La culpa de este cambio en la reputación del "snack" más consumido en los cines la tiene el investigador estadounidense, doctor en Química, Joseph Vinson, uno de los pioneros en defender las propiedades del chocolate y de muchos frutos secos. Durante la reunión de la Sociedad Americana de Química, Vinson presentó sus últimos hallazgos, los que demuestran que el maíz inflado contiene mayor concentración de polifenoles (sustancias que luchan contra la oxidación natural del organismo), que las frutas, los frutos secos y los vegetales. En parte, porque están menos diluidos en agua.
Los niveles de polifenoles hallados compiten con los que se encuentran en las nueces. Sus estudios demuestran que superan los 300 miligramos en una ración frente a los 160 miligramos que se pueden obtener en una fruta.
Otro hallazgo sorprendente es que el poder antioxidante del pochoclo está en su parte más desagradable: en esa cascarita marrón que casi siempre se pega en la garganta o que queda atrapada en los dientes. Esa piel es la que concentra gran parte de polifenoles y de fibra, otro de sus ingredientes saludables.
Para Vinson, especialista de la Universidad de Scranton, en Pensilvania, no hay duda: Las palomitas de maíz pueden ser un aperitivo perfecto. Es el único snack del que realmente se come todo el grano sin procesar, sin otros ingredientes que diluyen sus propiedades. Una porción puede proporcionar más del 70 por ciento de las necesidades diarias de cereales y además hacerlo con placer".
Pero para que su consumo sea nutricionalmente irreprochable hay que vigilar la forma en la que se prepara. De nada sirve pensar en antioxidantes si al maíz que se utiliza (del tipo pizingallo) se les añaden grasas insanas, mucha sal o azúcar. Tampoco son recomendadas por Vinson las bolsas que se venden listas para meter en el microondas. Estos pochoclos/palomitas pre-cocinados contienen un 43 por ciento de grasa, casi el doble de las que se preparan en casa.
La mejor forma de consumirlas es cocinar (no freír) el maíz en una sartén con unas gotas de aceite de oliva, sin añadirles sal, o utilizar una pochoclera que cocina los granos de maíz con aire caliente.
En la actual Colombia, durante la época precolombina, los habitantes preparaban los pochoclos (crispetas, en esa zona) como "aperitivos", en las fiestas de las ciudades, acompañado de chicha u otra bebida, por supuesto, alcohólica. Durante la época colonial, los conquistadores encontraron restos de crispetas en tumbas de más de 1500 años, sin embargo luego investigadores descubrieron que éstas se hacían ya 5000 años A.C., en la costa atlántica para el año 1500 de nuestra era habían desarrollado técnicas para darle el sabor dulce a las mismas, que tanto gusta a chicos y grandes.
En México, en las ciudades prehispánicas se vendían como leguminosas y se llamaban (en idioma nahuatl) momochitl. Se preparaban en el momento, introduciendo el maíz en ollas de barro muy calientes, o poniendo granos sobre ceniza ardiente sin más aditamentos.
En el Antiguo Perú, varios pueblos ya elaboraban palomitas de maíz bastante antes de la llegada de los españoles, al haberse encontrado en tumbas restos de ellas con más de 1.000 años de antigüedad. Arqueólogos también encontraron ollas para pochoclo pertenecientes a la cultura Moche que datan del siglo III de nuestra era.
En 1492, Cristóbal Colón notó que los aborígenes americanos hacían sombreros y corpiños con palomitas de maíz, que vendían a los marineros. Alrededor del año 1612, los exploradores franceses documentaron que los indios iroqueses (EE.UU.) hacían explotar maíz en potes de arcilla, utilizando arena ardiente. Los primeros colonos estadounidenses comían pochoclos en el desayuno, con azúcar y crema.
En 1885, Charles Cretors, habitante de Chicago, EE.UU., patentó la máquina comercial para fabricar las famosas palomitas de maíz. La costumbre de comerlas en los cines se puso de moda en ese país desde 1912. Puede decirse que nacieron y siguen viviendo junto al cine. Y el mundo no tardó en adoptar la costumbre