En el año en el que finaliza la tercera trilogía, también se cumplen dos décadas del reinicio de la misma y del debut en pantalla de Jar Jar Binks.

Corría el año 1999 y la humanidad se preparaba para asistir a uno de sus más grandes eventos. No se trataba del Apocalipsis ni tampoco del inminente Y2K. Ni siquiera la primera edición del Gran Hermano que ya se vislumbraba en el horizonte.

Ocurría que, después de dieciséis años, se estrenaba Star Wars Episodio I La Amenaza Fantasma (Star Wars Episode I The Phantom Menace, 1999), el capítulo inicial de la franquicia espacial que George Lucas había iniciado en 1977 con la película que luego definió como la “cuarta entrega”.

Después del final de El Regreso del Jedi (Star Wars Episode VI Return of the Jedi, 1983) el realizador había decidido congelar la producción de más films de La Guerra de las Galaxias a la espera de un mayor desarrollo de las técnicas de efectos especiales; y de generar un presupuesto propio para no depender de los estudios a la hora de financiar nuevas películas.

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En ese interín, nació y creció una generación que sólo vio las películas en VHS o en la TV, y se perdió la magia que destilaban en el cine. Aprovechando este vacío, Lucasfilm lanzó varias versiones de la película, y todo tipo de merchandising como una nueva colección de muñecos (Power of the Force), libros de todo tipo, novelas con episodios inéditos de la vida de los personajes y cientos de cómics a través de la editorial Dark Horse. Todos estos trabajos pasaron a engrosar algo conocido como Universo Expandido de Star Wars, en el que todo tenía una explicación salvo que “el jefe” dijera lo contrario.

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La decisión se tomó en 1994 pero se hizo pública tres años más tarde, durante el reestreno de la trilogía original, una movida genial que dejó más de 400 millones de dólares de ganancias con sólo 15 invertidos en la inclusión de nuevos efectos y escenas. El público se había renovado y pedía a gritos nuevos episodios.

Asociado con el productor Rick McCallum, Lucas confirmó una nueva trilogía compuesta por los episodios I, II y III protagonizada por Anakin Skywalker, el hombre tras la máscara de Darth Vader; y con esto acuñó el término precuela, una palabra que todavía estuvo más de una década en la lista de pendientes de aprobación de la Real Academia Española.

Deseo y Decepción

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A poco de anunciar el inicio de la preproducción, y con una maquinaria publicitaria como pocas, Lucasfilm dio a conocer un elenco compuesto por estrellas de primer nivel como Liam Neeson (Qui-Gon Jinn), Natalie Portman (Padmé Amidala), Ewan McGregor (Obi Wan Kenobi), Pernilla August (Shmi Skywalker) más los veteranos de la franquicia Ian McDiarmid (Senador Palpatine), Anthony Daniels (C-3PO), Kenny Baker (R2-D2) y Warwick Davis.

La filmación se llevó a cabo en varias locaciones internacionales (Túnez, Italia e Inglaterra) desde el 26 de junio hasta el 30 de septiembre de 1997 pero recién en noviembre de 1998 se estrenó el primer trailer y cientos de miles de personas compraron entradas del film ¿Conoces a Joe Black? (Meet Joe Black, 1998) no por Brad Pitt o Anthony Hopkins sino para ver este adelanto, que de todos modos salió por TV y fue uno de los primeros en emitirse en Internet ocasionando el colapso del servidor de starwars.com, algo muy común por ese entonces.

Otro hito publicitario fue el lanzamiento del primer videoclip de la franquicia en febrero de 1999: escenas del making off de la película musicalizadas con el tema “Duel of Fates” de John Williams que contaba con un coro y todo, y se convirtió en un clásico tan grande como el tema del inicio de las películas.

Star Wars "Duel of Fates"

El 19 de mayo de 1999, tras meses y meses de bombardeo marketinero, se produjo en los Estados Unidos el estreno, que obtuvo la friolera de 28 millones de dólares de recaudación, que se convirtieron en 100 millones al cabo de cinco días.

La llegada a la Argentina no fue inmediata, sino que se produjo el 9 de julio, casi dos meses después. Increíblemente, en pleno auge de Internet, apenas se conocieron las críticas e impresiones de los especialistas.

Contrariamente a los que ocurría con las anteriores películas, los fans se sorprendieron de que la mayoría de los alienígenas estaban generados por computadora, en lugar de personas maquilladas, aunque eso le dio al director al posibilidad de crear algunas de las más alucinantes criaturas.

Fue precisamente uno de estos aliens, Jar Jar Binks, el desencadenante de la indignación popular. Los fans de la trilogía original no le perdonaron a George Lucas el dejo a bufón que tenía este “gungan”, un ser semi anfibio que vivía en el fondo del mar del planeta Naboo y que no daba dos pasos sin cometer alguna torpeza. Los ataques hacia el personaje fueron tan fuertes que el actor Ahmed Best llegó incluso a pensar en el suicidio.

“Estaba solo y la depresión me afectó de forma intensa. Estaba roto. La única cosa en la que podría pensar para sentirme mejor era caminar a lo largo del puente de Brooklyn. Pero cuando caminaba no veía las luces de Manhattan. (...) Estaba cansado de tener que explicarme. Estaba cansado de tener que defenderme y defender mi trabajo. Estaba cansado de tener que pelear contra el racismo y los estereotipos raciales. Solo quería interpretar un papel”, dijo Best diez años después.

Como si todo eso fuera poco, el personaje que también fue criticado por entidades que defienden a la gente de raza negra en los EE UU, que aducían que la representación de Best, un afroamericano, le hacía mucho mal a su lucha.

Los críticos de los Estados Unidos y Gran Bretaña alabaron las impresionantes escenas de acción –filmadas en su mayoría por el director de la segunda unidad Roger Christian- y los efectos especiales, pero destruyeron el film en lo que respecta al guion –un tanto vetusto dado que Lucas no escribía ni filmaba desde hacía 22 años- y las pobres actuaciones. El director se defendió aduciendo que les pidió a todos que sobreactúen como en un serial cinematográfico de los de antaño.

De todas maneras, nada le impidió a Episodio I convertirse en el filme más taquillero de 1999 con más de 1000 millones de dólares de recaudación alrededor del mundo entre la proyección original y los sucesivos reestrenos, incluidos la versión en 3D de 2012.

Semillero

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Si bien Natalie Portman y Ewan McGregor ya eran conocidos en Hollywood con sus actuaciones en películas europeas como El Perfecto Asesino (Léon, 1994) y Trainspotting (1996), su trabajo en Episodio I los terminó de catapultar a la fama a nivel internacional, al punto en que se multiplicaron las ofertas a partir de ese momento.

Por otra parte, tras su paso por ese filme, los cuasi ignotos Ray Park y Keira Knighley se convirtieron de la noche a la mañana en requeridas estrellas de Hollywood gracias a sus personajes del guerrero sith Darth Maul y la doncella Sabé. Park encarnó al monstruo de La Leyenda del Jinete sin Cabeza (Sleepy Hollow, 2000) y a Toad en X-Men (2000) para luego volver a trabajar de doble de riesgo; mientras que Knightley se convirtió en la protagonista de una infinidad de películas románticas y de las primeras tres entregas de Piratas del Caribe (Pirates of the Caribbean).

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Al que no le fue nada bien fue a Jake Lloyd, el pequeño que encarnó a Anakin, y que sólo filmó una película más antes de retirarse de la actuación. “El niño que interpretó a Anakin Skywalker pasa de la cárcel al psiquiátrico” o “Detienen al pequeño Anakin Skywalker por conducción temeraria” fueron algunos de los titulares que protagonizó en los diarios el joven, que este año cumple 30 años y que fue diagnosticado con esquizofrenia.

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¿El gran fiasco?

Antes de analizar el resultado final de la recepción de esta película, hay que aclarar algo: los fans de Star Wars se encuentran entre los más peligrosos de todos. Al tener una película que roza la perfección –El Imperio Contraataca (Empire Strikes Back, 1980)- estrenada en segundo término, todos ellos esperan que el siguiente film sea mejor, y por eso la decepción ha sido constante desde hace 39 años.

Ni El Regreso del Jedi, ni Episodio I pudieron superar a esa auténtica gema del séptimo arte, y lo mismo pasó con las siguientes entregas, salvando quizá Star Wars Rogue One (2016), que tiene un cierre maravilloso y deja a los espectadores ansiosos de ver más.

Por eso, la impresión general entre los fans de la Argentina el 10 de julio (¿se entiende que TODOS ellos fueron a hacer colas en la puerta de los cines de todo el país en un momento en el que no había entradas numeradas?) fue de una aparente decepción. Y según la mayoría Jar Jar Binks, y en menor medida el Anakin niño, tenía un gran porcentaje de la culpa.

Debido a las quejas, Jar Jar no tuvo más que dos cameos en las siguientes películas y algunos episodios de Clone Wars en los que trataban de redimirlo... a través de su torpeza. Y ya que hablamos de las mismas, el siguiente capítulo –Star Wars Episodio II El Ataque de los Clones (Star Wars Episode II Attack of the Clones, 2002)- logró superar a su antecesora pero lo hizo en todos los aspectos negativos.

El film sí tuvo dos grandes desaciertos y fue el de terminar allí con las historias de Qui Gon Jinn (Neeson) y Darth Maul (Park). Ambos personajes, cada uno a su modo, calaron hondo en el corazón de los fans, quizá obnubilados por las sensaciones que transmitían el actor consagrado y el villano (¿uno de los tres mejores de la franquicia?) en el que se transformó el doble de riesgo con mucho maquillaje y poca expresividad. De todas formas, esto último tuvo solución en la serie animada Clone Wars, emitida entre 2008 y 2014, en la que regresó con algunos cambios sustanciales.

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Pero quizá lo que peor le sentó al prestigio de esta película fue que un par de meses antes, Warner Bros. estrenó una película de ciencia ficción a la que le tenía tan poco fe que no logró siquiera vender derechos de merchandising. Ni siquiera el actor al que habían convocado en un principio, Will Smith, había querido embarcarse en esta aventura que terminó siendo uno de los éxitos más grandes y menos esperados del cine. Su nombre: The Matrix.

Por lo pronto, no está demás volver a ver este film de tanto en tanto, y revivir la magia –aunque no sea más que la visual- que despliega durante sus dos horas y trece minutos de duración.

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