Un país que descuida la nutrición, la salud y la educación de su pueblo, no solo comete una inmoralidad, sino también una torpeza, porque desatiende su principal valor: el potencial de las personas

La desigualdad en Argentina es dramática. No podemos naturalizarlo. Hoy, en nuestro país, una de cada tres personas es pobre. Casi la mitad de ellas son niños, niñas y adolescentes. Alrededor de tres millones de personas pasan hambre. No hay nada más urgente e imprescindible que atender y resolver esta tragedia social. Un país que descuida la nutrición, la salud y la educación de su pueblo, no solo comete una inmoralidad, sino también una torpeza, porque desatiende su principal valor.

Jim Yong Kim, médico, antropólogo y ex presidente del Banco Mundial, investigó sobre la importancia de centrarse en el potencial de las personas para lograr el desarrollo. Según su visión, lo más importante con lo que cuenta un país es la salud,las capacidades, el conocimiento,las experiencias, el desarrollo socioemocional y los hábitos de su población. Promover el desarrollo humano es promover el equilibrio social. Invertir en las personas es respetar y cumplir con sus derechos fundamentales. Pero además es el mejor camino que un país puede tomar en el largo plazo para lograr la prosperidad y mejorarla calidad de vida de todos sus habitantes.

Entonces, remediar nuestra situación actual requiere garantizar una nutrición adecuada, potenciarla estimulación cognitiva y socioemocional a lo largo de toda la vida. También, asegurar el acceso de todos a servicios de salud y educación de calidad. La falta de presupuesto no puede ser una excusa. Es una cuestión de establecer prioridades. Si no es en las personas, ¿en qué vamos a invertir? ¿Cómo pensamos competir en el mundo del mañana si la mitad de nuestros niños viven en la pobreza, malnutridos, sin acceso a la salud y educación de calidad, expuestos a peligros y a ambientes adversos?

Tenemos muchos desafíos por delante. Es necesario pensar y hacer una Argentina mejor para el presente y para las próximas generaciones. Nuestra obligación más urgente es decidir qué país queremos construir. Terminar con las desigualdades y desarrollarnos debe ser nuestro propósito común, el que nos una como nación. Hace falta una convicción patriótica colectiva que nos impulse a lograrlo.

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