En caída libre desde hace varios meses, Independiente sigue atrapado por su propio desconcierto futbolístico que, por supuesto, incluye al entrenador Ariel Holan, especialista en patear la pelota para adelante 

Solo. En la urgencia siempre impredecible, Ariel Holan se está quedando solo, aunque la cúpula de la dirigencia de Independiente parezca acompañarlo en su inevitable naufragio. La soledad que envuelve a Holan se venía gestando desde el mismo momento en que él se vio como un prócer del club de Avellaneda. Un prócer sin fecha de vencimiento.

¿Cuándo fue? Cuando salió campeón de la Copa Sudamericana el 13 de diciembre de 2017. Esa noche en el estadio Maracaná empezó todo. El hombre acarició la gloria y se mareó. Lo cegaron las luces de la fama repentina cuando nunca había estado cerca de ningún estruendo mediático.

La dimensión de ese estruendo fue su salvavidas de plomo. Sintió que los hinchas de Independiente lo aclamaban. Que era la figura. El salvador de la patria Roja. El protagonista que había recreado la mística y el orgullo perdido. El entrenador que había llegado en puntas de pie para reivindicar la historia y el presente de Independiente. Sin dudas, una ficción adecuada a los deseos de Holan.

Demasiado ruido a su alrededor. Demasiados elogios y obsecuencias iluminando su camino. Y la autoestima pegando bien arriba. Le pasó a Carlos Bianchi en Boca y ese terremoto lo metabolizó con equilibrio. Le pasa a Marcelo Gallardo en River y no se le mueve el pìso.

Holan no podría decir lo mismo. En absoluto. Se le movió el piso. Y temblaron las paredes. Sus paredes. Pidió frecuentar mayores espacios de poder. Y se lo dieron. Hizo y deshizo. Armó y desarmó. Trajo jugadores (el noventa por ciento no justificó su llegada; otros como Pablo Pérez, Domingo y Gigliotti enriquecieron el plantel) y desafectó jugadores con un nivel de discrecionalidad llamativo, muy superior a las facultades de un técnico. Y en general los errores en el análisis final le ganaron por goleada a los aciertos.

La pésima relación que tuvo antes y tiene ahora con varios integrantes del plantel a esta altura no sorprende a nadie. Pero no deja de ser muy grave. Que un conductor de un grupo no sea capaz de relacionarse con una sintonía no efectista con sus dirigidos, es un síntoma claro de su incapacidad para liderar.

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No se necesita ser amigo de los jugadores para tener un buen ida y vuelta. El Pato Pastoriza no era amigo de los jugadores que conducía. Pero había reciprocidad y calidez en el trato. Ricardo Giusti, integrante de aquel Independiente multicampéón de los 80, lo reflejó en El Gráfico en 2016 con absoluta elocuencia: “El Pato era un crack como tipo. Era un compañero más, con mucha personalidad. Te hablaba desde un lugar de hermano mayor. No se destacaba por el trabajo táctico, pero armonizaba tanto el grupo que era fabuloso. Y muy solidario: mucha gente que no tenía un peso iba a pedirle cosas a la pizzería y él les daba a todos”.

Esa química que Pastoriza con naturalidad producía es la química que Holan no tiene ni va a tener. Por el contrario: el maltrato y la subestimación profesional que en privado los jugadores dicen recibir en numerosas oportunidades (Gigliotti se despidió de Independiente por esa razón) convierten al entrenador en un liberador de mala onda que se extiende con el paso del tiempo, contaminando los microclimas. Y flagelando al equipo.

Asume Holan que tiene “un carácter bravo”. Y aunque intente disimularlo para caer simpático y entrador frente a la prensa, suele traicionarlo su instinto y el peso inexorable de sus contradicciones.

Juan Carlos Lorenzo (el Toto) también contaba con un “carácter bravo”. Pero tenía muñeca para saber cuándo, dónde y como. Muñeca y sentido del timming para establecer contactos y sacarle lo mejor a cada jugador. Lo sugestivo es que Holan parece actuar en dirección inversa a la de Lorenzo: debilita a los jugadores. Como por ejemplo, lo hizo con Martín Benítez, al que de tanto sacarlo, ponerlo y vapulearlo lo redujo a una versión insegura, frágil y desconcertada. El caso Benítez se proyecta a todas las estructuras que maneja.

En definitiva, las virtudes que expresó Independiente hace poco menos de un año y medio cuando Holan logró darle al equipo una inspiración colectiva acorde a las necesidades que sus hinchas reclamaban, se fueron cristalizando en frustraciones sucesivas (la última fue la eliminación reciente ante Argentinos Juniors) por una suma de inoperancias que abarcan al plantel y sobre todo al cuerpo técnico.

Seguirá Holan siendo el entrenador de Independiente, según lo que comentaron los Moyano (Hugo y Pablo) y el propio involucrado, aunque nunca hay certezas. Las palabras se las lleva el viento. La realidad inocultable es que el equipo está a la deriva desde hace demasiado tiempo. Y no podía ser de otra manera. Holan, en su ocaso, también está a la deriva.

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