Pasó injustamente inadvertido.
No es que la Pantera Farías le haya dado una paliza a la colombiana Cecilia Braekhus en su propia casa adoptiva de Noruega.
En boxeo femenino, con apenas 2 minutos por round, y con la intermitencia de algunas que gustan más de agarrar que de pelear, sumado a la falta de potencia de las mujeres, es difícil hablar de palizas o dominios descomunales, por lo general. Y por ende, también de robos.
¿Pero con qué otra palabra definir el fallo con el que tres jueces vieron ganar a Braekhus el pasado viernes en un ring de Bergen, Noruega, con tarjetas tan dibujadas que ni siquiera se sabe cuál correspondió a cada cual entre el italiano Rinaudo, el yanqui Madfis, y el francés Legland?
Tan pésimamente dibujadas, que por ningún concepto de los que imperan en el boxeo, un ser medianamente idóneo, o decente, hubiese llegado a los guarismos que se leyeron: 99-91 (dos) y 98-92 el otro, todos a favor de una boxeadora mal considerada la Nº 1 libra por libra del mundo. Porque si Braekhus realmente ostenta ese lauro, entonces la Monita Esteche y Celeste Peralta son la Mujer Maravilla y la Mujer Biónica.
Con ese “fallo” (nunca mejor dicha esta palabra), Braekhus, una veterana aburguesada de 35 años, que pese a vivir en Noruega y tener deidades de hechicera de tribu, no es muy diferente a las demás colombianas que pulularon en nuestro país, retuvo los títulos mundiales welters unificados de las 4 entidades, AMB, CMB, FIB y OMB, las mismas que paradójicamente dicen luchar por un boxeo mejor, más transparente, más “honesto”, más imparcial, pero que cada vez que pasa algo que no les conviene, muestran la hilacha.
Claro. Braekhus era además la organizadora del evento, es decir, la que le pagaba a la propia Farías, a los jueces, al árbitro, los aranceles a todas las entidades mundialistas que sancionaban la pelea, es decir, la jefa, algo que debiera estar prohibido en el boxeo, porque está por demás reñido con la ética y con el espíritu neutro de una competencia deportiva. ¿Se imaginan a alguien dándole perdedora a la organizadora en su propia casa adoptiva, y encima antes de cobrar?
Esta modalidad es vieja sin embargo en el boxeo. En el moderno la popularizaron Oscar de la Hoya y Floyd Mayweather, sin que nadie protestara jamás, porque “poderoso caballero es Don dinero”. ¿Pero alguien imagina a cualquier otro deporte en el que pase algo similar? ¿Un torneo de fútbol organizado por Boca, o de tenis organizado por Nadal?
Que el negocio era que gane la local, puede entenderse, aunque no compartirse ni justificarse. Pero da vergüenza escuchar que alguien que a partir del 4º round pareció la Venus de Milo, haya ganado para todos los jueces casi todas las vueltas, salvo una o dos, sin tirar una mano, o tirándola sin pegar y recibiendo a cambio más cantidad.
La misma vergüenza que dio la actuación del árbitro alemán Frank Maass, un caradura que no conforme con retar a cada rato a la argentina sin motivo alguno, se hacía el “logi” interponiéndose entre ambas para perder tiempo, cuando Farías quería castigar a la cansada campeona, que se escondía detrás suyo.
Toda esta cocina da asco. Los organismos internacionales lo dan. La poca idoneidad o escasa decencia de los jueces la dan, en nombre del boxeo y de la honestidad. Y a la única que excluiríamos sería a la propia Braekhus, que sólo hace todo cuanto le permiten.
Eso sí; ella reina en una división donde hay pocas mujeres. Tan pocas que nadie le mueve el trono, y debió apelar a una superligero chica como la Pantera para tener una rival digna, que encima peleó con la mano derecha accidentada el mismo día del combate y así y todo la desnudó de pies a cabeza, sin hacer nada del otro mundo, salvo buscarla y pegarle algunas manos de más por cada vuelta.
Que alguien así esté considerada la Nº 1 es una falta de respeto para la Tuti Bopp, para la Tigresa Acuña, para la Monita Esteche, y para tantas otras. Esteche misma, con quien ahora se impone una unificación de cetros superligeros ante la propia Farías -que posee el del CMB-, si sube a welter bien entrenada, a esta Braekhus la corta en pedacitos y se hace un guiso.