El perfil del músico tiene muchas aristas. En él convivía la genialidad y la perversión, el artista con el pederasta. En esta nota, revisitamos su condición de "ídolo pop"

A diez años de la muerte de Michael Jackson, su figura sigue siendo motivo de debate y análisis. Para algunos se perpetuará como el eterno Rey del Pop, ese artista brillante y sensible a quien intentaron sacarle dinero de las formas más despreciables. Pero el paso del tiempo ya no admite subjetividades ni contemplaciones con las aberraciones que realizó. Su perversión afectó el crecimiento de muchos chicos que no comprendían los abusos a los que eran sometidos –traumas que se evidencian el documental Leaving Neverland (2019)-.

Su caso permite responder a una vieja discusión: ¿se puede separar al artista de su obra? La idealización puede sumergirnos en la indulgencia, pero así no solo estaríamos defendiendo a un criminal también resignaríamos la empatía con las víctimas. Ese tipo que maravilló al mundo no era un "niño atrapado en el cuerpo de un adulto" como la maquinaria comercial nos hacía creer, era un pedófilo. No solo se trataba de un trastornado que respondía a sus peores instintos, él orquestaba todo un engranaje que le permitía abusar sexualmente de menores.

La voz aniñada y su mundo de fantasías, confundían (y confunden). El síndrome de Peter Pan embelesaba a los padres que permitían a sus hijos compartir dormitorio con su ídolo y obnubiló a millones de personas que creían en ese estereotipo caritativo y compasible que inocentemente apadrinaba a niños durante sus giras. Ese fue el problema con Jackson y otros ídolos pop: los chicos llenan las paredes con sus fotos, compran sus discos, emulan sus pasos frente a la tele y creen conocerlo. Y romper el encantamiento no es fácil, su arte los encandiló.

Misógino y pederasta

Los relatos de las víctimas coinciden: él no escondía su misoginia ni su odio hacia la adultez. Una conducta que las crónicas solían justificar y explicar con los relatos sobre su infancia. Su padre, Joseph Walter Jackson, le arrebató la niñez y exprimió su talento a través de la violencia psicológica y física. Lo golpeaba para volverlo dócil y también lo humillaba por el tamaño de su nariz, su acné y su cabello. Aquello lo convirtió en alguien desconfiado que añoraba todo eso que no pudo vivir en el momento indicado y lo forzó cuando ya era muy tarde.

En este sentido es sorprendente como Wade Robson y James Safechuck, dos chicos que confiesan haber sido abusados, no llegan a comprender si esa postura era consciente o no. ¿Era un arma de seducción o una forma de expresión genuina? Ningún material al respecto es certero al respecto -ni siquiera aquellos con los pormenores de sus delitos sexuales- y todos terminan por sentenciar que el monstruo convivía con ese adulto extravagante que tenía un pie en el País del Nunca Jamás y otro en la industria del entretenimiento.

Con la muerte del artista, a sus 50 años, la conmoción global casi borra la pésima imagen que dejó en sus últimas apariciones públicas (cuando evidenció el destrato hacia sus propios hijos). Sin embargo, a pesar de que un juzgado lo declaró inocente por faltas de pruebas en 2005, las voces de los abusados no se acallan y vuelven a interpelarnos. ¿Hay que dejar de escucharlo? Aunque eso corre por cuenta personal, no se debería silenciar una obra tan maravillosa. Pero es evidente que muchos ya no lo sienten como alguien inmaculado ni mucho menos como una víctima. Jackson fue un genio, sí. Un abusador perverso y manipulador, también.

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