Con un aumento del 40 por ciento en el consumo en los últimos seis meses, presenta infinitas variantes para su cocción y se adapta a muchos tipos de salsas y acompañamientos
El consumo de pollo se ha acrecentado en un 40 por ciento en los últimos seis años en las mesas de los argentinos. Esto se produce en paralelo al aumento de su producción, que ha sido de un 80 por ciento en el mismo período de tiempo, cifras que van en detrimento de la carne vacuna, que se consume menos que antes.

Hay varias razones que tienen que ver con esta tendencia y que responden a cuestiones económicas y nutricionales.


En cuanto a los aspectos puramente gastronómicos, que son los que nos interesan en esta nota, podemos señalar que el pollo es una de las carnes más versátiles que existen. Esto significa que es adaptable a diferentes preparaciones, técnicas y combinaciones con otros alimentos. Va muy bien con sabores agridulces, como manzanas o frutas disecadas, se adapta a salsas diversas, como una crema de champiñones o una salsa al verdeo, y se lleva muy bien con las hierbas aromáticas como el tomillo, el laurel, la albahaca y el jengibre. Esto lo convierte en una de las primeras opciones a la hora de elegir el menú del día.


Pero más allá de la típica suprema de pollo vuelta y vuelta o el pollo entero al horno a la sal, hay infinitas variantes que no llevan mucho más trabajo que estas soluciones prácticas y poco creativas. Algunos ejemplos son las recetas que ofrecemos en esta nota como el pollo al champiñón, el clásico pollo al verdeo o la muy nutritiva tarta de pollo.


Por otra parte, en épocas de más calor, la carne de pollo es ideal para sumar a las ensaladas y aportarles el contenido proteico necesario para constituir una comida completa. Un clásico es la ensalada Cesar que lleva croutons (cubos de pan tostado con hierbas), lechuga y pollo entre sus ingredientes básicos. Pero se puede incorporar pollo desmenuzado o trozado en cualquier tipo de ensalada. Por eso, si hacemos pollo y nos sobra, lo guardamos en la heladera y lo podemos usar directamente frío al día siguiente.


Lo mismo ocurre con los sandwichs. Los de pollo nunca faltan en los restaurantes gourmet de comidas rápidas. Se puede encontrar desde un sencillo sándwich de pollo con lechuga, huevo, mayonesa y choclo, hasta un sándwich más elaborado que puede incluir alcaparras, cebolla morada, yogur natural y especias. De este modo, el pollo se convierte en una alternativa accesible e ideal para poner a prueba nuestro sentido culinario.


Otra ventaja es que su carne es siempre tierna, no se corre el riesgo de que quede dura (aunque sí puede quedar seca y desabrida), y esto es un interesante punto a favor cuando hay chicos en la familia. Por otra parte, el pollo es fuente de proteínas de origen animal y es bajo en grasas si se lo consume sin piel, en especial la parte de la pechuga.


A la hora de adquirir un pollo, conviene tener en cuenta algunas cuestiones. Es importante observar su color y su aroma. El color del pollo puede oscilar de un rosado pálido a un color más amarillento. Estos últimos suelen tener más grasa que los anteriores y ser más grandes de tamaño. Pero lo más importante es descartar aquellos que presenten un color oscuro, opaco o con manchas. Además, el aroma tiene que ser suave, nunca fuerte ni desagradable.


La mayoría de los pollos que se consiguen en los supermercados están envueltos en bolsas que pierden parte de su líquido. En ese caso, es importante quitarles la bolsa al llegar a casa y colocarlos en otro recipiente o envoltorio más seguro, no sólo para conservar el pollo en mejor estado por más tiempo sino para evitar contaminaciones cruzadas con otros alimentos dentro de la heladera, cuestión que es fundamental para prevenir contraer enfermedades transmitidas por alimentos (ETC). Recordemos que el pollo es uno de los principales transmisores de la salmonella. Por eso hay que manipularlo con cuidado, sin mezclarlo con otros productos, y cocinarlo bien.


Tomados estos recaudos, ¿nos tentamos con un pollo al champiñón para compartir con la familia?