Hoy cumpliría 80 años quien fuera quizás el máximo ídolo del boxeo argentino: el mendocino Nicolino Locche. Un 2 de septiembre de 1939 nació en Tunuyán, y con 66 años, un 7 de septiembre de 2005 cambió de estadio, para jugar a la mancha con San Pedro. Se llevó un record de 117-4-14, 14 KO.

Charles Chaplin había nacido para seducir multitudes. Y para ser admirado, en su caso, a través de la risa, aunque sin decir una palabra.

Autor -entre otras- de estas frases célebres que lo pintan de pies a cabeza:

“Sé tú, e intenta ser feliz, pero sobre todo, sé tú”.

“Aprende como si fueras a vivir toda la vida, y vive como si fueras a morir mañana”.

“Un día sin reír es un día perdido”.

El gran maestro del humor hizo reír al mundo de todo una Era sin pronunciar una palabra, y sigue siendo hasta hoy el máximo referente en su área.

¿Podrá eso explicar que alguien, sin tirar una mano, sin ejercer dramatismo ni violencia, sea ídolo en un deporte tan rudo como el boxeo?

Los caprichos de la vida quisieron que medio siglo después, curiosamente, bajo otro nombre, y en otro país, naciera alguien que en otro idioma repitiera su historia, y hasta sea contemporáneo.

Nicolino Locche vs João Henrique

No en el arte, aunque lo que hacía lo era. No en el teatro, aunque lo parecía. Ni en el celuloide, aunque la pantalla supo masificar su imagen.

Su escenario fue un ring, que bien pudo haber tenido un telón, porque la gente iba a verlo con el objetivo de sonreír, de divertirse, como en cualquier sala teatral de la calle Corrientes.

Ese hombre era nuestro. Y un 2 de septiembre como hoy cumpliría 80 años, porque alguien dice que murió, también casualmente un día de septiembre –el 7-, hace ya 14 años.

Este Chaplin era mendocino, y su seducción pasó por el arte del boxeo, o por qué no –paradójicamente-, por el anti boxeo, en el buen sentido de la palabra. Porque como los grandes y los pioneros, éste artista invirtió la ecuación y creó un nuevo paradigma, que lamentablemente sólo él pudo ejecutar.

Su madre, Doña Nicolina Di Vendittis, viuda ya por aquel entonces de Felipe Locche, a los 9 años lo llevó al gimnasio Mocoroa de la calle Estrada, donde un estricto maestro iba a enseñarle lo que era la disciplina, cansada de sus peleas en la calle con otros chicos, a quienes extrañamente no les pegaba, pero los hacía chocar contra árboles, paredes, y cordones. Y también, harta de errarle escobazos, palazos y rebencazos, con los que impotente quería castigar sus travesuras.

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Don Paco Bermúdez, el maestro de la calle Estrada, no lo recibió para hacerlo boxeador, precisamente, sino a pedido de la madre, para enseñarle con boxeadores hechos a no pelear con los chicos en la calle, ni a la salida del colegio, que no terminó.

Tenía 9 años y 40 kilos. De allí su expansión torácica, la fuerza de sus antebrazos, sus bíceps de acero que le sirvieron más para trabar en la corta distancia que para pegar, y una acumulación física temprana por el trabajo del gimnasio que lo desarrolló prematuramente.

Era indisciplinado. Pero los boxeadores profesionales que guanteaban con él, en algunos casos casi retirados, le comentaban a Don Paco de las virtudes del gurrumín, que empezó como mosca y terminó como welter, conquistando antes el título mundial welter jr, en 63,500 kg.

Nicolino Locche vs Antonio Cervantes

Pero Charles Chaplin no siempre fue ídolo. El cielo no vino con él, sino más bien todo lo contrario. No empezó siendo aceptado, y le costó convencer al público porteño que lo conoció por primera vez en el Luna Park cuando vino acompañando a un gran campeón como Cirilo Gil.

La gente iba a ver piñas, y nuestro Chaplin a evitarlas. Por eso más tarde se ganó el mote de “Intocable”. Pero para eso, ante todo peleaba para él, y necesitaba aceitar su estilo, ya que en el gimnasio ningún maestro -por mejor que fuera- podría enseñarle a nadie a hacer reír sin hablar, ni a boxear sin pegar.

Pero como era un buen sparring para las figuras que Paco Bermúdez traía al Luna Park, él viajaba, y de paso, para amortizar gastos, peleaba.

Lo curioso fue cuando comenzaron a ver en su record nombres relevantes como Vicente Derado, Jaime Giné, Pedro Benelli, hombres de experiencia y ex retadores mundialistas algunos, otros coasi imbatibles, sucumbir ante su magia. Y eso llamó la atención, porque no era posible, ni creíble.

¿Traerles pegadores que le dieran su merecido? Era una buena salida, y acabar con él. Pero el uruguayo Eulogio Caballero, apodado “El Ciclón”, que pegaba como una mula, también sucumbió bajo su embrujo.

Nicolino Locche vs Paul Fuji

Y vino el título argentino ligero, conquistado ante Giné en el Luna –a quien en Mendoza le había cortado un invicto de 76 combates-. Y llegó el brasileño Sebastiao Nascimento en el ’63, a quien le ganó el sudamericano. Y en esa pelea, si había parte del público que lo resistía, los terminó convenciendo.

¿Cómo se produjo el romance entre Chaplin y los porteños? ¿Cómo es que un templo mítico, especie de Coliseo Romano, admitía a un payaso ser el convocante? ¿En qué momento y por qué motivo la gran masa de 20.000 personas que entraban en el Luna, pasó del rechazo al amor?

Los ídolos y grandes referentes del boxeo argentino de entonces eran Justo Suárez “El Torito de Mataderos”, José María Gatica, Eduardo Lausse, Pascual Pérez, Horacio Accavallo, es decir, todos pegadores, y si no, púgiles de boxeo ortodoxo. El peleador, o el estilista.

¿Pero cómo Chaplin, que hacía reír, que no era ni una cosa ni la otra, se iba a poner guantes de boxeo y domar a las fieras?

Ni Tito Lectoure –promotor del Luna-, ni parte de la prensa, ni la AMB –organismo que en aquel entonces regía los títulos mundiales- creían que un hombre así podía tener éxito fuera de su “teatro de operaciones” porteño.

Pero vinieron ex campeones del mundo como Joe Brown, Ismael Laguna –ante quien empató en fallo polémico- y Sandro Loppopolo –campeón en vigencia- y Chaplin bajaba siempre con una sonrisa en los labios, los brazos en alto, y la platea delirando, fascinada por sus visteos, sus fintas, sus manos detrás de la cintura poniendo la cara como una sortija inasible, el paso lento y corto sin salir de la escena de fuego, las palancas, la cintura. Y la capa.

Nicolino Locche vs Carlos Hernandez

Y otras veces, hasta deslizaba la indicación a su rival respecto de qué mano éste debía tirarle: “tirá el cross, ahora el jab, ahora el uppercut”. Guionaba la pelea en voz baja, y su rival de turno obedecía, como hipnotizado. Y el público estallaba, porque en ese instante el espectáculo era un todo: actores y espectadores, ensimismados en una complicidad inexplicable y única.

Así fue como tuvo que quedar Nº 1 del ránking para poder pelear contra el campeón. Y entonces no hubo excusas, ni manera de postergarlo, aunque se seguía pensando que afuera iría a hacer un papelón, quizás hasta descalificado.

Se sabe, en la lejana Tokio, un 12 de diciembre de 1968, ante el hawaiano Paul Fujii, en el Kuramae Sumo, brindó el máximo show de su carrera, una obra maestra del arte de la defensa personal, esta vez, hablando en su idioma. Tirando manos. Pegando. Gritando.

No dejó frases célebres. Más bien usó algunas. E inspiró otras inmortales, como himnos que cantan hasta quienes no lo vieron pelear ni un sábado más, ni un sábado menos: “Total esta noche, minga de yirar, si hoy pelea Locche, en el Luna Park”.

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