La última decisión de Julio Grondona fue elegir a Gerardo Martino como sucesor de Alejandro Sabella, más allá de que el flamante técnico de la Selección haya criticado duramente el modelo de conducción impuesto en AFA. El Tata tiene por delante el desafío de lograr que Argentina juegue bien. Y que reivindique una identidad que nunca debería resignarse.

   "Quizás no di la talla", afirmó Gerardo Martino pocos días antes de desvincularse del Barcelona. Esa revelación nada frecuente en el ambiente del fútbol ni en ningún otro ambiente, generó sorpresa en la prensa internacional e incluso algún grado de desconcierto. Hacía un año que Martino había arribado al Barcelona después de la cumbre futbolística de Pep Guardiola, sucedido por el malogrado Tito Vilanova y por el interinato de Jordi Roura.

 

   Aquella confesión infrecuente del técnico argentino, fue en definitiva, el anticipo inevitable de su despedida del club catalán. Barcelona ya no era el de antes. Le faltaba frescura, ritmo, dinámica y agresividad. Se estaba cerrando un ciclo extraordinario y Martino padecía los daños colaterales de esa declinación.

 

   En España, poco menos que lo crucificaron. Se le dijo de todo menos lindo. Y regresó Martino a la Argentina con más silencios que estridencias. Es cierto que, en principio, no gozaba de grandes simpatías por parte de Julio Humberto Grondona, a favor de fuerte tono crítico del entrenador respecto a la desorganización que campea en el fútbol argentino. "Es apocalíptico", dijo Martino, entre otras consideraciones que incluso se referían con grandes reparos a la continuidad indefinida de Grondona en la AFA.

 

   Pero el presidente de AFA, siempre muy fiel a su pragmatismo que le permitía negociar con los que quería y con los que no soportaba, no tenía cartas en la manga para borrar de un plumazo a Martino. El Cholo Simeone preferenció el día a día en el Atlético de Madrid. José Pekerman fue una aspiración más basada en el voluntarismo que en la realidad. A Miguel Angel Russo, siempre bien parado y protegido por los poderes dirigenciales, no le alcanzó con sus deseos. Quedó entonces Martino con pergaminos inobjetables como la posibilidad más convincente de llegar a la Selección en reemplazo de Alejandro Sabella, quien también lo sugirió.

 

   Ya sin Grondona en el poder, pero con la AFA todavía grondonizada y resistiendo embates de sectores que piden una reestructuración total, Martino llega al cargo con varios frentes para atender que trascienden su función de técnico de la Selección mayor. La pregunta es inevitable y seguramente también se la habrá formulado el entrenador: ¿será Martino un hombre de la transición, considerando que en octubre de 2015 se vence el mandato circunstancial que hoy ostenta el inefable Luis Segura, en reemplazo de Grondona?       

 

   Y otra pregunta impostergable: ¿tiene un plan la AFA para que lo interprete y lo lleve a cabo Martino? En realidad, nadie desconoce que no hay ningún plan integral (nunca lo hubo) de selecciones. Todo es provisorio. Precario. Urgente. El plan es "ganar". Como si "ganar" representara un plan, cuando no deja de ser una expresión de deseos.

 

   Que Martino no goza de un consenso absoluto en AFA no es ninguna novedad. Y él lo sabe. Porque ya lo sabía antes. Pero ahora no está más el hombre que "corta el bacalao", como le gustaba decir de sí mismo a Julio Grondona. Y ese vacío de poder no lo va a llenar nadie. Menos aún, Luis Segura. Tendrá que lidiar Martino con las inseguridades propias de la profesión que ejerce y con las que van a emanar de una conducción de AFA tan débil como insolvente políticamente.

 

   ¿Encarna Martino la sucesión futbolística de Sabella? Tampoco lo parece. No es un bielsista a rajatabla, Martino. Pero tampoco es un tácticista pragmático como lo es Sabella. Martino está en construcción, todavía. O en formación. Y no es extraño. El Flaco Menotti recién aseguró que se sintió un entrenador cuando dirigió al Barcelona a partir de 1983, cuando ya había salido campeón con Huracán del 73 y se había consagrado campeón del mundo con Argentina en el 78.

 

   El gran desafío de Martino es, en definitiva, el desafío que persiguen todos los técnicos: hacer jugar bien al equipo que conduce. El dato más destacado es que ese equipo será nada menos que la Selección nacional, ya sin el aporte logístico de Carlos Bilardo y todavía con Humbertito Grondona como una compañía, no deseada, en selecciones juveniles.           

 

   Si Martino tiene una idea para aplicar o no tiene ninguna, a la nueva cúpula de AFA no le interesa en lo más mínimo. Si gana estará todo bien. Si pierde lo van a despedir. Y llegará otro. Con la ilusión de ganar lo que no se ganó. Y con el silencio autoimpuesto a la hora de las despedidas.        

 

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