el Indio Gasparino".

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Poco tiempo más tarde su padre, creó su propio local, la Tijera Loca, donde tanto Mario como su hermano fueron ayudantes.

Mario remarca que "ya eran los '70, y se imponían el brushing y otras novedades, yo me convertí en un especialista en los pelos largos, que eran moda en esos años" y relata que "mi papá llegó a tener cinco locales de la Tijera Loca, pero de a poco nos fuimos independizando, y yo luego de casarme, abrí el local donde estoy ahora, en Sarandí 15, a pasos del Congreso, hace más de 30 años".

Si bien su padre enfermó en los años '90, y tiempo después falleció, la herencia quedó marcada en sus hijos, especialmente en Mario, que dotó a su local de una magia muy especial, y con una escenografía en mobiliario y paredes en las que caben desde posters, retratos y frases de grandes del arte hasta un rinconcito en el que el cliente puede tomarse un café o un té mientras espera, leer el diario, escuchar música o ver internet. Pero no solo eso. Mario tiene una biblioteca con un centenar de libros, producto de una iniciativa del gobierno de la Ciudad llamada "Leyendo Espero".

Apenas uno entra, una guitarra acústica cuelga en una pared, enmarcada por cuatro fotos de cada uno de The Beatles, que Mario atesora de aquel increíble Album Blanco de la banda. Fotos de Spinetta, Pappo, Goyeneche, Troilo, Cerati, y dibujos de su propia figura realizados en distintas épocas por artistas o amigos delatan que se respira sentimiento por el arte.

Este "fígaro trovador", como alguien lo definió y él adoptó como una simpática definición, asegura amar lo que hace, y acerca de su tarea, cree que "cortar el pelo es como hacer una escultura, lo siento así" y considera que "mi mayor éxito es que la gente vuelva".

Casettes y CD's con poemas y canciones

Casi a la par de su tarea al frente de sus tijeras, Mario Lozano le puso empeño y sacrificio a su amor por el arte. Y así, pudo editar en forma independiente y en producciones a pulmón, desde 1987 hasta ahora, cinco cassettes y CD's en los que le pone la voz y la guitarra a poemas y canciones de su propia cosecha y de otros artistas admirados, como Spinetta, Víctor Manuel, Serrat o Atahualpa y hace un "Homenaje a la Lengua Hispana" con obras de Machado, Hernández o García Lorca.

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Influenciado en su adolescencia por el rock, y por creadores como Spinetta, Pappo y Fito Páez, y por artistas como Vangelis, Genesis o Pink Floyd, Mario reconoce que aprendió a respetar y querer el tango de grande, y descubrió la obra de Piazzolla luego de los 30.

En "Convergencias" fusiona ritmos del rock, el folklore y el tango junto al músico Rubén Segovia, y hasta se anima con un tributo en "A Quinquela". Y en su versión más "heavy", en un par de discos se encarga de las guitarras eléctricas y la programación Julián Barrett, músico de Adrián Barilari.

Aquel inolvidable encuentro con Borges

No es inusual pasar algún jueves frente a la peluquería de Mario Lozano, y toparse con una tertulia en la que haya amigos haciendo música informalmente. Mario comenta que "tengo unos amigos que bailan tango, y yo a veces me siento con la guitarra y ensayo afuera en la vereda. Por suerte, con frecuencia encuentro buenos espacios para mostrar mi música en distintos barrios" y detalla que "en mis canciones intentó hablar de amor, sueños, expectativas y situaciones personales".

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Lozano, separado, con dos hijos talentosos dedicados a la música y al cómic, reconoce que ya el fútbol no lo entusiasma, pese a su corazón riverplatense, y no duda al asegurar que The Beatles le cambiaron la vida. También enumera con entusiasmo a algunos habitués famosos de su local, como Dalmiro Sáenz, Pino Solanas, Rimoldi Fraga o el ya fallecido Emilio Villanueva, de los Memphis.

Pero un recuerdo imborrable lo constituye su casual encuentro con Jorge Luis Borges. Según Mario, "yo estudiaba canto con una profesora del Colón, y al llegar a su casa, mientras esperaba que me abran, se bajan de un coche Borges y un ayudante. Me abrieron, y mientras compartíamos el ascensor, tímidamente le dije: 'Maestro, ¿puedo darle la mano?, lo admiro mucho aunque reconozco no ser un gran lector suyo'. Y Borges, con ese tono tan particular suyo, me responde: 'Será que yo todavía no aprendí a escribir para usted'. Me mató".

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