Dos episodios repudiables acaecieron el mismo día en el boxeo mundial durante el último sábado, uno con presencia argentina, cuando a Jeremías Ponce a punto estuvieron de birlarle un triunfo en Alemania, donde conquistó el título superwelter IBO vacante. El otro fue en California, con la promesa mexicana Jaime Munguía contra un rival que perdió solo

Esto sucedió fronteras afuera, en países modelo, de primer mundo, de esos que pensamos ejemplo y en los que supuestamente queremos reflejarnos.

Fue el último sábado, en dos veladas distintas, de las más importantes que tuvo el finde, al menos para los amantes boxísticos de nuestro país, una con un protagonista argentino.

El invicto bonaerense Jeremías Ponce, una de las promesas pugilísticas criollas, tenía una difícil parada como visitante en Alemania, más precisamente en el Verti Music Hall de Berlín, por el título “mundial” superligero de la IBO que se hallaba vacante, ante el fuerte local Rico Mueller, cuya máxima cualidad como para ser el favorito en los papeles, era justamente ésa: la localía.

El título IBO no es reconocido mundialmente, menos en esta parte del planeta, aunque sí en algunos países de Europa como Inglaterra y Alemania. De hecho, fue el primero que conquistó Sergio Maravilla Martínez, punto de partida para su explosión internacional.

Tras un 1º round de estudio, donde el teutón mostró su potencia y ferocidad, Jeremías comenzó a tomarle el tiempo, favorecido por el palo y palo que proponía erróneamente Mueller. Y sintiéndose en su salsa, usó al alemán de puchingball, castigándolo durante 11 vueltas.

Curiosamente, siendo el más alto y largo lo hizo desde la media y corta, con uppercuts y cross, cada tanto matizados por algún que otro directo, en clara alusión a que se siente más cómodo en la guerra que en el boxeo científico, cuyos rudimentos aún no sabe aplicar, con sus inmaduros 23 años.

Pero debe ser uno de los pocos argentinos que usa -y bien- los ascendentes, que dañan, lastiman, y lo hace con continuidad, cosa que devasta defensas en el cuerpo a cuerpo, al menos hasta que encuentre a alguien más fuerte y mejor entrenado que él.

Por lo tanto, le será indispensable agregar los rectos y saber pelear también de contra y en la larga, para casos en los que su rival no sea tan franco, boxee de lejos, camine, o se mueva bien en el cuerpo a cuerpo.

Fue tal el dominio, que el teutón no sabía cómo pararlo. Varias fueron las veces que le sujetó uno de sus brazos y se dio vuelta, ladeándose antirreglamentariamente para evitar los golpes, reusando la batalla que él mismo había propuesto. Fue como rendirse, y si no lo hizo fue por su tremendo orgullo, más que nada ante su gente.

Sin embargo, Ponce ganó en fallo mayoritario porque una tarjeta dio ¡empate! Sí, el inglés –cuándo no- Marcus McDonnell marcó empate en 114, desnudando un vergonzoso desconocimiento de algo tan obvio como saber apreciar una pelea cuándo uno le pega una paliza a otro, o lo que es peor, una corrupción ética inescrupulosa.

Ellos, que son los “padres del boxeo”, desde una posición teóricamente “neutra”, ¿no saben apreciar semejante diferencia entre dos extranjeros que en nada afectan a sus propios intereses?

Ellos, que marcan agenda mundial, que marcan reglas mundiales, o normas de conducta, y a los que alabamos aquí con el mote de “señorito inglés” para elogiar comportamientos ajenos, ¿se corrompen con el mismo descaro del que a veces nos avergonzamos de nosotros mismos?

Empecemos por desmitificar entonces preconceptos mal fundados.

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El otro caso testigo sobre cosas que lastiman la imagen del boxeo sucedió nada menos que en la Meca, USA, más precisamente en un ring de Carson, California, con el rival del mexicano Jaime Munguía, el campeón superwelter OMB, a quien le están queriendo dar una manija promocional infernal como la estrella del futuro, con sus frescos 22 años y un record inmaculado de 34-0-0, 27 KO.

A tal punto que la empresa Turner Internacional, que televisó el evento a través de Space para nuestro país, organizó en sus estudios una reunión con la prensa especializada para presenciar la pelea.

El rival era el ghanés Patrick Allotey, 13º en el ránking, con pocos antecedentes que ameritaran su chance, más allá de tener 30 KO en 40 victorias de dudosa monta.

Y curiosamente, tanto uno como otro estaban suspendidos por la Comisión Atlética de California. Munguía hasta el 21/9 y Allotey hasta el 29/9, o sea que ambos pelearon en el mismo Estado para el que estaban suspendidos, antes de tiempo. Absurdo. ¿Estas son las recomendaciones a las que debemos atenernos desde aquí?

Pero la cosa fue que Munguía, que aún no aprendió a boxear, que está cada vez más alarmantemente errático e impreciso, y que perdió los dos primeros asaltos, ganó porque casi sin pegar una mano como la gente, su rival se dejó caer.

En el 3º dos veces –una por un golpe abajo de dudoso efecto, la otra para ir preparando el terreno- y en el 4º directamente al poner rodilla en tierra sin recibir golpe alguno. Su esquina paró la lucha por él, para no exponerlo a la vergüenza.

Esto de venir a tirarse para cobrar la bolsa no sucede solo aquí. Pero una cosa es en nuestro boxeo del sub desarrollo, pobre, escaso de contenido, y otra a este nivel, de repercusión mundial, y con una figura que se intenta realzar como Munguía, a quien esto le hace más mal que bien.

O se equivocaron en la elección del rival, o no se equivocaron y eligieron eso para evitar riesgos. Ninguna de las dos cosas puede pasar, haya sido premeditado o no. O haya sido una puesta en escena que tal vez alguno crea, quiera creer o hacer creer, pero que no es. Ni esto, ni muchas otras cosas son como nos dicen, o nos parecen.

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