Algunos estudiosos creen que la palabra carnaval deriva del italiano “carne vale”, alteración del antiguo “carne levare”, que quiere decir “quitar la carne, por ser el comienzo del ayuno cuaresmal impuesto por la cristiandad. Pero José Ortega y Gasset discrepó y dijo que derivaba de “carrus navalis”, o sea “carro naval” que los griegos pronunciaban ‘car navalis’. Esos barcos sobre ruedas eran conducidos por un sacerdote durante las ‘bacanales’, fiestas que se hacían en primavera para honrar a Baco, el dios del vino. Tanto en el antiguo Egipto como en la antigua Grecia, a los hombres les gustaba usar máscaras y también las lucían en el teatro japonés. Pero en Venecia, ciudad de Italia, fue donde se adoptó la careta para el carnaval. En el Río de la Plata el carnaval se festejó desde los primeros tiempos de la colonia; aunque no todos los gobernantes estaban de acuerdo con autorizarlos, porque tenían miedo al desorden. Por el año 1600, cada vez que las familias de la alta sociedad iban a recibir a un representante del gobierno español, lo hacían junto a sus esclavos. Y estos aprovechaban para juntarse a tocar y bailar candombes. Este antecedente marcó el inicio del carnaval en Buenos Aires. En 1771 los bailes de carnaval sólo se hacían en lugares cerrados. El primero con mascaritas (gente disfrazada) se realizó en el Teatro La Ranchería; y desde 1854 en el Teatro Argentino y en el Colón, donde hombres y mujeres escondían su identidad detrás de los antifaces. En 1869 los festejos de carnaval cambiaron bastante. Los bailes de disfraces se hacían en clubes y teatros elegantes, como el Opera, y en otros más populares como el Franco-Argentino; también en los circos, donde el corso aprovechaba la pista y concurrían muchos niños vestidos de colombinas y pierrots. También comenzó a crecer la importancia de los carnavales en las cercanías de Buenos Aires y las comparsas empezaron a competir por cuáles lucían los trajes más lindos y creativos, los mejores bailarines y músicos, o el grupo más grande. En 1920 también los chicos jugaban con agua en la calle, iban a los bailes de máscaras y participaban en concursos de disfraces. A partir de la década del 30 los nenes también ayudaban a fabricar instrumentos musicales para la murga, la mayoría de percusión. Eran bombos y tambores hechos con latas y ollas; platillos con las tapas de las cacerolas y palos de escoba serruchados para hacer el ‘toc-toc’. Entre 1940 y 1950 aparecieron las bombitas o ‘globitos de agua’ para jugar de día con los amigos del barrio. En Buenos Aires se abrió una casa especializada en disfraces de niños que se llamaba ‘Lamota’. Así surgieron miles de indios, piratas, payasos, bailarinas, princesas y paisanas. En esos corsos, los grandes y los chicos tiraban bombitas, serpentinas, papel picado y agua florida (como llamaban al perfume que traían los pomos importados de Inglaterra). Más tarde aparecieron la espuma, que se arroja y desaparece, la pegajosa nieve, y los martillos de plástico.

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