Nuestros abuelos tenían mucho más arraigada la costumbre de dar comienzo
a sus comidas con una sopa casera. Un poco porque, según el lugar del
que habían llegado, traían una tradición de regiones más frías que la
nuestra donde la sopa era y sigue siendo un plato esencial.
Y también porque había más tiempo que ahora para dedicarle a la cocina y no había tantas posibilidades de sopas exprés como las que se consiguen hoy en día en los supermercados.
Pero una sopita bien caliente al regresar a casa tras un día de frío intenso como los que suelen destemplarnos en esta época del año, es siempre una gran ayuda para atemperar el cuerpo y el espíritu. Además de que cumple una función orgánica muy interesante ya que “la sopa calienta el estómago y lo prepara para una buena digestión, de ahí que se sirvan calientes y ligeramente saladas. Su calidad alcalina estimula la secreción de jugos gástricos y tiene también otra función: relajar los intestinos. Por eso es conveniente tomar una o dos sopas por día”, como explica Perla Palacci de Jacobowitz en su libro Macrobiótica para Todos.
Por otro lado, la sopa suele traer aparejados otros beneficios. Aunque implique sumar un primer plato a la comida clásica de plato único y fruta o postre, ayuda a bajar de peso ya que induce a disminuir la cantidad de alimentos que consumimos en cada comida. Eso, siempre y cuando no se trate de aquellas sopas hipercalóricas que llevan mucha crema de leche, panceta, tocino o queso en abundancia.
También permiten incorporar más vegetales a nuestra dieta y son, por esa simple razón, muy saludables. Según las verduras de estación, se pueden preparar infinidad de sopas combinándolas con cereales como avena, arroz integral, arroz blanco, mijo, quinoa, cebada, trigo entero, etc., o con legumbres como porotos, lentejas o garbanzos. De este modo, las sopas pueden ser una gran fuente de proteínas, vitaminas, fibras y minerales.
Otra ventaja es que dan pie a la improvisación. Se puede hacer una rica sopa con los alimentos que nos quedaron en la heladera. Cuando nos sobra una cebolla, una zanahoria, un trozo de calabaza, un poco de perejil, algunos porotos en la alacena, algo de queso rallado, podemos aunar todos estos ingredientes para hacer una sopa, sin tener que descartar nada.
Hay un mito popular que asegura que a los chicos no les gusta tomar la sopa. Es como un castigo que les imponen los grandes cuando quieren que se sienten a la mesa a comer a la par de ellos. Y siempre está rodeada, en la imaginación, de un aura de rigidez y severidad que no la favorece. Pero una sopa colorida, con fideos de formitas y bien aderezada (con un rico queso y un chorrito de aceite de oliva por encima) o con trocitos de pan horneados con hierbas, no puede fallar.
Es cierto que a los argentinos nos cuesta mucho tomar sopa. No está en instalada en nuestros hábitos como la modalidad de ir picando cositas de la heladera mientras esperamos que se haga la comida. Pero acostumbrarnos a tomarnos una sopa, en especial para reponer energías en los días más helados, tiene sus ventajas, muchas de ellas mencionadas anteriormente.
Y así como a algunos les puede gustar una espesa y dulzona sopa cremosa de choclo, otros preferirán una sopa más ligera de verduras variadas. Los franceses, por ejemplo, son famosos por su sopa de cebollas que se sirve siempre con un trozo de pan francés y mucho queso gruyere. Los holandeses prefieren su clásica sopa de arvejas y panceta, y los rusos se inclinan por el borsch de remolacha que sirven con eneldo y crema ácida. El restaurante Filo nos ofrece en esta oportunidad tres de sus mejores recetas: minestrone di verdura (verduras espesadas con puré y porotos), zuppa di cipolle (con cebollas y caldo de carne), y pasta e fagioli (con pasta y porotos colorados). Para los responsables del lugar, el mayor secreto de las sopas son “los insumos de primera calidad y las recetas auténticas y generosas que la memoria retiene a través de las generaciones”. ¿Y a usted, cuál le gusta más?