La hipoteca simbólica y real que dejó el ex presidente de Independiente, Javier Cantero, hace un lustro, se configura como una de las administraciones más desastrosas que tuvo el fútbol argentino y que vale la pena evocar para que las audiencias dejen de comprar buzones

Pasaron cinco años. Ese miércoles 23 de abril de 2014 no será recordado como una jornada importante para Independiente. Pero la verdad histórica indica que lo fue. Aquel atardecer, Javier Cantero, presentó la renuncia como presidente del club después de 855 días de una gestión catastrófica, que incluyó entre otros zafarranchos inocultables, el inédito descenso a la B Nacional.

Cantero, quién se había presentado en sociedad como “un consultor de prestigio”, se erigió en el presidente de Independiente el 18 de diciembre de 2011, ganando la elección con el 60 por ciento de los votos y despertando en su amplio círculo de admiradores virtuales y tangibles, ilusiones muy naif y muy desenfocadas de los paisajes reales.

Si algo en particular lo acompañó durante su tránsito caótico, vertiginoso y zigzagueante por la administración del club de Avellaneda, fue su inefable capacidad para lograr adhesiones que lo vieron más como una figura disruptiva con aires místicos que como un dirigente paracaidista con pretensiones ambiciosas y personalistas.

Esa perturbadora y nociva lucidez de Cantero para seducir a hinchas de Independiente y de otros clubes y en especial, a periodistas jóvenes y veteranos cautivados con su prédica figurativa de combatir a las barras bravas del fútbol argentino, le alcanzó para posicionarse como un outsider nativo que llegaba para poner la casa en orden e interpelar la dlscrecionalidad del presidente de AFA, Julio Humberto Grondona.

Es indudable que existía y existe una necesidad cultural en la sociedad de creer en soluciones que abrevan en el culto al individualismo, aunque esa individualidad se refugie en la improvisación vacía y perpetua. Cantero, un oportunista consagrado, vio ese filón y apuntó en una dirección inequívoca: convertirse de la noche a la mañana en el hombre de la resistencia. La realidad denunció que no fue otra cosa que una insustancial fantochada sostenida desde la mediocridad y la manipulación.

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No expresaba ninguna resistencia Cantero al statu quo. Era una postal. Un diseño de marketing. Un show con aspiraciones sanadoras. Una puesta en escena sin ningún relieve interesante. Sin embargo, su figura despojada de carisma y talento, hizo ruido en la aldea global. Esto no puede negarse. Hizo tanto ruido en los tinglados del fútbol nacional que incluso confundió a aquellos que dicen no confundirse en virtud del conocimiento político y social que se atribuyen. Compraron buzones, en definitiva. Reconocerlo nunca es sencillo. Y menos aún blanquear la inocencia vulnerada.

Ese capital simbólico le sirvió a Cantero para proyectarse como un hombre valioso, capaz de marcar pautas, estrategias y ser un intérprete sensible de la agenda mediática que lo presentaba como un pensador ilustrado de la dirigencia. Nada más lejano y desconcertante. Esta falsa construcción fue lapidaria para Independiente, más allá de la caída fulminante que experimentó Cantero.

Bastaría con señalar que asumió como presidente con un pasivo de 329 millones de pesos y lo dejó con 575 millones en rojo, según consta en el balance del 30 de junio de 2014. Al colapso económico hay que sumarle el estado calamitoso de las instalaciones del club, las deudas comprobadas con empleados, jugadores y cuerpos técnicos y nada menos que un descenso en sintonía directa con la amenaza de una quiebra inminente de la institución.

Cuando el agua ya había comenzado a invadir su bunker, que eran los micrófonos, las cámaras de televisión y el autobombo celebrado por los repetidores de ocasión, Cantero buscó la protección inviable de Julio Grondona. En una entrevista reveladora que concedió al diario deportivo Olé el 24 de diciembre de 2012, comentó con una naturalidad sorprendente: “Cuando tenía catorce años trabajé en una agencia de autos que tenía Julio y le limpiaba los baños a Grondona. El era mi patrón y yo lo admiraba”.

Tanta sumisión y obsecuencia declarada hacia el titular de AFA, no surtió ningún efecto. Cantero continuó sobreactuando una pelea contra los poderes que nunca dio, mientras repetía en todas las plataformas disponibles que se encontraba ahí para defender los intereses de Independiente blandiendo una escoba real e imaginaria. El penoso derrotero de su accionar lo mostró como un hombre sediento de protagonismo y con inquietudes de trascender a la dirigencia del fútbol y acceder a otros espacios. No lo logró.

Esas luces espasmódicas y narcotizantes que lo enfocaron hicieron de Cantero un personaje apropiado para audiencias distraídas. O para audiencias que se dejan llevar por los cantos de sirena. Allí, en ese territorio encandilado por un progresismo de cartón, vendió un producto que se evaporó en el aire.

Independiente lo padeció. Y sería bueno que nunca deje de recordarlo.

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