La quinoa es uno de los denominados “super alimentos” tan de moda en
estos días. Para muchos es una novedad y sin embargo se trata de un
alimento ancestral y milenario con muchísima historia que fue una especie de “oro” alimenticio en estas tierras que eran el Nuevo Mundo.
Dicen los libros especializados en alimentos y que se dedicaron a rastrear en las recetas americanas anteriores a la llegada de los españoles -si es que fueron ellos los primeros- que las civilizaciones precolombinas la conocen desde hace 7.000 años y la consideraban un “cereal sagrado”. Y si bien desde hace algunos años se viene escuchando hablar de este “pseudocereal”, hay muchas personas que todavía no lo han sumado a su cocina.
Además de haber sido un alimento clave en la alimentación de las civilizaciones azteca, maya e inca, hace tiempo que los investigadores de la NASA posaron sus ojos sobre este grano por considerarlo un alimento excepcional por su riqueza nutritiva, ideal para alimentar a los astronautas en sus viajes espaciales.
La quinoa, también llamada quinua, posee los 10 aminoácidos esenciales para el ser humano. Esto la convierte en un producto único y saludable por ser una poderosa fuente vegetal de proteínas de buena calidad.
La quinoa posee lisina, uno de los aminoácidos esenciales que suelen escasear en los alimentos de origen vegetal y es rica en minerales como hierro, potasio y fósforo. El promedio de proteínas en el grano es de 16%, mucho más que las que posee cualquier otro cereal.
Su cocción es muy fácil y rápida. Pero hay que tener en cuenta un pequeño secreto que hará que el plato resulte delicioso y no amargo, como ocurre en ocasiones. Es importante enjuagar los granos varias veces antes de cocinarlos para quitarles una sustancia llamada saponina que, si no se elimina, es tóxica y le da un sabor desagradable a la preparación.
Esta sustancia es muy similar a la del jabón. De hecho, las culturas precolombinas acostumbraban a lavar la ropa con el agua del remojo de la quinoa. Por eso hay quienes sugieren lavarla varias veces frotando el agua y cambiándola cada vez por agua limpia. Este proceso se denomina “desaponificación” y puede durar entre 5 y 10 veces, dependiendo de la proporción de saponina que contenga. La quinoa estará limpia cuando el agua deje de salir turbia. Para cocinarla, se utiliza una medida de quinoa por dos medidas de agua (a veces hasta 2 medidas y media) y se hierve durante unos quince minutos.
La cocción también tiene sus trucos. Lo ideal es hervir el agua y ahí agregar los granos de quinoa, bajar el fuego cuando rompa hervor y cocinarla a fuego bajo, revolviendo de vez en cuando para evitar que se pegue.
Si disponemos de un difusor de calor, mucho mejor, ya que hará que el fuego sea aún más bajo, y la cocción más pareja. La quinoa está cocida cuando el agua se ha absorbido por completo y cuando se desprende una capa transparente del grano, lo cual se puede observar a simple vista. Se puede agregar caldo de verduras durante la cocción para darle mejor sabor, o agregarle vegetales como puerros, cebollas o calabaza.
Al eliminar la saponina, se elimina también el gusto amargo que muchas veces se filtra en el plato terminado. Otro método que se recomienda para mejorar su sabor consiste en tostar la quinoa en una sartén con un chorrito de aceite neutro hasta dorarla -con mucho cuidado de no quemarla- y hasta que se desprenda un suave aroma dulzón. Esto le dará un delicado sabor a nuez muy particular. Luego se procede a cocinarla en agua de la misma manera mencionada anteriormente.
Una de las grandes ventajas de la quinoa es que puede utilizarse de muchas maneras: salteada con vegetales, como relleno complementario de tartas o empanadas, en sopas, guisos, bollos, ensaladas y hasta en postres. Una buena idea es cocinar una buena cantidad sin agregarle sal y reservar distintas porciones para utilizar en platos dulces y salados para el desayuno, la merienda, el almuerzo o la cena. Se adapta a muchas técnicas y preparaciones, se cocina como el arroz y es un alimento muy sustancioso. ¿Qué más se puede pedir?