El autor reflexiona sobre los temores que hoy genera la Inteligencia Artificial y los compara con los generados por la energía nuclear en el pasado.

Desde las redes sociales y sitios de Internet pasando por artículos periodísticos a entrevistas radiales y televisivas, el tema de lo temible que puede ser lo que fuera bautizado “Inteligencia Artificial” (IA) se encuentra a cada momento. El peligro manifiesto –de acuerdo a estos comentarios– estaría dado en que habremos de encontrarnos frente a un mecanismo no humano con capacidad para tomar decisiones de manera autónoma. Lo cual es cierto; pero dista mucho de ser una inteligencia dotada de capacidad creativa; aspecto que sigue siendo privativo de la especie humana.

La llamada Inteligencia Artificial (usualmente indicada sólo con las iniciales IA) no tiene la autonomía con la que –en principio– pareciera contar. ¡De ninguna manera! Lo real es que se trata de un espacio al que se va llenando con información la cual puede acomodarse, intercambiarse o entrelazarse a una velocidad que la mente humana no puede. Pero, lo fundamental aquí es subrayar que la IA no está capacitada para sumar información y contenidos que no se le hayan dado previamente. En concreto: la IA no es creativa, necesita para su trabajo materiales que le hayan sido dados previamente y, eso sí, los acomoda de cierta manera según lo solicitado por el humano y a una gran velocidad.

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La IA comparada con la Enciclopedia Británica

Es por eso que me atrevo a comparar a la IA con lo que en mis tiempos adolescentes fue la Enciclopedia Británica. Teníamos allí prácticamente el conjunto de todo el conocimiento obtenido por los humanos. Bien clasificado, nos permitía acceder a ellos de una manera más rápida y sencilla que buscando en un libro allá, otro que estaba en aquella biblioteca y uno más de la casa de un amigo. El conocimiento acumulado hasta ese momento por la Humanidad estaba adecuadamente ordenado en la Enciclopedia Británica. Hacía muy sencillas las búsquedas. Lo que uno hiciera con lo recogido dependía de los intereses de cada quien.

A mi juicio, lo mismo pasa con la Inteligencia Artificial. Es la persona quien habrá de buscar material para algo que necesita concretar. Puede ser algo bueno… o puede ser algo malo. No depende de la máquina, sino de quien está tomando lo acumulado en ella.

Enciclopedia Britanica M

El peligro de la energía atómica

Por eso, cuando nos hablan de los temores que genera el avance de la IA no puedo menos que recordar aquellos tiempos de mi infancia cuando escuchaba a mis familiares, vecinos y hasta el maestro de la escuela primaria refiriéndose al peligro de la energía atómica. ¡En cualquier momento se podía producir una guerra atómica que destruyera a la Tierra o un reactor nuclear estropearse distribuyendo la contaminación en la atmósfera matando a todo ser viviente en el planeta!

Nunca sucedió. Pero no sólo estaba el temor asolando a la gente sino que hasta se hicieron libros, dieron conferencias, mesas redondas, congresos, jornadas y programas de aquella televisión en blanco y negro con especialistas en el tema alertando sobre el peligro del uso de la energía atómica.

Una vez más –con el paso de las décadas– quedó en claro que el peligro no está en la energía atómica en sí misma sino en el uso que nosotros, los humanos, demos de ella. Igual que pasa, ahora, con la Inteligencia Artificial.

Artificial, si. Inteligencia, no

Y llegado a este punto es preciso analizar esa denominación. Lo de “artificial” es bien correcto puesto que se trata de algo que es producto de la mano humana y no que nos brinda la Naturaleza. En cuanto a lo de “inteligencia”, entiendo que es un término elegido para dar a entender algo que no es tal.

La idea de inteligencia está asociada a una entidad capaz de tomar sus propias decisiones. Tener autonomía. Un algo que no precisa que le den indicaciones externas. Y que, si se las dieran, puede rehusarlas sin inconveniente. Esto no sucederá con la IA que siempre habrá de entregarnos aquello que le hemos solicitado… claro que de acuerdo a los contenidos que, previamente, se le hayan dispuesto.

No hay “inteligencia” en esto que fue bautizado como “Inteligencia Artificial.” Se ha dicho –por ejemplo– que la IA puede ser útil a los investigadores para identificar nuevos tratamientos para enfermedades tanto como para ayudar a los científicos a analizar datos de sensores y satélites para entender mejor el calentamiento global. Si. Por supuesto. Pero no porque tenga creatividad sino dada su capacidad para acomodar de diferentes maneras los datos que le fueron suministrados. Y lo hace con muchísima más rapidez que la mente humana. Exactamente lo mismo que obteníamos de la Enciclopedia Británica más de medio siglo atrás.

Siempre el beneficio es que podemos pedir datos que nos serán entregados con tal rapidez que a nosotros podría llevarnos semanas, meses… o años. En tiempos de inmediatez como lo es el siglo XXI, se trata de un elemento muy útil y necesario. Una vez más, si el resultado contribuirá al mejoramiento de algo o a producir un desastre mundial sigue dependiendo de los humanos que utilicen la IA. No es la IA lo peligroso o lo temible.

FIlme "2001, Odisea del Espacio", de Stanley Kubrick (1968)

2001 Odisea del Espacio pelicula

Una expresión nacida en 1955

Cabe aclarar que esta expresión «inteligencia artificial» fue acuñada formalmente en el ya lejano año 1955; en un documento con la propuesta para la Conferencia de Dartmouth como una manera de separar la disciplina del campo de los autómatas (robots) y señalar su objetivo prioritario de la creación de máquinas que realizasen tareas similares a la inteligencia humana.

De allí es extraída la expresión “Inteligencia Artificial”. Como se advierte, viene de los tiempos en que científicos y tecnólogos trabajaban ideando robots (a los que se denominaba “autómatas”) y estaba en el imaginario de estos investigadores la creación de una máquina tal, que fuera capaz de tener real inteligencia y, por lo tanto, tomar sus propias decisiones.

Y es, precisamente, esto lo que desarrolla Arthur C. Clark en su novela “2001, Una odisea del espacio”, publicada en 1968, donde la computadora HAL 9.000 que viaja a bordo de un navío espacial tripulado, advirtiendo que los astronautas tomaron la decisión de desconectarla, la máquina en un acto de autodefensa comienza a deshacerse de los humanos. Pues bien, de la posible construcción de esos “autómatas” surgió la idea de que tales máquinas pudieran contar con esa inteligencia que les permitiera el libre albedrío necesario para ser creativamente autónomas. Lo cual sigue siendo sólo parte de la ciencia ficción, aún habiendo transcurrido 58 años de cuando Arthur C. Clark lo imaginara.

Antonio Las Heras es doctor en Psicología Social, magister en Psicoanálisis, filósofo, historiador y escritor. www.antoniolasheras.com

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