Nació judía, fue filósofa y escritora.
Su fe un día cambió y abrazó el
catolicismo con pasión. Murió
martirizada en Auschwitz
El Holocausto judío, que se llevó millones de almas durante la Segunda Guerra Mundial de la mano de las locuras megalómanas de Adolf Hitler, guarda, así como una gran historia de dolor, infinidad de pequeñas historias que demostraron la grandeza de muchos seres humanos.
Algunos de ellos han sido canonizados por la Iglesia Católica por su tarea de bien durante esta lamentable página en la historia, donde la religión fue uno de los aspectos que estuvo en tela de juicio en la escena política de ese momento. Esa es la historia de Santa Edith Stein, mártir masacrada en el campo de concentración de Auschwitz.
Edith, la niña judía
Judía de nacimiento, Edith Stein nació en la ciudad alemana de Breslavia (hoy nuevamente una ciudad de Polonia) en el seno de una familia judía, el día del Yom Kipur. Era la última de un total de once hijos. Su padre era un comerciante.
En 1913 ingresa a la Universidad de Gotinga, donde estudió filosofía. Atraída por la fenomenología se convirtió en discípula del célebre filósofo Edmund Husserl. Publica su tesis de doctorado como Sobre el Problema de la Empatía, lo que originará su programa filosófico temprano. Posterior a su tesis, vienen los escritos Causalidad Sentiente e Individuo y Comunidad, en donde busca justificar filosóficamente la nueva psicología naciente. La última obra correspondiente a su primer período es Una Investigación sobre el Estado, culmen de su proyecto para elaborar una antropología fenomenológica que vaya del hombre singular a la persona como comunidad.
Edith abraza la fe católica ya siendo profesora de universidad y reconocida filósofa. Entra en las Carmelitas Descalzas y muere víctima de los nazis en Auschwitz. Fue canonizada por Juan Pablo II el 11 de octubre de 1998.
Como explica el sitio corazones.org, en su juventud, siendo una mujer con una personalidad de alta tensión y fuertemente pasional, así como totalmente racionalista y atea, en el fondo mismo de su corazón, la semilla de la generosidad y servicio a la humanidad causaba un profundo cuestionamiento existencial.
Fue así que decidió enlistarse en la Cruz Roja como enfermera durante la Primera Guerra Mundial. Sus palabras fueron: “Ahora mi vida no me pertenece. Todas mis energías están al servicio del gran acontecimiento. Cuando termine la Guerra, si es que vivo todavía, podré pensar de nuevo en mis asuntos personales. Si los que están en las trincheras tienen que sufrir calamidades, ¿por qué he de ser yo una privilegiada?”.
Judía y católica
La fenomenóloga brillante quiere rendirse a la gracia, pero atraviesa crisis profundas. Crisis a las que su voluntad se resiste. Edith estudia incansablemente “los fenómenos” que se van sucediendo en su alma, se apasiona por “explicar” qué es lo que pasa sin lograrlo.
Pocos meses más tarde, sin más, Edith entra en una Iglesia Católica y después de la Santa Misa busca al sacerdote en la sacristía y le comunica su deseo de ser bautizada. Ante el asombro del padre y cuestionamiento de su preparación para recibir el sacramento y de ser iniciada en la Fe Católica, Edith responde simplemente: “Haga la prueba”. El día 1º de enero de 1922 Edith es bautizada católica.
Edith empieza a escribir, en 1941, su última y más ilustre obra: La Ciencia de la Cruz. Hecha por obediencia a sus superiores más que una obra intelectual, es el fruto de su propio camino interior de inmolación y victimazgo.
Ella escribe: “Yo hablaba (en una ocasión) con el Salvador y le decía que sabía que era su Cruz la que ahora había sido puesta sobre el pueblo judío. La mayoría no lo comprendía; mas aquellos que lo sabían, deberían echarla de buena gana sobre sí en nombre de todos. Al terminar el retiro, tenía la más firme persuasión de que había sido oída por el Señor. Pero dónde había de llevarme la Cruz, aún era desconocido para mí”.
Camino a la muerte
En 1942 empiezan las deportaciones de judíos. Luteranos, calvinistas y católicos acuerdan leer el mismo día un texto conjunto de protesta en sus servicios religiosos. La Gestapo amenaza a todas las autoridades cristianas de Holanda con extender la orden de deportación a los judíos conversos a sus credos. Los calvinistas y los luteranos dan marcha atrás, pero Pío XII se mantiene firme. El texto de condena se lee en todas las iglesias católicas de Holanda. La venganza se cumple unos días más tarde. Las SS invaden el convento del Carmelo de Echt y se llevan a dos monjas judías conversas: Edith y Rosa Stein.
Después de varios tormentos y humillaciones indescriptibles, el 7 de agosto, apenas salido el sol, Edith y su hermana, junto con unos mil judíos, son trasladados. Su destino es Auschwitz. Llegan al campo de concentración el mismo 9 de agosto y los prisioneros son conducidos inmediatamente a la cámara de gas.
Es ahí donde Edith encuentra la culminación de su ofrecimiento como esposa de Cristo. Muere como mártir, ofreciéndose como holocausto para la salvación de las almas, por la liberación de su pueblo y por la conversión de Alemania.