Aunque la derrota de River frente al Flamengo produjo en el sentimiento xeneize una sensación agradable, Boca, con distintos argumentos que enarbola su entrenador, parece querer detener el tiempo e invisibilizar lo que viene padeciendo frente al equipo que conduce Marcelo Gallardo

Quiere reescribir la historia Gustavo Alfaro. Y llora sobre la leche derramada. Desde que River dejó afuera a Boca en las semifinales de esta Copa Libertadores que ganó el Flamengo, Alfaro no para de mirar hacia atrás, recordando lo que vivió en aquellos duelos en el Monumental y en La Bombonera.

Ahora plantea que cuando deje de ser entrenador de Boca irá a la Conmebol para mostrar lo que él dice haber visto en imágenes en los cruces ante River. Repite hasta el cansancio el hombre de 57 años que a su equipo el VAR lo perjudicó. Y por otra parte, en su análisis futbolístico interpreta que “a River lo minimizamos, lo pasamos por arriba y nadie dice eso”.

Si a este show mediático que viene protagonizando Alfaro desde que River dejó otra vez en el camino a Boca se le suma el viejo reclamo de la dirigencia xeneize ante el TAS por no haber ganado en el escritorio la final de la Copa Libertadores del año pasado frente a River (reclama además 10 millones de dólares), queda en evidencia la magnitud del colapso.

Esta catarata interminable de lamentos, justificaciones y demandas, si dejan algo en claro es la dimensión de la derrota. Boca padece como quizás no padeció nunca esta superioridad real que le está imponiendo River en distintas competencias internacionales. Y todavía está en plena etapa de elaboración del duelo. Negándose a ver lo que salta a la vista: River en los últimos cinco años lo empujó a frecuentar la decepción y la frustración deportiva.

Lo que antes enorgullecía al sentimiento boquense de someter a River en encuentros decisivos que recoge la historia, se dio vuelta de manera vertiginosa. Es River el que viene sometiendo a Boca en partidos definitorios. Este cambio fulminante de orientación, perturban y desequilibran la calidad de los razonamientos xeneizes y convierten sus apelaciones en un libro gordo de quejas insufribles.

El dubitativo Alfaro expresa a escala superlativa la necesidad de resignifica la caída ante River en un despojo organizado producido por el VAR. Se victimiza Alfaro. Y por supuesto victimiza a Boca. Exagera. Sobreactúa. Y se fabrica una película para intentar salir bien parado en función de las decisiones futuras que se revelaran a partir de las elecciones del próximo 8 de diciembre.

Pero el problema central es que el stand up que recrea Alfaro no es creíble. Igual que el reclamo de Boca al TAS, pretendiendo igualar el episodio del gas pimienta en el 2015, con el episodio del micro de Boca vandalizado a un par de cuadras del Monumental en el 2018.

Mientras el dolor por las derrotas no alcancen cierto grado de mínima cicatrización, Boca va a seguir siendo visitado por todos los fantasmas. Como le pasó a River en otras décadas, estigmatizado como un equipo que arrugaba en instancias determinantes. Le costó una enormidad a River fortalecer su autoestima muy dañada. Le costó años reconstruir esas pérdidas. Y no fueron pocos los grandes jugadores de River (entre ellos nada menos que Amadeo Carrizo y Ermindo Onega) que sufrieron el rigor que irradia la impotencia de los hinchas.

Boca no debería quedarse pegado a las postales del resentimiento. Porque esto es lo que muestra y lo que transmite: el más puro resentimiento. Es no reconocer lo que le ocurrió. Es invisibilizar las victorias de River. O transformarlas en victorias propias que no son tales, en nombre de que todo está orquestado para congelar a Boca.

Fundirse en esa dinámica alejada de la reflexión, posterga cualquier tipo de reconfiguración positiva. Es el duelo que no se cierra. Es la deuda que continúa aumentando. Y es el error que se refugia en el microclima de Boca para seguir su marcha de desaciertos.

Alfaro no colabora con su prédica lacrimógena. El quiere ponerse a resguardo. Y lo único que logra es exponer a Boca.

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